
La literatura y la cocina cruzan sus caminos a menudo: en los libros aparecen recetas reales o imaginarias y los autores, con frecuencia, ceden al poder del vino o de una buena cena. Hoy le invitamos a sentarse a la mesa para degustar un plato cuyo ingrediente principal es la escritura.
Literatura y cocina tienen mucho en común. Y no solo porque a menudo las recetas se filtran entre las hojas de alguna novela, sino porque ambas son formas de arte, de modo que su meta es hacernos sentir: tanto los versos como sabores tienen el poder de transmitir cualquier emoción. Por ejemplo, las metáforas en los versículos del 'Cantar de los Cantares' le permitieron a Salomón hablar del amor de Dios y de los hombres a través del vino, los dátiles y la leche.
Literatura y comida

La caza de animales es uno de los motivos más comunes en las pinturas rupestres. Aquello nos da una idea de lo importante que ha sido la alimentación para el arte.
Con la invención de la escritura, epopeyas como la de Gilgamesh -escrita alrededor de 4 mil años atrás- reafirman tal idea. En ella, hay dos grandes temas: la muerte y la vida, esta última se manifiesta a través de la comida. El héroe Gilgamesh, a lo largo del relato, busca una planta que debe ingerir para alcanzar la inmortalidad. Además, varias escenas muestran a los mortales alimentando a los dioses, como si la cocina fuese un símbolo de civilización y unidad entre lo humano y lo divino.
En el teatro y las epopeyas griegas, un banquete puede propiciar el favor de Zeus, aunque, por otro lado, es el lugar donde se desatan batallas terribles como cuando el pueblo de los lapitas declaró la guerra a los centauros. Estos fueron incapaces de respetar la hospitalidad y el buen comer.
Y en el Japón del primer milenio después de Cristo, Murasaki Shikibu registró el gran convite que su mecenas dio con ocasión del nacimiento de su nieto -más tarde, emperador-. Ella no mencionó con detalle los platos, sin embargo, se enfocaba en los colores y la pompa de un evento donde la comida era una celebración del prestigio alcanzado por la familia.
Probar sabores para conocer el mundo

Alice B. Toklas revitalizó la literatura estadounidense desde la cocina. Es verdad que publicó menos de una decena de libros durante su vida -por lo general, recetas hilvanadas con recuerdos-, pero a la mesa que compartió con la escritora Gertrude Stein siempre estaban invitados Hemingway, Fitzgerald, Anderson y una legión de americanos que, por lo general, morían de hambre en el París de los años veinte.
Toklas hablaba a través de sus recetas: mostraba su cariño con lo que servía y siempre estaba aprendiendo secretos para agrandar su bagaje culinario. Si un amigo iba a las corridas de toros en Pamplona, ella solo pedía como regalo un recetario local y si otro estaba en Turquía, la exigencia era una especia exótica de Oriente.
Su autobiografía es en realidad un gran recetario. Hay allí desde pastelillos hasta salsas. Allí, no aparece mucho su Estados Unidos natal, sino España, Italia y sobre todo Francia. esos países que se abrieron paso en sus libretas de apuntes gracias a sus propias correrías literarias y a las de sus amigos. Sí, la obra habla de ella, pero su mayor esfuerzo es mostrar a los lectores que conocer el mundo no equivale simplemente a visitar otros lugares, sino que es necesario probarlos sobre una mesa.
Comer para entendernos

El libro de Don Quijote arranca así:
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda.
Miguel de Cervantes optó por describir a su personaje a través de los ingredientes que entraban a su puchero. Parece decirnos que un hombre es lo que ingiere.
Esto aplica también a una sociedad entera: Ramón Gómez de la Serna habla de una famosa natilla que se preparaba en la botillería El Pombo y cuyos efectos podían llevar a Madrid del paraíso al purgatorio en menos de una noche. No por eso la gente dejaba de consumirla.
Y en las paredes del café Procope de París todavía se encuentran fragmentos de cartas y proclamas escritas en tiempos previos a la Revolución, toda vez que en sus mases redactaron varios textos Voltaire y Diderot. No en vano los cafés son sinónimo de la capital francesa.
Y, en tiempos contemporáneos, los platos que se sirven en ‘La guerra del fin del mundo’ le sirven a Mario Vargas Llosa para hablar sobre las diferencias de clases o en ‘Como agua para chocolate’ -un libro que en sí mismo es cocina- los alimentos se vuelven vehículo de las emociones: si la cocinera está triste todos lloran y si está enamorada, los comensales pueden perder la cabeza…
Y es que las recetas son una forma de comunicar, pues el chef está diciendo quién es y lo que piensa a través de ellas. Justamente, ese es el parentesco con la literatura: ambos son actos de generosidad en los que una persona se abre ante otras para saciar el apetito de la mente o del cuerpo ajenos.

