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El centro de Guayaquil renace con el Barrio Chino que mezcla historia, memoria y comercio para darle otro ritmo al corazón de la ciudad.
Bajar por la calle Sucre hacia el Malecón es atravesar varias épocas de la ciudad en pocos pasos. La avenida se despliega entre taxis, vendedores de chuzos y turistas, pero frente al Museo Municipal flota un aroma a wantán frito y reinvención. Es el chifa Asia, un lugar que William S. Burroughs había descrito como un burdel de 1890 cuando pasó por el Ecuador buscando ayahuasca. Pero su mala onda es comprensible. El viajero que no soporta el calor no puede disfrutar el té, y Guayaquil no se deja entender a primera vista por su tendencia al desorden, ese que mantiene todo en reinvención perpetua.
Más de setenta años después, una noticia corrió como pólvora: el alcalde Aquiles Álvarez anunció la construcción del Chinatown en cinco cuadras de la calle Sucre, entre el Malecón y Boyacá. Un corredor peatonal para gozar la ciudad sin prisas, hacerse una selfi delante de los arcos, admirar murales y tomarse un vaso de agua de coco bajo los árboles que dibujarán un paisaje urbano nuevo y festivo. “Va a prender el centro, eso también es reconstruir el tejido social”, dijo Aquiles. En su comentario late la promesa de una ciudad abierta, donde locales centenarios comparten espacio con tiendas de tecnología, bazares y panaderías. Uno podrá perderse como si estuviera en un bosque de la China, y no hará falta brújula para recorrerlo, solo curiosidad.
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