Renato Ortega: el gran viajero
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Renato Ortega: el gran viajero

Por Pablo Cuvi.

Fotografías: Juan Reyes y archivo R. Ortega.

Edición 463 – diciembre 2020.

Locutor, documentalista, traductor, maestro de ceremonias, Renato Ortega Lèrner ha sido sobre todo un gran viaje­ro. La lista de los países que ha visitado ocuparía media página. Nacido en San­tiago de Chile y graduado en el colegio Alemán, iba por el segundo año de Perio­dismo cuando ocurrió el golpe de Pino­chet y vino a dar a Quito siguiendo a su padre. Y cuando fue a conocer el bosque húmedo de Tandayapa quedó tan encan­dilado que ahora, 45 años después, se ha mudado a vivir en ese paraíso de los bird­watchers de todo el mundo.

Su abuelo Abraham Ortega fue el can­ciller de Chile que organizó con el cónsul Pablo Neruda el escape de Francia de más de dos mil refugiados en vísperas de la Se­gunda Guerra Mundial. Winnipeg se lla­maba el barco que fletó el poeta y Winnipeg se llama la pieza de teatro sobre el tema que se presenta estos días con público enmas­carado y éxito de crítica en Barcelona.

Su padre, Renato Ortega Fenner, fue —entre otras cosas— un escritor muy co­nocido y querido en el mundillo cultural quiteño. En su último libro, Aqua d’Or, narró las aventuras de la Misión Geodé­sica Francesa, el tema inagotable de esos exóticos viajeros del siglo XVIII que nos dejaron colgando de una línea imaginaria. Socialista en su juventud, Ortega Fenner colaboró activamente con el Gobierno de la Unidad Popular que había conquistado democráticamente el poder en 1970.

Por ahí justamente se inicia esta char­la vía WhatsApp, que se interrumpe con la misma frecuencia con la que se inte­rrumpía el antiguo camino empedrado de Nono que conectaba Quito con Tan­dayapa. Sin embargo, la voz poderosa e inconfundible de Renato sobrevive a cualquier contratiempo.

—¿Qué función pública desempeñó tu papá?

—Ya en el Gobierno de Salvador Allen­de, mi papá fue nombrado interventor en la Dow Chemical, que fue nacionalizada por la Unidad Popular. Mi papá era un tipo muy disciplinado y tuvo problemas porque eso significaba hacer trabajar y muchos militantes se dedicaban al bartoleo.

—¿Cómo así vino al Ecuador?

—Tuvo un conflicto con ellos y con el Partido Socialista y, decepcionado de su propio partido, aceptó un trabajo acá que fue providencial porque vino en agosto de 1973, un mes antes del golpe militar. Se salvó, porque lo buscaban.

—¿Cuándo llegaste tú?

—En octubre y mi papá me llevó a conocer la Mitad del Mundo para que me ubicara geográficamente.

—¿Cómo así te dio por estudiar Psico­logía en la Católica?

—Porque la Escuela de Periodismo estaba cerrada y yo había tomado mu­chos créditos en Psicología en Santiago. En la Católica, que quedaba al frente del apartamento de mi papá, me aceptaron los créditos. Ahí fui compañero de Mario Müller, Lilian Granda, Cecilia Dávila…

—Era la época de los psicoanalistas. ¿Estaba allí Atilio Mancino?

—Correcto. Estaba también Enrique Serrano, el español. Y toda la escuela te­nía una orientación psicoanalítica con matices.

—¿Qué hicieron en el hospital Julio Endara?

—Un trabajo muy interesante que tenía que ver con la antisiquiatría de David Cooper, que planteaba la apertura de los muros. Aparte, yo hacía terapia de pareja.

—¿Por qué dejaste la psicología?

—Porque me harté de oír historias que tenían la vulgaridad de la vida co­tidiana y la repetición, porque eran muy parecidas unas a otras. Y diré, con hu­mildad, que no podía dar soluciones a la vida de los demás cuando apenas podía con la mía. (Risas).

—¿Por entonces empezaste a hacer teatro con Pedro Saad y Toty Rodríguez?

—Eso fue durante los estudios. Hi­cimos la obra sobre Manuela Sáenz, la famosa Una loca estrella. Yo era el medio hermano José María Sáenz. Recuerdo que con esa obra inauguramos el teatro Prometeo en la época de la dictadura. Estaban también Mariano Bustaman­te, Washo Caicedo y otros con quienes después montamos obras infantiles que eran más entretenidas que la solemni­dad de Pedro Saad en su Manuela.

—¿Cómo empezó tu viaje de mochi­lero en 1981?

—Salí en un velero de aquí hasta Pa­namá. De ahí seguí por Centroamérica, pero en la frontera con Nicaragua no me dejaron entrar por chileno, estaba muy convulsionada Nicaragua y tuve que tomar un vuelo hasta México. Des­pués, desde Albuquerque, viajé con un chiflado hasta California, le conduje un camioncito. Era un constructor de chi­meneas, me dio trabajo en eso.

Mi pareja, Gabriela Darquea, quiteña, vino a Los Ángeles y continuamos el viaje juntos a Nueva York y Europa. Pasamos en la Costa Brava todo el verano con trabajos en un bar discoteca llamada Las Cuevas y otro en un restaurante en Blanes, un pue­blo donde curiosamente vivía Roberto Bolaño. Una vez vino a la barra y lo saludé desde la cocina, pero nunca conversamos. De ahí, en el sur de Francia, trabajé en la cosecha de nueces y de tabaco negro para los famosos Gauloises.

Ese es un trabajo físicamente duro…

—Muy duro. Y limpiaba establos, montón de cosas, buscando con un perro los hongos chiquitos, fragantes, que po­nen en el foie gras. También cuidamos a un perro ciego en Florencia, una historia muy interesante que resultó en un cuento sobre los desaparecidos.

(Se interrumpe a ratos la comunica­ción por WhatsApp con la casa de Renato en Tandayapa, noroccidente de Pichin­cha).

Renato, el más alto, con su vecino Andrés en Santiago, 1961.
Viajando a dedo por el norte de Chile en 1971.

PASIÓN POR LAS ISLAS

—¿Qué hicieron al volver?

—Al volver al Ecuador trabajamos con Metropolitan Touring, en el Santa Cruz, un barco de noventa pasajeros que todavía existe con otro nombre. Yo era di­rector de cruceros. Estuvimos como dos años hasta que Gabriela ya estaba emba­razada de siete meses y nos bajamos. Sa­bina nació en Galápagos.

Yo ya había comprado una finca en la parte alta de Santa Cruz y comenzamos a construir una casita pequeña y un res­taurante. Metropolitan Touring nos man­daba sus pasajeros, y también venían de otros barcos y veleros a conocer la parte alta. Fui un pionero en poner un negocio ahí y les mostraba las tortugas gigantes que andaban por el jardín. Ahí teníamos unas dos hectáreas de café arábigo de muy buena calidad y teníamos barraga­nete, un plátano muy grande y de sabor exquisito. Duró dos años, hasta que colo­rín colorado nos divorciamos.

—Fue la época de la transformación de Puerto Ayora en un lugar popular, lleno de comederos, pensiones y bares baratos. ¿Tú viviste eso?

—Absolutamente. Se llenó de carros, además. Una obsesión de los galapague­ños fue llevar camionetas en los barcos.

Pavimentaron las calles y ya no había la restricción a la electricidad, que antes funcionaba hasta la medianoche.

—¿Qué pasó después?

—Seguí mi trabajo como locutor en los medios de comunicación. También fuimos con Freddy Ehlers a hacer un reportaje de las elecciones del Consejo Legislativo en las islas Malvinas y encon­tramos en los campos de batalla ropa de militares argentinos, en ese descampado que son las islas.

(Mirando mis notas). Por la misma época trabajabas en la película sobre Hum­boldt que juntó a la crème del cine nacio­nal.

—Fue una coproducción entre Ale­mania Oriental y Occidental, que no se juntaban todavía. Como hablo alemán, el director me tomó como su asistente per­sonal para comunicar el mundo alemán con el ecuatoriano. A Humboldt lo repre­sentaba un actor alemán y Luis Miguel Campos hacía de Carlos Montúfar; yo era un aristócrata criollo, junto con Raúl Guarderas. La historia de la película era la ascensión de Humboldt al Chimborazo.

—¿Qué series filmaste para el progra­ma La Televisión de Freddy Ehlers?

—Hice como seis o siete series sobre islas, me especialicé en eso: las Galápa­gos, las islas de Vancouver, las ABC en el Caribe: Aruba, Bonaire y Curazao… Aruba y Curazao fueron siempre puertos muy importantes; la trata de esclavos se hacía en Curazao en los tiempos colonia­les. Después, Aruba era un puerto libre donde se vendía todo a menor precio, sin impuestos. Bonaire es una isla turís­tica principalmente dedicada al buceo y buena parte de ella es un parque nacional muy bien protegido. De hecho, hice mi primer curso de buceo allí.

EL DIABLO Y MALKOVICH

—¿Cómo fue la filmación en Galápa­gos del docudrama El diablo en el paraíso, en el que hacías de productor, guionista y actor?

—Hicimos dos películas; una sobre cuatro historias de Galápagos, cuatro personajes: Oberlus, el primer habitante de las islas, un arponero irlandés; otro era Manuel Cobos en San Cristóbal; el Águila Quiteña en la Isabela; y la baronesa Von Wagner en Floreana. Eso era El diablo en el paraíso.

—¿Quién actuaba como baronesa?

—Cristina Morrison. Teníamos muy pocos recursos; yo tenía que hacer de todo, también de actor: era Philippson, uno de los amantes con quien vino la ba­ronesa a Floreana.

—¿Y el doctor Ritter, que era el enemi­go de la baronesa?

—Al doctor Ritter le contraté en Santa Cruz; era un panadero austríaco que hor­neaba y repartía su pan en una carretilla.

—¿Qué destino tuvieron esos docu­dramas?

—Eso era para un canal venezolano y tuvieron un gran éxito en Discovery Chan­nel; fueron proyectados en el Ecuador, Ve­nezuela y el resto de América Latina.

—En esa época Discovery era muy pres­tigioso, era el canal de los viajes que traía el mundo a la casa, antes del cable, ¿no?

—Exactamente. Era mucho mejor de lo que es hoy, que es insufrible. Después hice algunos proyectos para Teleamazo­nas. Por ejemplo, un documental sobre la violencia en Colombia. RCN en Bogotá me facilitó un material de archivo muy antiguo sobre el nacimiento de la guerri­lla, de las FARC. Ellos tienen un archivo fílmico asombroso; con eso monté la historia de la violencia, la primera parte. La segunda parte era un recorrido por las ciudades más importantes: Bogotá, Medellín, Cali, Cartagena, donde se veía la reacción creativa de los colombianos frente a la violencia, lo positivo que salió de todo eso, una suerte de contrapunto con la primera parte.

—¿Cómo fue el trabajo con John Malkovich y Javier Bardem en la película que filmaron aquí?

—Fue una experiencia muy chévere. Yo coordinaba la producción. Querían algo selvático, propuse Tandayapa y filmamos varias escenas en el pueblito, aquí abajo.

—¿Cómo es Malkovich fuera de la pantalla, en la vida real?

—Es un tipo muy inteligente, bas­tante ensimismado, pero aquí en Tan­dayapa se relacionó con la gente, se fascinó con el lugar. Usaba una gorra y el primer día de filmación se le ins­taló una mariposa en la gorra y se que­dó largo tiempo chupando el sudor de Malkovich; parecía que sabía quién era. Después de que terminó el rodaje, lo acompañé en un viaje a Galápagos con su familia.

—¿Se puede vivir aquí como docu­mentalista?

—¡Definitivamente no!

En El Chaco argentino, como productor de un fotógrafo francés de la revista Vogue, 1992.
Como asistente de dirección de Conexión Inca, en 1991. Foto de Pecas Corral.

EL DON DE LA VOZ

—¿Cuándo empezaste tu trabajo de locutor?

—Soy locutor desde que tenía quince años y hacía doblajes de películas en Chi­le. Luego vine al Ecuador y me hice locu­tor comercial. La locución ha sido mi acti­vidad más permanente y me ha permitido muchas cosas; entre otras, financiar toda mi carrera como psicólogo, continuar fi­nanciándome la vida durante mi época de cineasta y viajar. Tengo un agradecimien­to enorme a mi genética por haber sacado esta voz. Hasta hoy sigo locutando.

—¿Hay algún cuidado especial para mantener el instrumento natural en buen estado?

—Lo primero es no resfriarse; lo se­gundo, consumir mucho limón, cítricos en general y comer mucho ajo para la res­piración. El ajo tiene un poder extraordi­nario de vasodilatación de los pulmones y es un extraordinario antiséptico. De he­cho, Caruso siempre consumía ajo antes de cantar y sus compañeros operísticos se quejaban del tufo excesivo.

—¿A ti no se te quejaron las novias también?

—Eh, no… lo que hay que hacer es que las novias consuman ajo también (ri­sas).

—Que apesten igual todos.

—Cuando estás con una persona que ha consumido ajo, no lo hueles, si lo has consumido tú también.

—Fuiste también la voz de Teleamazo­nas durante largos años. ¿Qué quiere decir en la práctica ser “la voz” de una canal?

—Quiere decir que la gente identifica esa voz con un canal. También significa entusiasmar al televidente con los progra­mas del canal, seducir a una teleaudiencia.

—¿En qué campos puede trabajar un locutor?

—En los documentales que se pro­ducen localmente, por ejemplo. He lo­cutado también en otros idiomas como inglés, alemán… Un tercer campo son los productos comerciales que necesitan una voz para promocionarse. Fui locutor de Marlboro en sus buenos años, cuando se podía hacer publicidad de cigarrillos.

—¿Marlboro Country, esos famosos spots?

—Yo decía (repite con el tono exac­to): “Venga al mundo del sabor, venga al mundo Marlboro”.

—Se veía a unos jinetes galopando tras potros salvajes…

—Y tomando desayuno y fumando inmediatamente. Recuerdo que el actor principal murió de cáncer…

(Se interrumpe un rato la comunica­ción).

—¿Desde cuándo escribes crónicas de viaje?

—Eso comenzó con Nuestro Mundo, que era la revista de Aerogal y luego de Quiport. Mi propósito era estimular a que viajen porque ese es el fin de cualquier re­vista turística. Hacía primero lo que he he­cho toda mi vida para los viajes: recopilar toda la información para que no resultara un viaje de tarjetas postales sino que per­mitiera saber, por ejemplo, el verdadero origen de la torre Eiffel o del Taj Mahal.

—¿Tomabas fotos también?

—En algunas ocasiones tomaba fotos para mis crónicas, no siempre.

—¿Por qué tiene la gente esta necesi­dad imperiosa de viajar?

—Si me preguntas en forma general, es esa curiosidad maravillosa de los se­res humanos por ver algo que no sea su vida cotidiana. Aunque para mí viajar es más que eso: ha sido mi vida porque el viaje es el motor de una conciencia so­bre el planeta que habito. Una sola vida no alcanza para conocerlo, pero hay que intentarlo.

—¿Por eso, con sesenta y pico de años, te fuiste con Janeth Endara a recorrer la costa oeste de Estados Unidos en una casa rodante?

—Más que eso. Pasamos por el cañón del Colorado, Nuevo México y el Misi­sipi. Fue un largo recorrido, cruzamos Canadá y llegamos hasta Alaska con mi hijo Nicolás, que se sumó en esa parte del viaje, y con mi hijo Renato.

—¿Por ahí es el Yukón del que habla­ba Jack London, donde hubo esa fiebre del oro?

—Exactamente. Mi héroe Jack Lon­don situó Colmillo blanco y otros libros en esa zona. Hubo una fiebre del oro y London fue allá, pero el oro había sido fantasmal y se dedicó al comercio de pieles.

—¿Se ve un Estados Unidos distinto viajando como viajaron ustedes?

—Sí, completamente, porque casi no topábamos ciudades, sino más bien par­ques nacionales. Se ve un Estados Unidos rural que tiene un sello completamente diferente al urbano, menos plástico, más humano.

—¿Qué tal es vivir en una casa rodante diez meses?

—Fue una experiencia de reducción de necesidades a lo básico, a vivir en un espacio muy limitado y saber que hay muchísimo que no necesitas. El viaje es más íntimo, más cercano, cuando vas a bordo de una casa que tiene un jardín al­rededor que es muchísimo más amplio de lo que puedes imaginar.

—¿Y qué fue lo más intenso?

—La impresión que me produjo el Gran Cañón, la Tierra desnuda con todas sus capas y su historia geológica a la vista. Me emocionó muchísimo encontrarme con el lugar de nacimiento y donde se ge­neró toda la literatura de Mark Twain, en Hannibal, al lado del río Misisipi. Tam­bién me impresionó el valle de la Muerte, que está a ochenta y pico de metros bajo el nivel del mar, una zona deprimida de la Tierra, que está tal cual.

En 1998, en Cayambe, con su hija Sabina, que nació en Galápagos.

A VIVIR EN TANDAYAPA

—¿Al volver de ese viaje decidieron ir a vivir en Tandayapa?

—Siempre me gustó este lugar. La primera vez que vine a Tandayapa fue en febrero de 1974, me acuerdo, por el viejo camino de Nono con un amigo que tenía un Austin Mini. Llovía copiosamente y llegamos hasta acá de un modo absolu­tamente heroico porque el camino era catastrófico.

—¿Qué tal ha sido volver a vivir en el campo?

—Crecí en el campo con mi abuela, en San Bernardo, al lado de Santiago. Ve­nir a vivir acá fue un reencuentro con mi esencia, de donde yo vengo. Con Janeth hemos tenido la experiencia más exqui­sita, rodeados de todos esos animales, de todas esas aves. Mientras estoy hablando contigo están saltando las ardillas, hace un rato vino una guatusa con sus dos crías.

—Están en la vanguardia porque, con la pandemia, la tendencia mundial es salir de las ciudades, que son focos de infección, y buscar casas en el campo. ¿Se ha visto eso por ahí?

—Absolutamente. Tanto así que no­sotros nos hemos convertido en agentes de bienes raíces del valle de Tandayapa. Muchos quiteños están viniendo a com­prar acá.

—¿Ese es un hot spot de colibríes y otras aves?

—El valle es considerado por las re­vistas especializadas en ornitología como parte de los diez lugares más importantes para avistamiento de aves en el mundo, tanto por su variedad como por la canti­dad de especímenes.

—¿Te queda cuerda todavía para irte otra vez en un viaje largo?

—¡Definitivamente! Estamos querien­do ir a Japón como voluntarios en alguna finca dedicada a la agricultura, para cono­cer la cultura japonesa y las técnicas de cul­tivo de algunos productos que nos puedan servir para cultivarlos acá también.

—Todo gran viajero suele ser desde niño un gran lector. ¿Qué libros de la in­fancia te hicieron soñar en viajar?

—Mi padre me facilitó en la infancia todos los libros de Julio Verne y de Emilio Salgari, empezando por El corsario negro. Y varias de las historias de Las mil y una noches, como “Los viajes de Simbad, el marino”.

—¿Qué sentías cuando leías eso?

—Las ganas de viajar. Lo único que quería era ir a conocer lo que me descri­bían. Me parecía casi imposible que exis­tieran esos lugares hasta que pude viajar y comprobar que era cierto.

—¿Qué autores prefieres ahora, ade­más de tu paisano Bolaño?

—He vuelto a los clásicos: he estado leyendo a Miguel de Cervantes, a Chéjov, a Herman Melville. Gógol me vuelve loco.

—Para terminar, ¿sigues con el proyec­to de escribir ficción o sería mejor una me­moria de los viajes y aventuras con pelos y señales?

—Estoy empeñado en terminar mi libro de cuentos Amores en la Tierra: son catorce recopilaciones en varias partes del mundo, donde también están los viajes, indudablemente.

—Indudablemente.

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