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Cada año, más de un millón y medio de personas llegan a Alaska a bordo de cruceros. Desde estos edificios flotantes se descubre una tierra de colosal contradicción: naturaleza vibrante en medio de la huella irreversible del progreso.
Se escuchan pasos y el rodar de maletas; voces amables dirigen a hordas de viajeros hacia las filas correctas. Estoy en el puerto de Vancouver, Canadá, a finales del verano, pronta a tomar un barco; un crucero que me llevará hasta la última frontera de Estados Unidos: Alaska.
Dos navíos gigantes están atracados a la espera de sus pasajeros. El más grande tiene capacidad para cinco mil personas, el que abordaré para tres mil. El “pequeño” es un Inside Passage cruise, capaz de navegar entre las islas que se extienden por la costa para cumplir la promesa de contemplar paisajes que solo imaginé por películas como Into the Wild o en los brochazos mágicos de los cuadros kitsch de Bob Ross.
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