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“Reinventarse” más que una palabra de moda.

por Leisa Sánchez

Por Gabriela Paz y Miño.

Ilustraciones: Shutterstock.

Edición 460 - septiembre 2020.

El golpe económico de la pandemia pone a prueba a miles de hogares en el mundo. En el Ecuador, mucha gente ha perdido su trabajo o su empresa y debe empezar de cero, con emprendimientos modestos o sueños mayores. Daniela, Stephany, Paulina, Gabriela, Soledad son cinco de esos nombres, para quienes “reinventarse” es más que una palabra de moda.

Los anuncios en las redes sociales fueron el primer síntoma. De ser espacios de charlas, confesiones, consejos y bromas, pasaron a ser una cartelera de ofertas de nuevos productos y servicios.

Empanadas, canastas de productos básicos, verduras orgánicas, artesanías, pasteles; cebiches, pan de yuca, infusiones, mermeladas, humus o granola caseros; geles, guantes, mascarillas y hasta un discreto anuncio de vibradores. Cursos vacacionales, servicios de courier, asesoramiento en elaboración de CV, reparación de relojes, yoga o coaching virtual, clases de guitarra, alquiler de habitaciones. Textos como “Chicas, me despidieron y comencé a hacer empanadas”, “Mi madre está reactivando su negocio” o “Hay cosas en la vida que nunca imaginamos que iban a pasar…”.

Las redes se convirtieron en el termómetro del golpe económico de la crisis de la covid-19 en nuestro país. Una realidad que cambió, en semanas, la situación de muchas familias.

12 de junio del año del coronavirus, el ministro de Trabajo, Luis Poveda, declaró que en el Ecuador se han producido 173 mil “desvinculaciones”, por causa de la pandemia. Días antes, el Servicio de Rentas Internas publicó un dato demoledor: solo en abril, las ventas del sector privado cayeron en 45 %. Si se cuenta desde marzo, la cifra asciende a 6 271 millones de dólares. Los más perjudicados están en Quito (45 %) y Guayaquil (32 %).

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La Cámara de Comercio de Quito (CCQ) suma otra mala noticia: entre marzo y mayo, doscientos mil empleados en relación de dependencia dejan de aportar al Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social. Tras un estudio conjunto con la Universidad de Las Américas, en un universo de 2 676 entrevistados (jefes de familia de clase media), la CCQ concluye que el 77,2 % de las familias asegura que sus ingresos han disminuido “considerablemente”. En el 26 % de estos hogares, al menos un miembro ha perdido su empleo, y en el 12,5 % de los casos, los ingresos habituales se han reducido entre 51 y 80 %. Así, una familia que vivía con 800 dólares mensuales ahora lo hace con 172.

Las otras cifras, las más dolorosas: las de las muertes y contagios, también golpean muchos hogares, mientras martillan la cabeza de esos miles de ciudadanos que hacen malabares para conseguir ingresos esquivando como pueden la muerte y la ineptitud oficial.

¿Qué están haciendo esos hombres y mujeres para sobrevivir? ¿Cómo se están reinventando? Y para usar otra palabra de moda: ¿cómo están usando su capacidad de resiliencia?

Daniela, Stephany, Paulina, Gabriela, Soledad. Cinco mujeres, cuatro en el Ecuador y una fuera de las fronteras, responden esta pregunta. En sus casas, los tecnicismos y los datos oficiales se convirtieron en necesidades reales. Ellas decidieron darle la vuelta a la historia, rebuscando entre sus propios talentos y posibilidades. Y encontraron un camino.

DANIELA HEREDIA: COACH - ESTILISTA / ESTILISTA – COACH

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La llamada la hacen siempre las mujeres, aunque el servicio no sea para ellas. “¿Tendrás un ratito para cortarle el pelo a mi marido y a mis hijos?”. Daniela Heredia, coach ontológica, estilista y maquilladora, no se sorprende. “Somos nosotras las que, en la mayoría de los casos, llevamos el peso del funcionamiento de las casas, y en este confinamiento han sido las mujeres quienes han sentido que esas casas se les venían encima”.

Quiteña, de 44 años, madre de dos hijos, de diecisiete y catorce años, Daniela encarna una de esas fusiones perfectas e inesperadas, entre oficio y vocación. ¿Puede haber algo más adecuado que alguien que, mientras trabaja por dejarte linda (o lindo), por fuera, emplee también sus conocimientos para escucharte con atención y devolverte en un espejo real y metafórico la mejor versión de ti mismo? ¡Y a domicilio!

Eso es lo que hace esta profesional que, cuando empezó el confinamiento, sintió que perdía el horizonte. “Me quedé en mi casa, en Cumbayá, sin saber cuánto tiempo iba a durar”, explica la jefa de familia, que había dejado la peluquería en un segundo plano, antes de la pandemia, para priorizar su formación y trabajo como coach. El encierro general cambió ese orden. La razón: las raíces de las canas empezaron a notarse en muchas cabezas, las patillas crecieron, las puntas del pelo mostraban horquillas, los estilos personales fueron reemplazados por un despeine generalizado (y confinado). La gente tomó decisiones equivocadas. “Se cortaban el pelo con tutoriales de YouTube”, cuenta Daniela. Los resultados originaron esas primeras llamadas de auxilio.

Daniela, que además es voluntaria en el centro de jóvenes infractores, se puso manos a la obra, adaptándose a la llamada “nueva normalidad”. Con medidas de bioseguridad (doble mascarilla, visor, gafas, protección para el pelo, cambio de ropa, desinfección previa de sus materiales de trabajo), reforzó su servicio. Las puertas de las casas las abrían generalmente madres desbordadas. “Me recibían disculpándose por el aspecto de su casa o por su propia imagen. En el caso de los hombres, estaban más preocupados por su imagen profesional. Algunos empezaron a apagar sus cámaras en la reuniones”.

Además de ser un ingreso más que oportuno, le permitió hacer un registro (¿qué mejor para una coach?) de los estados de ánimo que ha experimentado la gente en esta crisis. “Empezaron todos muy disciplinados, pero poco a poco la gente fue sintiendo angustia y estados de depresión”.

La pandemia fue para Daniela la constatación de que las cargas siguen repartiéndose de forma poco equitativa y que la asignación de roles no ha cambiado. Pero también la oportunidad “sin aconsejar, solo guiando la conversación, para que la gente encuentre sus propias respuestas”.

STEPHANY MURGUEYTIO: DISEÑADORA / EXPERTA EN DESINFECCIÓN

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La primera vez que esta diseñadora gráfica y de joyas tuvo que “reinventarse” fue a los doce años. Su padre, que trabajaba como administrador en una fábrica de maquinarias, fue despedido. “Era en los años de la crisis en el Ecuador. Mucha gente emigraba. Mi padre nos sentó en una mesa a mi hermano, a mi madre y a mí, y nos dijo: ‘aunque tengamos que comer una lata de atún, vamos a salir de esto juntos’”.

Su familia se organizó como una colmena. “Mi madre tenía un taller de cerámica y nos dedicamos a dar cursos y talleres. Yo cocinaba y les avisaba a mis papás, para que subieran a comer. Todos ayudábamos en el taller y luego yo hacía deberes”.

Una Stephany más madura enfrentó la segunda crisis. Fue en la presidencia de Lucio Gutiérrez. “Abrieron la puerta a los productos chinos y se acabó nuestro negocio”. Siguió el consejo de su padre: “Hay que tener una profesión y un oficio. Nunca sabes de cuál vas a vivir”.

La profesión de Stephany (diseñadora gráfica) le abrió las puertas a un oficio que le apasiona: el diseño de joyas. Junto con su madre, desarrolló una línea de piezas que hasta ahora vendían con éxito en la isla que alquilan en un centro comercial al norte de Quito.

La pandemia ha sido la oportunidad para la tercera reinvención, a sus 36 años. “Comprar joyas ahora es un lujo. Hay que saber tomar decisiones y cambiar”. Como en eso ella es experta, el nuevo giro de negocio familiar la ha llevado al mundo de los productos de desinfección. De ellos, Stephany habla con la misma pasión que aplica a su profesión y a sus “mil oficios”. Describe su calidad biodegradable, sus formas de aplicación, sus propiedades y beneficios. Conoce cada producto al dedillo. Mientras atiende en el centro comercial, promociona esta nueva línea en redes.

Esa es la Stephany que se reinventa otra vez, con sus padres y ahora su tía, una operadora de turismo a quien la pandemia también dejó sin ingresos. “No todo el mundo ha descubierto sus talentos o habilidades. No todos saben transformar algo negativo en una oportunidad”.

SOLEDAD VILLA: MASCARILLAS DE ALTA COSTURA

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En febrero de este año, Soledad Villa, diseñadora nacida en Azuay y residente en Madrid, se preparaba para un evento importante para su carrera: la participación en el World Vision Fashion Show.

Después de veintidós años de lucha por abrirse paso en España y cuando su nombre y su línea de diseño por fin empezaban a conocerse, llegó la pandemia. Durante la primera semana de confinamiento le cancelaron todos los pedidos para eventos sociales. Los maniquíes se quedaron con las pruebas; en algunos casos devolvió los modelos, en otros acordó con el cliente, esperar “hasta que esto pase”. La crisis echó por tierra una inversión de cinco mil euros, cifra importante para su pequeño negocio.

“Quería contagiarme y morirme. Tenía 150 euros en la caja, cuando cerramos de un día para el otro; no nos alcanzaba ni para las compras”. Las facturas de servicios y alquiler, los sueldos de cinco personas (incluidos ella y su esposo), los pagos por materiales no se quedaron congelados, como sí se quedó el mundo. “Se me cayó todo”, dice Villa, de 42 años.

La luz empezó a verse pocos días después. “Una amiga que trabajaba en una residencia de ancianos me llamó para pedirme mascarillas para ella y sus compañeras porque no podían conseguirlas”. Cosió esas mascarillas con el mismo esmero con que traza sus diseños; con la misma tenacidad con la que llegó a este país, soñando con estudiar moda y estrellándose con una realidad que la obligó a trabajar en otros oficios. El producto gustó y fue útil. Llegó un segundo pedido. La demanda aumentaba y la diseñadora se animó a poner un cartel en la puerta de su taller cerrado. “Los vecinos me hicieron pedidos y me ayudaron a promocionarme. Si alguien tenía una peluquería, lo comentaba allí; si era en una tienda, igual”.

Con las telas de algodón americano que ella vende en su taller, diseñó mascarillas: primero las más básicas y después aquellas con diseños personalizados. “Me llegaron pedidos desde Málaga, Granada, Cádiz, Toledo. Ahora hago hasta 180 mascarillas al día. Se juntan amigos, vecinos, compañeros de trabajo y me piden diez, veinte, treinta. Han vuelto a trabajar todos mis empleados”.

Soledad aclara que son mascarillas de diseño, con doble filtro lavable. “Te protegen, pero no son quirúrgicas”. Las vende a cinco euros (las llanas) y a nueve las que llevan “algún caprichito”. Con la producción, ha podido esquivar los despidos, pagar el alquiler e incluso “igualar lo que hubiese ganado con los eventos”.

El sueño de volver a las pasarelas con sus diseños deberá esperar. Por lo pronto, se ha dado el lujo de hacer mascarillas a juego con bolsos o con uniformes de trabajo.

PAULINA GUERRERO: LA MAESTRA QUE COCINA ANTOJITOS

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Paulina tiene una vocación clarísima: es maestra. Habla de sus niños y piensa en ellos, en todo lo que hace. Esta pandemia ha significado un doble reto para esta riobambeña, de 48 años, residente en Quito. El primero: lograr que sus alumnos, niños de uno o dos años, se concentren en una clase virtual y, además, la disfruten. El segundo: enfrentar un fuerte bajón económico en su hogar.

Su salario fue reducido en 50 %. El trabajo de su esposo, quien tiene una empresa de desarrollo de sistemas inteligentes para negocios, sintió una caída en la demanda y retrasos en los pagos. “Tenemos que cubrir alimentación, facturas, educación de nuestras dos hijas, de trece y diecinueve años. En el colegio nos hicieron un descuento del 8 %, pero en la universidad, nada”.

Renegociar deudas no fue una solución para la falta de ingresos inmediatos. Fue entonces que Paulina dio un golpe de timón. “En los momentos complejos surgen las mejores ideas. No puedes esperar sentado “una oportunidad, debes buscarla”.

Paulina la encontró dentro de sí misma. “Había creado una marca para el material de juego, con el que quería apoyar a las madres y padres que ahora pasan mucho tiempo con sus hijos. Pero me di cuenta de que no es el momento de comprar materiales o juguetes, así que pensé que otra forma de llegar a mis niños era por medio de la alimentación. Los sabores y los aromas construyen los recuerdos de nuestra infancia”.

Así, la marca Bola La amplió su oferta gastronómica. Paulina los llama “antojitos”. Cada semana prepara uno: empanadas de verde con pollo, bolones con chicharrón, humitas, quimbolitos, torta de maqueño, pastel de zanahoria, postres… Disparada la creatividad, la línea empezó a crecer. “Ofrezco mis productos en redes sociales. Al principio no ponía fotos y casi no había pedidos. Después empecé a poner imágenes y la gente comenzó a llamarme”.

 Paulina ya ha pensado en el siguiente plan: “La gente volverá a las oficinas, pero muchos no querrán ir a comer por ahí, por el riesgo de contagio”. Entonces, ella estará lista para entregar sus menús ejecutivos.

GABRIELA BORJA: DE LOS LIBROS A LAS BOLSAS DE COMPRA

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Fue una de las personas que lo tuvo claro desde el principio: la pandemia era grave, duraría mucho e iba a obligar a la gente a buscar otras formas de sobrevivir.

Entonces, como la mujer previsora y organizada que es —básico para una bibliotecóloga, con titulación adicional de paramédica—, se adelantó. Antes de que el Gobierno declarara el Estado de Excepción y ordenara el confinamiento, Gabriela, de 37 años, graduada en la UNAM (México), decidió que sus dos hijos no saldrían más y extremó las precauciones en casa, pues su marido siguió trabajando unos días más de forma presencial.

“Cuando anunciaron los recortes de sueldos en el trabajo de mi esposo, supe que necesitaríamos otra fuente de ingresos. Decidí aplicar todo lo que había aprendido en cuanto a organización, coordinación, meticulosidad, al trabajar como bibliotecóloga, para ofrecer un servicio de compras durante el confinamiento”.

Las primeras clientas fueron unas vecinas de la tercera edad. Enseguida se anunció en redes. Desde marzo inició la rutina de dedicar todas las mañanas a hacer compras por encargo, intentando que fuera “una experiencia similar a la que cada persona tiene cuando compra”. Eso se traduce en elegir cada producto con cuidado, buscar promociones, comparar precios... Divide las compras por colores de bolsas. Solo una vez equivocó las entregas: la funda de carnes para una clienta vegetariana y la de verduras para una carnívora. El incidente terminó en risas de las tres.

Con un conductor único, “que todos los días pasa su carro por el túnel de desinfección”, ahora Gabriela sale tres veces por semana con la lista de dos hogares. Comenzó su servicio en los valles alrededor de Quito, con pedidos que primero eran de cuatrocientos o quinientos dólares. Incluían lomos finos, chuletas ahumadas, productos orgánicos, golosinas. Con el paso de las semanas, algunas de esas listas bajaron a la mitad y reemplazaron las carnes finas por carne molida o atún... Ahora Gabriela ha ampliado su servicio a otros barrios, del norte y centro norte. Las listas, en esos casos, son más “magras”.

Las medidas de bioseguridad que toma incluyen el uso de mascarillas, guantes, gorro, protectores de zapatos, alcohol en sus manos, en las compras, en las bolsas, en el carrito, en la banda móvil de las cajas del supermercado, en las manos de los empacadores... A eso hay que añadir las dos duchas que se da, antes de salir y al llegar, el cambio de ropa, la desinfección de las prendas. “Me toma dos o tres horas cada día”.

Ahora que baja la demanda, ella ha empezado a distribuir mariscos a domicilio y dos empresas grandes la han llamado para que entregue sus productos. Su vocación por los libros quedó aparcada. “Mi hijo menor tiene síndrome de Asperger. Quiero estar con él para acompañarlo en la aventura de la vida”.

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Acerca de Leisa Sánchez

Su gran motivación e interés periodístico son los temas históricos y culturales.
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