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Mundo Diners al día

Nació la mano de Dios, Maradó, Maradó…

por Xavier Gómez Muñoz

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El 22 de junio de 2026 se cumplen cuarenta años de la tarde en que Diego Armando Maradona hizo un gol con el puño y cuatro minutos después el “mejor gol en la historia de los mundiales”. Lo hizo en el estadio Azteca, donde en junio se inaugura una nueva Copa del Mundo. ¿Cómo se recuerda hoy en día la gesta más polémica del diez argentino?

El estadio Azteca es una mole de cemento en rehabilitación. Luego de sesenta años de historia, quién sabe cuántos partidos, conciertos, remodelaciones y eventos de todo tipo, el gigante mexicano se prepara para su tercer Mundial de Fútbol. Es el único estadio cuyo campo acumula tres copas del mundo (1970, 1986 y 2026), el escenario en el que se coronó campeón el Brasil de Pelé en 1970, el lugar donde Diego Armando Maradona hizo las dos anotaciones que más lo definen: la primera con trampa, la otra con harta picardía.

Hoy, sábado 14 de marzo, el estadio tiene al menos tres nombres. Su denominación comercial salió de una alianza con un banco mexicano: estadio Banorte. Como la FIFA no permite que los estadios tengan nombres de empresas o marcas durante el Mundial, a partir del 11 de junio, lo empezarán a llamar estadio Ciudad de México. Y también tiene un nombre histórico, por el que todos lo conocen: estadio Azteca.

Además de su historia, el también llamado Coloso de Santa Úrsula es famoso por su tamaño: recibió 110 000 aficionados en sus primeros años; luego de su remodelación más reciente albergará a 87 000. El diseño original corresponde a Pedro Ramírez Vázquez, el mismo arquitecto que diseñó el Museo Nacional de Antropología y la basílica de Guadalupe en la capital mexicana.

—Lo empezaron a construir en 1962 y lo terminaron en el 66 —cuenta Ernesto Quiroz, desde la terraza de su casa de donde mira el estadio—. Muchos de los que vivían en este sector (Santa Úrsula) participaron en la construcción: algunos pa’ soldar, otros de albañiles, carpinteros, fierreros… En ese entonces, por aquí solo había casas de tabique (ladrillo) y cartón. Para la inauguración trajeron a un equipo de Italia (al Torino) que jugó contra el América. Empataron a dos goles.

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Inauguración del Mundial de 1986 en el estadio Azteca de Ciudad de México. Fotografía: ® AFP.

Ernesto anda por los 75 años, de los cuales ha vivido al menos 64 en Santa Úrsula. Usa gafas de estilo aviador con marco dorado; lleva camisa a rayas y pantalón de vestir.

Señalando el sitio donde estaban las antiguas boleterías, cuenta que antes allí se veían filas de aficionados para comprar su boleto.

—Te estoy hablando del Mundial del setenta, en el que ganó Brasil. Para el 86 (cuando salió campeón Argentina) los aficionados extranjeros ya venían con su boleto comprado por las agencias de viaje... Y ahorita ya ni se puede conseguir boleto, por los precios y porque venden en Internet.

Como Ernesto era escolta de un importante regidor en el 86, vio el partido entre Argentina e Inglaterra desde un palco. Presenció “la mano de Dios” y el “gol del siglo”, pero no festejó.

—Primero porque cuando uno está en la ayudantía tiene que estar pendiente de lo que se les ofrezca a los señores. Y segundo: no todos los aficionados estaban contentos; hubo mexicanos y de otros países que no celebraron.

Y todo el pueblo cantó…

La historia se ha contado tantas veces. Argentina había vuelto a la democracia luego de una guerra por la recuperación de las Malvinas en la que se embarcó la dictadura y perdió contra Inglaterra en 1982. México sufría los estragos del terremoto del 85, uno de los más devastadores (8,1 grados, más de 30 000 heridos, 150 000 damnificados), pero no desistió de organizar el Mundial del 86.

El Diego Armando Maradona de veinticinco años que llegó a la capital mexicana ya había sido campeón del mundo con la Selección Juvenil Argentina en Japón 1979. Fue estrella y pasó por una de sus lesiones más trágicas en el Barcelona; sufrió su primera gran decepción mundialista con la selección de su país en España 82 y llegó como salvador al Napoli en 1984.

Con diferencia de la Selección Brasileña del setenta, que campeonó en el estadio Azteca pero jugó la mayoría de partidos en Guadalajara, a la Argentina del 86 le tocó alojarse en las instalaciones del Club América, que queda a menos de tres kilómetros del Coloso de Santa Úrsula. Allí jugó sus mejores partidos. Ganó la final frente a Alemania Federal por tres goles a dos; se impuso a Bélgica por dos goles a cero en la semifinal. Y un domingo 22 de junio, a las doce del mediodía mexicano, compitió contra Inglaterra en los cuartos de final.

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Maradona celebra el triunfo de Argentina. Fotografía: ® AFP.

El encuentro entre argentinos e ingleses se consideraba políticamente tenso incluso antes de que el árbitro diera el pitazo inicial. La prensa anglosajona tituló: “El duelo del rencor. ¿Podrán Inglaterra y Argentina solucionar la brecha de las Malvinas?”. Y en las gradas argentinas se leían consignas contra la primera ministra inglesa: “Muera la Thatcher. (Firma:) El jugador n.° 12”.

Se ha dicho de todo sobre lo que ocurrió durante y después de ese encuentro. El caso es que en el minuto seis del segundo tiempo, Maradona recibió el balón en el campo contrario, se metió por la defensa y antes de llegar al área rival le puso un pase corto a Jorge Valdano. El delantero no pudo controlar la pelota, pero el defensa que lo marcaba tampoco y en un intento por despejar colocó un centro para Maradona que hubiese estado en offside si antes no hubiera topado el balón un inglés. “El Diego”, que ya había intentado un gol con la mano a favor de Boca Juniors (esa vez el árbitro lo sancionó con una tibia tarjeta amarilla) y haría después otro parecido con el Napoli, se elevó frente a un arquero veinte centímetros más alto, extendió el puño… Y cuando le preguntaron por el gol, dijo que lo había hecho “un poco con la cabeza y otro poco con la mano de Dios”.

El cronista mexicano Juan Villoro ha contado en varias entrevistas que estuvo presente ese día y que creyó que “la mano de Dios” fue un gol legítimo. Luego de cuatro minutos, quizás con el ánimo de los rivales aún mancillado, Maradona recibió otra pelota antes de la mitad de la cancha, rompió la marcación con un giro, gambeteó, corrió y dejó a cinco adversarios en el camino, incluido otra vez el arquero… Después de ese partido y el Mundial del 86, el “barrilete cósmico” o “Diegol”, como lo llamó el relator Víctor Hugo Morales durante su transmisión, ascendió a la categoría de “D10S” y todas esas cosas que le decían.

“Fue una venganza por lo ocurrido en las Malvinas”, argumentaban algunos. Una revancha del sur contra el norte. Un desquite del chico pobre, después millonario, que salió de Villa Fiorito y no solo representaba ese día a Argentina. “El Diego” se encargó de no desmentir nunca esas ideas. Y, como ocurrió con “la mano de Dios”, en otra de sus entrevistas añadió que el “gol del siglo” ya lo había intentado también antes en un partido amistoso en Inglaterra. Solo que, gracias a un consejo de su hermano sobre cómo concluir, en el estadio Azteca sí le salió.

¿La doce fue quien coreó?

—La Maradona tiene pierna, chorizo, quesillo y piña —anuncia Óscar Hernández tras la parrilla de Tortas Estadio—, pero la que más compran es la Jorge Campos.

Así como con la decoración del negocio, ubicado atrás del estadio Azteca, todos los sánduches que se venden en Tortas Estadio tienen que ver con futbol (sin tilde, como le dicen en México). Uno de los obreros que trabaja en la remodelación del Coloso pide una Cuauhtémoc Blanco, otro una Ronaldinho. A tres cuadras queda un puesto callejero llamado Los tacos del Güero. Óscar Hernández vive en el sector hace 45 años; Alexis González, el Güero, está en los treinta y llega al barrio por trabajo solo los fines de semana. Ambos son hinchas de equipos, saben los nombres de las selecciones que han levantado copas en el Azteca, pero, aunque lo han visto en videos, recuerdan muy poco los goles de Maradona.

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La Mano de Dios. Fotografía: ® WIKIPEDIA.ORG.

—A la gente del barrio no le llama mucho la atención el futbol —dispara el Güero—, a los que les gusta son a los que vienen de afuera.

Roberto Castro es dueño de uno de los negocios más antiguos del sector, el Bar Restaurante Los Amigos, y cuenta que a la señora que empezó con un puesto de comida corrida (popular mexicana) en ese lugar, hace unos ochenta años, tampoco le gustaba. “Pero Mamá Trini vendía cerveza y el puesto se llenaba”. Roberto tiene 74 años y ha vivido como vecino dos mundiales.

—El recuerdo más fuerte que tengo de la Selección Argentina en el 86 —coincide con Ernesto Quiroz— es que una parte de la afición mexicana le dio la espalda porque no estuvieron de acuerdo en cómo ganó el partido contra Inglaterra. En Argentina los recibieron como héroes, pero aquí, aunque muchos festejaron, otros los dejaron ir nomás.

A la socióloga argentina e investigadora posdoctoral por la UNAM Alejandra Quadrana le tocó ver, por su edad (34 años), al Maradona metido en escándalos, adicciones, con sobrepeso y problemas de salud. Pero también al Diego que reivindicó la canción de Rodrigo en 2000, “La mano de Dios”, y sabe del futbolista amigo de líderes y dictadores, del que mostró apoyo a jubilados argentinos en una marcha, del que criticó a la FIFA, al papa, a Estados Unidos y jamás salió en un video con Trump. “Pero Diego Maradona fue muchos”, coincide. Y encarnó, mejor que nadie, los extremos, la contradicción: un gol hecho con la mano y cuatro minutos después el “gol del siglo”.

Además, Alejandra cuenta que, quizás porque en su casa no son futboleros, sus padres tampoco estuvieron de acuerdo cuando la Selección Argentina ganó el Mundial del 86. Aunque no es la opinión de todos en su país, señala, y comparte un mensaje que le envió por WhatsApp un compatriota y amigo para la ocasión:

“Después de cuarenta años me sigue durando la bronca por no haber disfrutado ese gol… Hoy, fríamente, pienso que la trampa es enemiga del deporte. Pero enseguida se me pasa, y como de perfecto no tengo nada, me autoconvenzo de que fue un cabezazo perfecto”.

Líneas más arriba se lee:

“Fue la mano de Dios y el corazón de todos”.

Olé, olé, olé, olé, olé…

Cerca de cumplir 58 años, Diego Armando Maradona fue presentado como director técnico del Club Dorados de Culiacán, estado de Sinaloa, en 2018. En su país ya había dirigido al Deportivo Mandiyú, a Racing y a la Selección Argentina. Y en Emiratos Árabes al Al-Wasl y Al-Fujairah. Las veces que derrapó y se puso de pie ya se notaban en su salud cuando volvió al país que lo vio alzar la copa del Mundo y, aun así, estuvo a nada de completar otra hazaña más emocional que técnica. Cuando asumió la dirección de Dorados el equipo estaba al fondo de la tabla y, en dos temporadas, con Maradona, jugó dos finales consecutivas.

En 2000 “el Diego” visitó nuevamente la cancha del estadio Azteca. “Catorce años después, mucho más gordo, mucho más viejo, pero con la misma ilusión de aquel día, ¿no? Este estadio se puede decir que es la catedral del fútbol de mi vida… Estoy emocionado realmente”, dijo a la cámara.

Veintiséis años después: otra vez sábado, 28 de marzo, en la televisión y en las redes sociales anuncian que las calles que rodean al estadio Azteca están cerradas por el partido en que la Selección mexicana enfrentará a un Portugal sin Cristiano Ronaldo, que se excusó por una lesión. A la reinauguración del Coloso y “preinauguración del Mundial” que el país con más hispanohablantes compartirá con Canadá y Estados Unidos llegan unas ochenta mil personas en su mayoría de verde, con algunas banderas, catrinas, sombreros charros… Y hay también cristianos ronaldos o aficionados con camisetas de CR7.

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Ernesto Quiroz en la terraza de su casa, frente al Estadio Azteca. Fotografía: ® XAVIER GÓMEZ M.

Rodrigo Basulto cuenta veintiocho años y vino desde Mérida, a más de mil kilómetros, para ver a su tricolor. Espera un empate y que “la Selección mexicana le haga honor a la historia del Coloso, a la de los seleccionados del 86, el 70 e incluso de Alemania 2006”. Una docena de hinchas piensa más o menos igual: no le tienen demasiada fe al equipo, pero anhelan “un buen papel”; resaltan la historia del estadio Azteca, sus dos mundiales, partidos locales y eventos legendarios, entre los que nadie menciona, si no se pregunta, los goles de Maradona.

A medida que se acerca el partido, las filas se extienden para entrar al estadio. La periodista Cynthia Ibarra deja un rato el micrófono de Canal 14 para hablar con un colega ecuatoriano.

—Yo creo que más que la “mano de Dios” los aficionados mexicanos tienen presente “el gol del siglo”, entre los muchos eventos históricos que se han vivido aquí. Por eso mismo, el estadio representa tanto. Y sobre tu otra pregunta —sigue—. Así mismo es la afición mexicana: aunque digamos que la selección no está jugando bien, todos los que estamos aquí y los que verán el partido por televisión vamos a apoyar cien por ciento a los jugadores cuando estén en el estadio. O a cualquier deportista mexicano que compita en cualquier lado.

Los aficionados que no pudieron comprar un boleto siguen el encuentro en sus teléfonos, algunos caminan en procesión hacia el tren ligero, se embarcan en el metro y llegan cuando la luna está en el cielo del Zócalo, la plaza principal, más grande y bella de la Ciudad de México. Cerca de diez mil personas, la mayoría sentadas, miran allí el partido, en una pantalla grandísima que cubre la vista del templo metropolitano, el más grande en América Latina, su otra gran catedral.

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Acerca de Xavier Gómez Muñoz

Periodista, docente e investigador especializado en nuevas y viejas narrativas, tecnologías de la comunicación, cultura digital, periodismo y medios. Compiló cinco años de periodismo narrativo en su libro Crónicas (Dinediciones, 2019). En su siguiente obra, Un mundo híbrido (2025), reunió quince ensayos sobre cultura digital. Es doctor en Periodismo y máster en Periodismo Multimedia Profesional por la Universidad Complutense de Madrid.
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