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Un corredor, colmado de colorido por sus plantas, une a Bellavista con el Parque Metropolitano. Es símbolo de un plan: el de asilvestrar Quito. Cambiar el “típico” parque por espacios públicos que traigan la naturaleza al corazón de la capital.
Para empezar, habrá que decir que este no es un parque como lo conocemos. Podría ser un pasadizo dentro de un cuento de fantasía o el universo de maravillas en el que Alicia cae a través de la madriguera del conejo. Lo llaman “corredor verde”, pero es un sendero alargado, lleno de plantas y flores de colores: lilas, rojos, amarillos, cafés, blancos. Con árboles que forman túneles que dan una leve esperanza de sombra. Con colibríes y pájaros pinchaflores, e insectos venidos del bosque, que no suelen verse entre el gris de una ciudad.
Nada permanece quieto. Por aquí cruzan jóvenes veloces sobre sus bicicletas, familias que gustan de una caminata cerca del ocaso, personas paseando a sus perros, vecinos que regresan de trabajar. Su nombre es Corredor Las Chilcas, un espacio de 270 metros de largo por unos veinte de ancho que conecta el sector de Bellavista, en el norte de Quito, con el Parque Metropolitano.
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