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Matilde Hidalgo: un voto de rebeldía

por Andrea Rojas Vásquez

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Doctora Matilde Hidalgo de Procel, 1920-1930. Fotografía: REPOSITORIO DIGITAL ® ARCHIVO DE FOTOGRAFÍA PATRIMONIAL (INPC) .

En 2024 se celebran los cien años del voto femenino en Latinoamérica. En un ejercicio de justa memoria, recordamos el poderío rebelde y desobediente de esa primera votante: Matilde Hidalgo.

Erguida en pequeños tacones y moviendo la melena recortada hasta los hombros, pareces un diente de león enloquecido o, más bien, un árbol incendiando su follaje bajo el cielo de mayo de 1924. Eres tú. Tu nombre es Deifilia Matilde Inés Hidalgo Navarro. Te dicen Matilde, y también loca-endemoniada, debería-darte-vergüenza, machona-anda-aprende-a-cocinar. Pero hoy es distinto. Te dirán: señora, buenos días, y luego: firme aquí, doctora. Y así, serás la primera sufragista en la historia de Latinoamérica.

Días antes, durante el empadronamiento para las elecciones, confrontaste la negativa burlona de los funcionarios de camisa clara y corbata en la ciudad de Machala. Las mujeres no pueden, decían ellos, decía el rumor de ese pueblo caluroso, santiguándose, trazando cruces como serpientes que se deshacían en el aire. Allí estaba el susurro incesante del gentío y tú sentías un hormigueo de miedo, pero avanzabas con soltura; en tu vida nadie había hecho que agaches la cabeza con docilidad. Nadie.

Panzona, casi a dos meses de parir, sosteniendo la mano de Fernando Procel, el abogado del que te enamoraste, dijiste algo así como… “Señores, de acuerdo con la Constitución, no existen impedimentos legales para que una mujer ejerza su derecho al voto”. Lo estudiaste. No fue difícil. Llevabas años amasando en tu cabeza una retahíla de nombres de huesos, músculos, órganos y males. Fernando había preparado ese argumento para ti y, en ese instante, revelabas esa línea con la idéntica agilidad de un cuchillo.

Años atrás, Eloy Alfaro, el presidente manaba, el líder liberal, del que tú tanto habías escuchado desde la infancia, ya había implementado reformas progresistas que reconocían ciertas libertades a las mujeres, quienes, hasta ese momento, eran cuerpos misteriosos que parían y multiplicaban familias.

Mujeres. No humanas, solo dientes apretados y piernas que se abrían. No personas, solo manos encargadas de limpiar, cocinar, coser, lavar, cuidar y ver morir las horas. Ah, y rezar al tapiz del cielo y a la Virgencita, a ella que también había conocido el silencio y la rabia, y seguro, entendía.

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Matilde con amigas en su residencia en Loja (cuarta de izq. a der.). Fotografía: Soledad Mora.

Que el macho es de la calle y la hembrita de la casa, decían. Entonces el espacio público, los derechos civiles y políticos se destinaban a ellos, a los hombres, pero no a todos. Campesinos, indígenas y pobres no se consideraban ciudadanos; pues eran, como las mujeres, animales de sacrificio, seres de segunda categoría y, por supuesto, incapaces de votar.

Por eso, cuando tu solicitud de sufragio, respaldada por la Constitución de 1906, fue llevada al Consejo de Estado, hubo una sensación de extrañeza. Los juristas hablaron de la falta de prohibición legal, la posición de las mujeres en la sociedad y la especulación de que tu participación, tal vez, elevaría el espíritu público. Y al final te dieron la razón.

Votaste y sonreíste. Tu triunfo se difundió de inmediato en la primera plana de El Universo y El Telégrafo, los periódicos locales. Sin embargo y, como siempre, hubo voces irritadas. Que las mujeres no estaban preparadas para votar, que su participación en la política corrompería el hogar y las buenas costumbres, decían. Ay, Diosita. Ay, Matilde.

Tu voto, ese gesto obstinado, convertiría a este territorio en el primer país latinoamericano en permitir el sufragio femenino en la Constitución de 1929. Hicieron lo mismo Brasil y Uruguay en 1932, Cuba en 1934, Argentina y Venezuela en 1947, Costa Rica y Chile en 1949, Bolivia en 1952, México en 1953, Honduras, Nicaragua y Perú en 1955, Colombia en 1957 y Paraguay en 1961. Aunque, claro, en buena parte de estos países, primero se lograría un voto restringido y ejercido solo por mujeres que supieran leer y escribir, es decir, apenas un puñado.

La educación, Matilde, nunca fue cosa fácil para las mujeres. Eras tú quien decía: “Es preciso abrirse paso/ entre envidia y mezquindades/ y burlando tempestades/ dedicarse ya a estudiar”. La ignorancia, esa bestia peligrosa, ese caníbal desfigurado, servía solo para someter y castigar al género. Sin educación, no habría libertad. Tú lo sabías. Y lo entendías mejor cuando veías a tu madre, migrante venezolana, usar sus manos y una máquina de coser como única arma para enfrentar la vida.

El 29 de septiembre de 1889 era domingo. Naciste. Tu padre ya llevaba unos días muerto. Tenías seis hermanos hasta entonces y tu madre había empezado a zurcir la ropa de los vecinos para sostener el hogar. En la época coser era una de las poquísimas formas en que una mujer podía conseguir dinero.

Tu hermano mayor, Antonio, que en ese momento tenía catorce, se formaba como músico. Fue él quien te enseñó a pasear los dedos sobre el piano y él, un liberal alfarista, la voz que te alentó a ser una niña de voluntad imponente.

¿Recuerdas los días de primaria en La Inmaculada? ¿De cuando ayudaste a las monjas en el hospital de la Caridad? ¿De la primera vez que viste una herida perlada de sangre? Y también cuando sentiste una cicatriz en otra piel y entendiste que no era solo un milagro, sino el esplendor de la ciencia mostrándose ante ti.

A ti te hablaba la desobediencia, Matilde. La desobediencia se sentaba en tus piernas y te decía: estudia, ve a la secundaria, estudia. Sé médico, estudia. Gana tu propio dinero, estudia. No naciste para ser solo esposa, estudia. Eres más que un vientre preñado, estudia. Tienes derechos, estudia. Ve a las urnas, estás lista. Exige tu voz y tu voto. Habla fuerte. Te pertenece la libertad de tu mente. Tu lucha es urgente y política. Sé libre.

En el Ecuador, el voto se ejercía desde 1830, la primera ley de elecciones definía que sufragarían los ciudadanos varones, mayores de veintiún años, que supieran leer y escribir, y que fueran propietarios o tuvieran un capital económico relevante. Esta ley también determinaba la duración de los mandatos y las fechas para celebrar las elecciones. Espera, Matilde, ¿no te parece que la palabra celebración guarda una fuerza bellísima?

Celebrar me hace pensar en canto, risa y baile. Pero cuando escucho la frase fiesta democrática como analogía de elecciones, experimento todo menos la sensación de una fiesta. Me siento desolada y con tanto miedo que creo que muerdo, ensalivo y trago vidrio molido, porque presiento que quien tomará el poder será una voluntad engañosa y, a veces, ciega.

Quizá uno puede hacer como los niños que disuelven el mundo al cerrar los ojos. Cegarse, puramente, cegarse ante cualquier cosa que no se quiere ver. Por ejemplo, en 1896, el presidente conservador García Moreno no quería ver a nadie que no fuese católico. Según la Ley de Elecciones, reformulada en su mandato, sufragarían los ciudadanos varones que supieran leer, escribir y fueran católicos.

Sería más tarde, en el Gobierno de Eloy Alfaro cuando se promulgaría la Ley de Registro Civil y Elecciones, y se introducirían medidas que garantizarían la transparencia y la participación en las fiestas electorales. Matilde: el pensamiento disruptivo de Alfaro es el arma que empuñarías para creer y reclamar tu vida, y por tácita extensión, la vida de todas las latinoamericanas, en igualdad de condiciones.

Sabes, hay un verso de Mary Oliver que me gusta leer cada vez que me siento perdida. Dice: “Dime, ¿qué piensas hacer con tu única, salvaje y preciosa vida?

Qué pensarías si te digo que hiciste de la vida una mordida, Matilde. Una mordida que crujió en la negrura, más allá de la humedad de tu boca. Una mordida como un instrumento de rebelión, que crujirá hasta el final de los siglos.

El poderío de tu vulnerabilidad

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Condecoración de sus bodas de oro profesionales. Fotografía: Soledad Mora.

Matilde, toda fotografía es un dictamen, una sentencia indeleble. En tu caso, después de una centuria, se te recuerda con una fotografía en la que apareces siendo una joven de aire solemne o una ancianita cool sonriente. Cada vez que te veo con la nariz vislumbrando el horizonte, me pregunto qué mirabas.

Ay, Matilde, me encantaría que conocieras cómo es tu ciudad natal ahora. Aunque, de vez en cuando, pienso que Loja es extraña, te obliga a irte y cuando tu nombre resplandece, ahí te encierra en un puño y te reclama.

Mira, quiero que camines conmigo. Me gustaría mostrarte tu casa modesta en la calle Lourdes. Allí está ese camino empedrado y angosto en el que las mujeres podemos, con suerte, caminar en la noche. Ah, y si fueras el museo que hicieron en tu nombre. Ojalá vieras la película que narra tu historia, el musical con tu leyenda que hace que el teatro reviente. Si una vez más caminaras por el colegio Bernardo Valdivieso que, ya no es un edificio viejo, sino un cuerpo de mamut gigantesco en el que un centenar de chicas corren, estudian y ríen.

Lo que quisiera, Matilde, es acercarme a tu boca y mirar dentro de tu garganta. Me interesa llegar hasta las honduras del tiempo y ver cómo luce una tráquea donde las palabras se deslizaban no solo para arrojar sonidos vacíos, sino para cuestionar las normas e incendiarlas.

En este instante estoy sentada en la sala de una biblioteca con sillas duras que, en secreto, me enrojecen los muslos. Veo a una chica de pelo corto, que me recuerda a ti, y que embebe su cara en un libro como si sus ojos no fuesen ojos, sino cavidades porosas que sorben de otra vida, otro tiempo, en el que tal vez ya existías. Aquí, en esta sala, hay tanto silencio bañando cada objeto. ¿No te parece que, cuando uno ha crecido con la consigna de ser buena y obediente, es difícil empezar a hablar en voz alta?

Abro los ojos contigo, Matilde. Estos días estuve hablándote, escribiendo esta carta no solo con los dedos y la cabeza alerta, sino poniendo el cuerpo entero. Ahora entiendo que la libertad de la que gozo, que la educación que me ha nutrido, que el poderío que he heredado se sostiene en tu vulnerabilidad, la obstinación de tus actos y la belleza de tu sobrevivencia.

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Acerca de Andrea Rojas Vásquez

Escritora, Tcnlga. Agroindustrial y gestora cultural. Premio Nacional de Poesía Ileana Espinel Cedeño (2021). Autora de la plaquette Ay mi conejito era tan picarón en ritmo de raro adagio (Y punto, Loja, 2018), Matar a un conejo (El Quirófano, Guayaquil, 2020), Llévame a casa, por favor. (Libero Editorial, España, 2022) y Furia (Editorial Ruido Blanco, Quito, 2023). Actualmente estudia Lengua y Literatura en la UTPL y es freelance en trabajos editoriales. Ama a: una sábila bebé, una Almendra del Mar y un Gatito Bigotes.
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