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Mundo Diners al día

¡Fuera de juego!

por José Luis Barrera

norcore italia 1966
Los norcoreanos celebran su sorprendente victoria ante Italia en 1966. Fotografía: ® FACEBOOK.
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Una Copa del Mundo no es solo fútbol. La política y el dinero tienen un encuentro aparte. Aun así, siempre hubo espacio para la magia y los goles. Este es un recorrido por las hazañas deportivas, pero también por las historias que ocurren cuando ya no hay nadie en la cancha.

El 19 de julio de 1966 la selección de fútbol de Corea del Norte, un equipo en el que casi no había jugadores profesionales, se enfrentaba a Italia en la Copa del Mundo de Inglaterra.

El partido se jugó en el estadio de Ayresome Park en Middlesbrough. Allí los capitalistas ingleses alentaban sin parar a los comunistas coreanos. Al minuto 42 el delantero Pak Doo-ik venció al portero Enrico Albertosi con un tiro cruzado. Ese gol fue suficiente para eliminar del torneo a los europeos. Al final del partido, los hinchas ingleses invadieron el campo para abrazar a los ganadores.

Aquella alegría del público contrastaba con las reticencias de su Ministerio de Asuntos Exteriores, el que unos meses antes quiso impedir la entrada del equipo asiático al país. Sin embargo, la FIFA les advirtió que, por esa decisión, podrían perder la sede y, al poco, dejaron de intervenir. Y es que las copas del Mundo nunca han sido solo fútbol, la política y el dinero también juegan a la pelota.

Primer tiempo: fútbol romántico

Cuando Jules Rimet, presidente de la FIFA, consiguió que el organismo aprobara el desarrollo de la primera Copa del Mundo en 1930, una de las cosas que hizo fue encargarle el diseño de un trofeo al escultor Abel Lafleur. Él entregó una estatuilla de 35 centímetros trabajada en plata y chapada en oro que era una referencia a la diosa de la victoria. Y así mismo la llamó. Hoy, sin embargo, se la recuerda con el nombre de Copa Jules Rimet.

El reglamento sostenía que, si un país se coronaba tres veces, tendría derecho a conservarla. Hasta entonces pasaría de un campeón a otro. El sociólogo y escritor David Goldblatt explica que aquello respondió a las convicciones románticas del fútbol antiguo, donde la diosa de la Victoria debía permanecer dentro de la nación más exitosa.

En esa década hubo tres copas del Mundo: Uruguay 1930, Italia 1934 y Francia 1938. La primera ganaron los uruguayos y las dos siguientes el equipo italiano. Fueron años de un fútbol jugado con el cuchillo entre los dientes, tanto porque Europa hervía por sus conflictos políticos como porque los jugadores eran capaces de matarse a barridas y golpes.

eusebio italia 1966
Eusebio cuando le marcó cuatro goles a Corea del Norte en 1966. Fotografía: ® ALAMY PHOTO STOCK.

En 1934 y 1938 la influencia del dictador Mussolini fue decisiva para el predominio de Italia. Su mundial se caracterizó por el gasto en la construcción de estadios, la nacionalización de jugadores sudamericanos para reforzar a su selección y el rumor de presiones a deportistas y árbitros.

A estas copas se accedía primero por invitación de la FIFA, pero países como el Ecuador declinaron porque —como cuenta el periodista deportivo Patricio Granja— los viajes eran tan largos y costosos que disuadían a muchas federaciones con equipos prácticamente amateurs.

La Segunda Guerra Mundial interrumpió los torneos hasta 1950. Ese año Brasil fue el anfitrión, y la confianza era tan alta que incluso construyeron el gigantesco estadio Maracaná en Río de Janeiro, con la intención de que fuera escenario de su victoria.

Sin embargo, el 16 de julio de 1950 doscientos mil humanos se quedaron mudos en ese mismo estadio porque un uruguayo de apellido Ghiggia venció al buen portero local Moacir Barbosa en el minuto 67 del partido final. Era el 2-1 y fue definitivo. El hombre que no pudo evitar ese gol cargó con el estigma toda su vida y, todavía en los años noventa, lo repudiaban de los camerinos brasileños.

Esa selección jugaba con camisetas y shorts blancos, pero el trauma del maracanazo los hizo cambiar por el verde y el amarillo. Colores que vistió un Pelé de diecisiete años cuando, gracias a él y a Garrincha, su país pudo al fin levantar a la diosa de la Victoria en 1958.

Segundo tiempo: la era de la ilusión

Mientras Chile dejaba fuera de la Copa del Mundo de 1966 al Ecuador, la selección de Corea del Norte clasificó por primera vez.

En ese tiempo el número de cupos asignados a las confederaciones continentales favorecían a Europa y América del Sur, de modo que África decidió boicotear el evento y casi todos sus países se retiraron. La excepción fue Sudáfrica que, en principio, iba a disputar el único espacio disponible con los representantes de Asia y Oceanía. Sin embargo, la FIFA la descalificó por sus políticas de segregación racial —el apartheid— y, en Asia, Corea del Sur se retiró. Su vecino del norte jugaría entonces la eliminatoria con Australia.

pele mundial
Pelé se consolidó como una leyenda del fútbol en el Mundial de México de 1970. Fotografía: ® ALAMY PHOTO STOCK.

Los dos partidos fueron en Camboya. Los australianos —con deportistas de Gales, Escocia e Irlanda dentro de su alineación— estaban seguros de que su rival no tenía la menor oportunidad. Por eso cuando perdieron por un marcador global de 9-2 no sabían qué responder a los periodistas.

En realidad, el mayor obstáculo de los norcoreanos fue el viaje a Inglaterra. En plena Guerra Fría no tenían relaciones con buena parte del mundo, de modo que se hizo imprescindible una travesía aérea por distintas regiones del planeta antes de arribar a ese país.

Y lo primero que vieron fue el Londres de los Swinging Sixties: vibrante, hedonista. Soho, Covent Garden y otras partes de la urbe brillaban con tiendas de última moda y beatlemanía. Inglaterra se estaba replanteando su papel en el mundo: ya no era el eje político —Estados Unidos y la Unión Soviética le habían arrebatado ese papel—, pero quería ser el centro de la cultura. Y aquel torneo de fútbol era su gran oportunidad.

Así que se inventaron a la primera mascota mundialista, el león World Cup Willie, al tiempo que hacían transmisiones vía satélite de los partidos a través de la BBC e ITV. Esa fue la primera ocasión en que se vio una repetición de gol en vivo y también tomas especiales desde varios ángulos.

A Corea del Norte le tocó compartir grupo con Italia, Chile y la Unión Soviética. Esta última venció en el primer partido. En el siguiente los sudamericanos tenían a Corea al borde de la eliminación hasta el minuto 88, gracias a una anotación por penalti. Pero entonces el delantero Pak Seung-zin puso el empate y la clasificación a cuartos de final tuvo que definirse en el último encuentro con Italia. Los asiáticos triunfaron.

Mientras hacían maletas para ir a Liverpool, sede del siguiente juego, los norcoreanos descubrieron que su rival iba a ser Portugal. Dicho equipo eliminó a Brasil tras un partido violento, en el que Pelé terminó lastimado por una falta perversa. Como si aquello no fuese suficiente, contaban en su alineación con un goleador nacido en Mozambique: Eusebio.

En Liverpool los norcoreanos se hospedaron en un hogar de retiro jesuita —contratado de forma demasiado anticipada por Italia—. Los jugadores, que venían de un país ateo, estaban sorprendidos. Años después el delantero Pak Doo-ik comentó que los clérigos eran amables, pero que le costó dormir por culpa de la abundancia de cruces y la imagen del Cristo agonizante.

Aun así, el día del juego se mostraron frescos. Apenas cumplido el minuto de partido anotaron un gol desde el borde el área. Y antes de la media hora hicieron dos más. En las tribunas un grupo de hinchas llegados de Middlesbrough, al noreste de Inglaterra, estaban enloquecidos de felicidad, mientras batían la bandera norcoreana. Los jugadores asiáticos eran su equipo y los aficionados de Liverpool se contagiaron.

Casi nadie amaba a Portugal y peor a Eusebio. Él se vengó: hizo cuatro anotaciones antes de terminar el partido y su compañero José Augusto puso la quinta. Pero al final del juego a pocos les importó. Los ingleses seguían gritando: “North Korea, North Korea!”.

Aquel año Inglaterra fue el campeón. El periódico británico The Observer reportó que la alegría de esa noche era comparable con la que hubo tras la victoria en la Segunda Guerra Mundial.

Pelé había salido de la primera fase en medio de abucheos y jurando no volver a participar en esa clase de torneos. Era mentira. Cuatro años después, Brasil obtuvo su tercer campeonato con él como protagonista. Y su selección se llevó la diosa de la Victoria a casa. En 1983 dos hombres la robaron y nunca se la pudo recuperar.

Por otra parte, durante los cuartos de final, Pelé tuvo un gesto que iba a marcar al fútbol venidero: pidió al árbitro demorar el arranque del partido porque tenía que amarrarse los cordones. Aquello era, en realidad, una estrategia publicitaria secreta para promocionar la marca de sus botines. Cobró 120 000 dólares, creando una bola de nieve que iba a convertirse en avalancha.

Gol de oro: el triunfo del mercado

mundial estados unidos 1994
La actuación de Diana Ross durante el Mundial de Estados Unidos de 1994 fue desastrosa. Fotografía: ® AFP.

El 17 de junio de 1994, en el Soldier Field de Chicago, la cantante Diana Ross pateó un penalti tan mal que el arco se desplomó. Era la inauguración de la Copa del Mundo estadounidense.

Casi no hubo un partido de aquel torneo en que las tribunas no estuvieran repletas. Era una fiesta con confeti, música y hot dogs, aunque pocos entendían qué se celebraba. Y es que en el país norteamericano el fútbol era una rareza. El Washington Post publicó que “el soccer es un juego que los americanos enseñamos a nuestros niños hasta que alcanzan la edad suficiente para hacer algo valioso”. Y en las puertas de los estadios aparecía gente con pinta de vendedores ambulantes, cuya misión era regalar folletines con las reglas del “nuevo” deporte para que el público local las conociese.

Eso no importó a los organizadores ni a la FIFA; al fin y al cabo, obtuvieron 1500 millones de dólares de utilidad a cambio de los quinientos millones de inversión. Además, la idea del organismo rector del fútbol era globalizar la competencia, llevándola a regiones fuera de Europa y Sudamérica.

Luego la búsqueda de nuevos públicos empujó a la Copa del Mundo —un trofeo vigente desde 1974 y hecho en oro macizo de dieciocho quilates— a Corea y Japón, Catar y Sudáfrica. En este último país reaparecieron los norcoreanos. Pero era 2010 y ya no quedaba rastro del equipo de 1966.

Sufrieron tres derrotas, una con Portugal por 7-0. No existía un Eusebio, pero sí un Cristiano Ronaldo, jugador cuyo fichaje costaba 130 millones de dólares. Un valor que ni siquiera la selección norcoreana entera podía igualar.

Más allá de lo deportivo el fútbol del siglo XXI está enrarecido porque, como escribe Simon Chadwick, investigador especializado en industrias deportivas, la confluencia entre poder político, dinero e intereses estatales ahora es más fuerte que en otros tiempos.

Así, los gastos para organizar las copas del Mundo pasaron de quinientos millones en 1994 a 220 billones en Catar 2022. Dinero que dicho país gastó en la construcción de siete estadios, redes de autopistas y hasta zonas de lujo para los aficionados. La inversión no se recuperó. Pero, según el portal Cash On The Pitch, especializado en finanzas del fútbol, aquello nunca estuvo en los planes ni fue el objetivo.

Ese Mundial de Fútbol se usó para conseguir influencia global. Catar quería mostrarse ante el mundo como una nación eficiente, exitosa y abierta a los inversores. Lo mismo hizo Rusia en 2018 o hasta Brasil en 2014, donde la gente, enfurecida por los gastos, amenazó con impedir el desarrollo del torneo.

Lo que empezó con Pelé atándose los cordones de sus zapatos hoy parece incontrolable. Aun así, cada cuatro años muchos aguardan la Copa de Mundo, con la ilusión de que aparezca un equipo como aquel que, llegado desde Asia a Middlesbrough en 1966, fue capaz de dejar en fuera de juego a las cifras astronómicas. Quizás no sea más que el deseo de ver un fútbol donde todavía haya espacio para la magia.

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