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Un viaje íntimo por los caminos que ha recorrido la comunicación entre migrantes y sus seres queridos en el Ecuador.
“Querida mamá: espero que al recibir esta carta te encuentres bien de salud. Yo estoy trabajando mucho, pero siempre pienso en ustedes”. La letra ilegible, escrita con bolígrafo negro sobre un papel a líneas, cruzó mares dentro de un sobre blanco con franjas azules y rojas. Tardó veintidós días en llegar desde Nueva York hasta Guayaquil, y fue leída más de una docena de veces por una madre que ya sabía el contenido pero necesitaba volverlo a sentir. Así se comunicaban los ecuatorianos migrantes con sus familias hasta bien entrado el siglo XXI: con tinta, paciencia y fe.
Durante décadas, migrar no solo implicó aprender un idioma o enviar remesas: también significó inventarse nuevas formas de decir “te extraño”. Cada época tuvo su herramienta: primero fueron las cartas, luego los casetes grabados con mensajes de voz enviados por encomienda, las llamadas cobradas, los cibercafés atiborrados de personas esperando turno para chatear. El amor a la distancia fue una industria emocional y también una economía en movimiento.
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