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Sadako Sasaki era una niña de dos años cuando la bomba atómica cayó en su ciudad, Hiroshima. Ella sobrevivió aquel día, sin embargo, la radiación dañó su cuerpo de forma silenciosa. Su historia es similar a la de muchos japoneses que fueron conocidos desde entonces como hibakushas o ‘personas bombardeadas’.
En octubre de 1955 las clínicas y dispensarios de Hiroshima se encontraban desbordados de pacientes con una epidemia cuyo origen no era un virus o una bacteria, sino la bomba atómica de 1945. A estas personas se los conoció en Japón con el sobrenombre de hibakushas, es decir, ‘personas bombardeadas’.
Una de ellas era Sadako Sasaki, a quien le diagnosticaron leucemia, producto de la radiación. Pese a su debilidad esta chica, que para entonces tenía ya doce años, doblaba sin parar grullas de papel en su habitación del hospital de la Cruz Roja. Las grullas son aves que simbolizan longevidad y buena suerte entre los japoneses, pero su obsesión empezó luego de que su padre le contase una leyenda. Según el relato, la persona capaz de hacer mil de estas aves de origami tiene derecho a pedir cualquier deseo.
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