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En cuanto a gustos y sabores no hay nada dicho, en especial cuando se trata de política gastronómica. Desde la Antigüedad, los tratados se cierran en medio de banquetes y los estadistas nacen con una servilleta en la mano porque comer es mucho más que alimentarse, es una declaración política.
En Tailandia la gente suele saludar preguntando: “¿Ya comiste arroz hoy?” Allí ese cereal es tan importante que el afecto se mide con él. Pero los alimentos son sinónimos de vida en todo tiempo y lugar, algo tan obvio que a menudo solo lo recuerdan aquellos que tienen hambre.
Aun así la poesía está llena de versos humeantes: “Tu armonía/ toca los címbalos en nuestras lenguas/ y nos atraviesa enteramente/ con un largo escalofrío de placer”. Neruda describió así al foie gras, aunque pudo ser cualquier otro plato. Sin embargo, la comida es amarga al condimentarla con ambición.
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