Ante la posibilidad de una guerra, Europa se prepara con dinero, estrategias digitales y ejércitos de migrantes.
El fin de la Segunda Guerra Mundial fue un momento decisivo para el destino de Europa. Era imposible de asumir la urgencia de la reconstrucción de las potencias arrasadas sin el apoyo estadounidense, lo que dio comienzo a un proceso de subordinación geopolítica. Esto implicó que los países europeos se vieran empujados a dejar de lado sus disputas milenarias y formar parte de un único bloque sometido al liderazgo de Estados Unidos, el nuevo gran hegemón mundial.
Durante la Guerra Fría, las dinámicas internacionales se redujeron a dos superpotencias y, tras la caída de la Unión Soviética, los europeos se instalaron bajo la comodidad del paraguas protector de Washington. Así pudieron disminuir considerablemente la inversión en sus fuerzas armadas y la producción de armamento y material militar. Como contraparte, esta situación de adaptabilidad, que trajo consigo el abaratamiento de los costes en defensa, les permitió consolidar su proyecto de paz y alcanzar un estado de bienestar del que contadas regiones del mundo pueden presumir.
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