
A París llegan de distintas partes del planeta intelectuales y románticos en busca de inspiración. Pero ¿por qué?, ¿qué hay a orillas del Sena para que alguien decida abandonar su casa por lo desconocido? Tal vez la respuesta es que de algún modo ‘París es una fiesta’.
París sigue siendo el mismo de hace un siglo: un refugio de expatriados. En otro tiempo, gran parte de estos eran estadounidenses, quienes iban en busca de la cultura del Viejo Mundo. Hoy, en cambio, se trata de una sangre nueva que viene del sur, de los desiertos.
En el desfile de inauguración de los Juegos Olímpicos, artistas y atletas caminaban a orillas de un río Sena donde en tiempo de los galos, se encendió la ‘Ciudad Luz’. Este apelativo ahora suena a cliché, sin embargo, es inevitable porque, como escribió Hemingway, ‘París te acompañará, vayas adonde vayas, todo el resto de tu vida. Es una fiesta que nos sigue'.
El París del café

En 1922, París era una fiesta, pero igual que la risa esconde a la tristeza, en aquella ciudad que aún olía a pólvora por la Primera Guerra Mundial, la gente bailaba para olvidarse de las trincheras.
Al llegar a la ciudad, un hombre de origen estadounidense alquila un estudio para escribir, pero pronto lo abandona cambiándolo por cafeterías, desde cuyas terrazas se puede ver un desfile de almas en pos de un destino.
Dentro de un café en la Place Saint-Michel, aquel hombre alto, fuerte y con las mejillas coloradas por culpa de un viento que llega afilado desde el Sena entrega su gabardina y pide un cortado.
El escritor extrae de sus bolsillos una libretita de pasta azul, dos lápices y un sacapuntas, los coloca en la mesa de forma metódica y luego se pone a leer sus últimos apuntes; son el germen de un cuento cuyo escenario es Michigan, un lugar tan helado como París en otoño.
El camarero le sirve el café y, al poco, ingresa una joven y se sienta en una mesa junto a la ventana. Espera algo o alguien. Su pelo es negro y el corte, a la garzón; a Hemingway le parece hermoso y se empeña en incrustarla en el relato que está escribiendo. Pide entonces ron Saint James y con el sabor a Martinica en la boca, se abstrae. Cuando vuelve en sí, ella ya no está.
Dignidad y derrota
Hemingway vuelve a la calle, tratando de no mirar los escaparates porque las panaderías exhiben con impudicia sus golosinas y él apenas tiene presupuesto. Como de costumbre, cuando tiene tentación de comer, decide irse al Museo de Luxemburgo, pues allí, a la sombra de los cuadros de Cézanne, rechaza cualquier instinto natural para hundirse en el arte.

Por el camino, la gente se le cruza con sus baguetes bajo el brazo. Gesticulan, ríen, lloran. Un ‘clochard’ (esos vagabundos que por su fracaso parecen semidioses) le grita una andanada de insultos, pero él lo ignora. Todos los transeúntes lo hacen, es el miedo a contagiarse de la derrota.
A medio camino, está la Rue de l’Odeon con su librería Shakespeare & Company, donde solo se lee en inglés. Sylvia Beach, la dueña, le grita desde la puerta a Hemingway que le han dejado varios encargos. Él ingresa y se pone a hurgar entre los estantes mientras espera. No comprará nada, pero se lo prestarán. Sylvia aparece con varias cartas y le dice en broma que su tienda no es una sucursal del correo.
Con un libro de James Joyce y su correspondencia, retoma el camino. Se le ha pasado el efecto del ron y el viento helado de otoño otra vez le está lacerando las mejillas. En el París de los años veinte hay más extranjeros por kilómetro cuadrado que en otras capitales europeas y la mayoría son artistas que malviven en esa ciudad porque creen que morirse de hambre allí es mejor que en cualquier otra parte.
Las calles huelen a la juerga de la noche anterior y ese aroma solo se irá con el de la siguiente. Ninguna es igual porque cada día hay un baile nuevo para celebrar esa vida que triunfó sobre la muerte en la Gran Guerra. Sin embargo, la pólvora va a encenderse de nuevo y todos lo saben. Por eso, hay que aprovechar el tiempo.
Ya en los Jardines de Luxemburgo, Hemingway se siente tranquilo. Las chicas pasean con sus boinas negras y le sonríen, mientras uno que otro revolucionario, disfrazado de poeta, lo mira con desconfianza. Por allí, los espías abundan, igual que los conspiradores políticos que, de la noche a la mañana, llenarán las calles con barricadas, como lo han hecho desde la Revolución o quizá desde siempre.
El escritor ingresa al museo y se para bajo un cuadro de Cézanne. Admira sus paisajes, los rostros casi sin facciones y la saudade. Y así, en el corazón de París, su viaje queda explicado: entonces como ahora, la ciudad más que una inspiración es un refugio de aquellos que buscan un sentido para la vida.

