Érase una vez en Baños de Agua Santa, en medio de tanto cañaveral, la creatividad de su gente dio paso al nacimiento de un caldo de gallina que se sirve frío y sin presa ni agrios. Esta es la historia de un licor que bien podría ser patrimonio gastronómico del Ecuador.
Este caldo de gallina tiene alma y no es precisamente la de un ave. No debe confundirse con una sopa y está atravesado por una historia familiar y por la de una ciudad entera: Baños de Agua Santa. ¿Pero qué tiene de particular este destilado de caña de azúcar? Es un licor capaz de trascender la nostalgia de quienes habitaron un Baños de inicios del siglo XX, donde se cultivaban cañaverales y había trapiches. En ese pasado existía la mítica hacienda Agoyán —convertida hoy en hidroeléctrica— donde este trago habría tenido su origen de la mano de Tobías Guevara, don Jota.
Sobre la composición de este peculiar caldo de gallina hay que empezar por el gusto que deja en boca y el aroma que emana en la copa. Tiene un olor frutal del que sobresale el guarapo dulzón. Al beberlo es fuerte, un tanto ácido, se siente la mora, la manzana y hasta el maracuyá. Es una mezcla etílica que hace apretar los dientes, salivar y agitar la cabeza. Todo al mismo tiempo.
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