Los ecuatorianos en Madrid encontraron en el fútbol barrial un aliado y, durante más de dos décadas, han estado jugando sobre los campos de tierra que estaban abandonados o que eran poco apetecibles para los españoles.
El defensa Carlos Tene, que lleva escrito su apodo, Calolo, en su camiseta, no pudo resguardar su portería y está en el banquillo mientras su equipo, los Knicks, cae ante el Ciudad de Quito en el barrio madrileño de San Isidro. “Ya nos veremos en el tercer tiempo… con las cervecitas”, grita el futbolista. Está más animado que apesadumbrado porque en estas canchas no solo se trata de hacer deporte. Calolo, de 42 años, lleva media vida en Madrid y parte de ella la ha pasado jugando balompié en los campos de tierra que se mantienen vivos gracias a que los migrantes los usan como un antídoto contra el desarraigo.
“Nuestras vidas se han hecho en estas canchas”, cuenta el migrante que dejó Quito tras la dolarización. “Uno espera los fines de semana porque esto es la liberación. Yo trabajo en reformas y mi rutina es levantarme y trabajar. Salgo a las ocho y hasta las nueve o diez de la noche no regreso a casa”. Mientras el ecuatoriano cuenta su vida, desde la grada llega el sonido de una canción que escuchan otros migrantes: “Al premio gordo no vas a pegarle/ Si no te quieres morir de coraje/ Mejor lo tomas por el lado amable”. Es un corrido del mexicano Beto Quintanilla y sale del altavoz de unos jugadores hondureños, que ya van en el tercer tiempo con sus iguales.
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