Con un concurso, un conversatorio y una feria, Cuenca acogió un festival dedicado a celebrar el poder cultural de la chicha, la bebida ancestral más resistente del continente.
Meses antes, con cuidado y buen ojo, recordando los consejos de mamá, se escogieron las mejores semillas de maíz y, paralelamente, se alistaron las de fréjol, zapallo, sambo, oca, melloco, mashua, cebada, haba y arveja. En el mismo período se debió preparar suficiente cantidad de abono resultante de compostaje. Al llegar los días de siembra en pleno septiembre, el taita se pone a arar la tierra temprano en la mañana, mientras alguien más da de comer a los toros.
Cuando dan las nueve, el taita llama a la familia para que arranque el ritual. Hay que uncir a los toros, es decir, atarlos al yugo que arrastrará el arado. El arado abrirá surcos y por detrás irá una de ellas depositando un buen puñado de abono, y la otra lanzará sobre el abono tres o cuatro semillas de maíz y una de fréjol, la combinación insigne que define lo que en México se llama milpa y acá chacra andina. En el surco contiguo, considerado de descanso, se acomodan aleatoriamente el resto de semillas, menos las de sambo y zapallo, que deberán ser ubicadas una por ahí y otra por allá con más separación. Así se repetirá la operación en los surcos siguientes. En abril nacerán los primeros choclos tiernos, y para julio ya se habrá cosechado el maíz maduro que se convertirá en chicha, generalmente de las variedades morocho, morado y cuscungo.
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