Reflexiones de una madre “añosa”
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Reflexiones de una madre “añosa”

Ser mamá después de los 40: una opción cada vez más frecuente.

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Por Gabriela Paz y Miño

Fotografía: Carlos Pozo

Los hijos de mis amigas posan sonrientes y espléndidos, mientras levantan copas obtenidas en campeonatos de fútbol, rasgan guitarras eléctricas en conciertos de colegio, abrazan a sus compañeros en fiestas de graduación, o afinan sus gestos para las clásicas selfies.

Las hijas de mis amigas publican sus estados en FB: audaces saltos desde altísimos puentes, anuncios de viajes por becas, actualizaciones de estado sentimental o imágenes de galanes que protagonizan series de vampiros.

Algunos de esos chicos y chicas han superado los dieciocho años. Otros son la versión adolescente de esos niños que alguna vez —muchos años ha— mis amigas cargaban en brazos y amamantaban con paciencia y ternura.

En esas fotos familiares, estas madres —mujeres que, como yo, ya rebasaron la temida línea roja de los 40— se ven muy bien, con sus orgullosas sonrisas y con cada parte del cuerpo en su lugar (algunas naturalmente, otras gracias a cirugías no confesadas).

Desde este lado de la pantalla del computador, yo las miro, mientras reprimo por unos segundos mis ganas de levantarme pesadamente para ir al baño por enésima vez. Tengo 41 años y nueve meses de gestación, con todo lo que eso implica para un cuerpo que ya no puede ser calificado precisamente como joven. En una semana, dice mi médico, seré madre por segunda ocasión. La primera fue a los 36, edad muy avanzada para ser mamá primeriza. Entonces vino al mundo mi hijo Arnau. Y en ese embarazo escuché, por primera vez, el dudoso calificativo de “madre añosa”.

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“Oiga, pero usted sí que ha disfrutado bien la vida antes de tener hijos, ¿no?”. La frase me toma por sorpresa. En el tono del enfermero que me pregunta mi edad para llenar mi ficha médica, hay una delgada línea que separa la confianza del sarcasmo.

No es la primera reacción ambigua que produce en gente desconocida (y también en otra muy cercana) el ver mi barriga de grávida de 40 y más. Me sucede algo parecido con el familiar que me dice: “Ya que te metiste en esto habrá que apoyarte”. Y con la empleada del laboratorio en el que me hacen la prueba de la glucosa, a los seis meses de embarazo. “Ah, perdone, no pensé que estaba encinta”, se justifica. “Es que no parecería”.

¿En serio? ¿No parecería? ¿Con esta enorme barriga? Quizás es por mi rostro. Un rostro con líneas de expresión y sin ese candoroso destello de ingenuidad e ilusión que reluce en los ojos de las jovencitas embarazadas que aparecen en las fotografías publicitarias. O por mi cuerpo: el cuerpo de una mujer que ya ha pasado por un embarazo y que, en este segundo, acumula, en los sitios menos pertinentes, esos kilos que ya no se van en pocas semanas de dieta.

Incluso percibo una mezcla de sorpresa y hasta cierto tono de reproche en mi ginecólogo de confianza, cuando acudo a su consulta y le informo que seré madre otra vez. La expresión de sus ojos es clara, pero la corrige a los pocos segundos para explicarme —de nuevo— los riesgos de tener hijos a edad madura. Mayor posibilidad de síndrome de Down, mayor probabilidad de diabetes gestacional, mayor peligro de aborto espontáneo o autismo, posible hipertensión arterial, amenazas de preclamsia… y un temible y largo etcétera.

Es cierto: los cánones sociales y médicos establecen que la maternidad después de los 40 ya no es una situación ideal. Estoy consciente de ello. Mi segundo embarazo llega en la etapa de la vida en que la mayoría de mujeres que conozco “ha cerrado la fábrica”, tras completar la cuota de hijos que quisieron traer al mundo. Una edad en que la gente se ha establecido y ha logrado ascensos o planea su siguiente viaje de vacaciones “sin guaguas”. En la que las vecinas y amigas sudan en los gimnasios para recuperar la figura que yo pierdo día a día. En fin, una etapa en que mis contemporáneos se desvelan por las hipotecas, las broncas con sus hijos adolescentes o las crisis de la edad adulta. No por cambiar pañales o sacar los gases a un bebé.

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El 21 de mayo de 2013, cuando tenía 46 años de edad, y después de dos intentos previos, la montañista Paulina Aulestia se convirtió en la primera mujer ecuatoriana en llegar a la cumbre del Everest, la más alta del mundo.

El 9 de agosto de 2014, a los 47 años de edad y después de haberlo pospuesto por muchos años, esta deportista de élite y abogada con dos especializaciones, alcanzó lo que describe como “su cumbre más importante”: se convirtió en mamá de Luciana, su primera hija.

Entre uno y otro logro se produjo en ella una evolución espiritual, emocional y profesional importante que la llevó a ser lo que es ahora: una madre primeriza, de casi 50 años, madura, feliz y realizada.

Paulina se graduó primero como abogada y ejerció su profesión. Lo hizo mientras el montañismo, que era un hobby desde los 14 años, se transformaba en algo serio cuando recibió la propuesta de ser la primera ecuatoriana en alcanzar la cima del Everest.

“Pertenecí a la primera excursión ecuatoriana a esta montaña, conformada por tres hombres y una mujer. Siempre tuve la ilusión de ir a los Himalayas y se me presentó la oportunidad. En 2006 fui al Everest, pero no llegué a la cumbre. Estuve muy cerca, a 8 000 metros”. Tenía 36 años.

Era una temporada en que esta mujer, de cuerpo menudo, rostro anguloso y voluntad a prueba de bala, estaba llena de planes. Y aunque recuerda haber escuchado en su interior esa “vocecita” que le pedía ser mamá, sabía que aún no era el momento. Mientras este llegaba, Paulina se planteó un reto enorme: el proyecto de escalar las siete cumbres más altas del mundo. “Sentía con claridad el llamado de la montaña”. Un llamado que le hizo aplazar, por un tiempo más, la idea de tener hijos.

Como parte de ese proyecto deportivo, Paulina volvió al Everest en 2006, pero tampoco alcanzó la cumbre. Esta vez estuvo a 8 600 metros de altura. “Me faltó muy poco, pero lo tomé con mayor madurez. La primera vez no encontraba consuelo, pero en esta segunda ocasión entendí que me faltaba algo. No era una cuestión física, sentía que debía estar más completa como ser humano”.

Su preparación para el tercer intento se basó en un trabajo espiritual, gracias al cual empezó a identificar con mayor claridad que, además de sus metas deportivas y académicas (obtuvo dos títulos de especialización de Género y Desarrollo, en la Flacso y de Derecho Procesal, en la Universidad Andina), había un deseo profundo en ella: ser madre. “Era algo latente. Lo postergaba porque no encontraba a la persona adecuada para ser el padre de mi hijo y compartir juntos esa experiencia, afectivamente sentirme llena”.

Por supuesto, en todos esos años, sintió la presión social, expresada en los interminables cuándos: cuándo te casas, cuándo tendrás hijos, cuándo te asentarás. O en los refranes populares, llenos de malos augurios, que muchas hemos oído: se te pasará el tren, se te quemará el arroz, te quedarás para vestir santos.

Nada de eso la distrajo de sus metas. “Comencé a liberarme de todo eso, y, por otro lado, a dejar de lado la vanidad, el egocentrismo, cierto sentido de heroicidad al plantearme mi tercera subida al Everest. A la vez, sin saberlo, me estaba preparando para ser madre. Siempre ponía luz a mi útero. Pedía que se mantuviera sano y perfecto, para cuando llegara mi momento de dar vida”.

En 2013, “en comunión con Dios”, llegó a la cumbre. En 2014, junto a su esposo, Diego Valencia, con quien se casó en 2009, recibió a Luciana, el “gran regalo de la vida”. Y también el esfuerzo más demandante que ha realizado Paulina. Sí, el más demandante, aun para esta mujer que alcanzó a la cima más alta del mundo al tercer intento. “En el Everest fueron dos meses de expedición. Entrené para todo el proyecto por más de siete años. Fue muy duro… pero con un hijo es más, pues trabajas veinticuatro horas al día, no duermes, te duele el cuerpo o lo que sea, pero no puedes parar”.

Para la preparación de su parto, su ginecólogo le planteó un ejercicio que resultó efectivo. “Comparábamos el proceso con el entrenamiento para una cumbre; él me decía: ahora es como estar en el campo base, ahora es como atacar la cima. Por mi edad, llegar a la cumbre, no podría arriesgar nada. Todo un reto y lo logré”.

Ahora, dedicada por completo al cuidado de su hija, Paulina se toma con humor el hecho de que más de una de sus amigas contemporáneas ya sea abuela. “Eso ocurre en nuestra sociedad, pero mis amigas alemanas, europeas, de mi misma edad, están cambiando pañales, igual que yo”.

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“Aquí serías una más”, me dice por chat una querida amiga ecuatoriana que vive en Madrid. Científica devenida por la crisis española en una versión temporal de “ama de casa desesperada”, no tiene hijos. Tampoco los quiere. Es más: forma parte de ese grupo de mujeres que milita por la antimaternidad, desde una posición de cierta superioridad intelectual (no importa, igual la quiero, es mi amiga).

Por eso, mi decisión de ser madre por segunda vez, a los 41 años, le toma por sorpresa. Ella, que hace poco me hablaba de los beneficios de poder tener cenas o charlas con otros adultos sin las molestas interrupciones que causan los niños; o de la posibilidad de disfrutar de un viaje solo con tu pareja, no comprende que a esta edad me vuelva a meter en estos líos. Pero es mi amiga (ya lo dije) e intenta animarme cuando le hablo de lo extraña que me siento ante cada reacción frente a mi embarazo “añoso”. “Vente, que acá serías una más”, me repite. Y tiene razón.

Razón que respaldan los datos. En el Ecuador, la tasa de embarazo adolescente es alarmante: el país es el segundo con el promedio más alto de América Latina, después de Venezuela. Cinco de cada diez adolescentes son padres y dos de cada diez partos son de chicas de entre doce y diecinueve años (tristemente, en muchos casos, como resultado de una violación).

Mientras tanto, en la Unión Europea, la edad promedio de las mujeres que deciden ser madres por primera vez supera los treinta años. En Suiza, por ejemplo, el promedio es de 31,7 años. Y en España es de 31,3 años. Alemania, Reino Unido, Italia, Austria, Grecia exhiben medidas similares.

Sin embargo, aunque minoría en las estadísticas, resulta que las mamás “añosas” somos cada vez más, también en el Ecuador. Francisco López, ginecólogo del Hospital Metropolitano, las ve aparecer, cada vez con más frecuencia en su consultorio. Llegan con las mismas expectativas, emociones y dudas, aunque, en la mayoría de casos, más cansadas y con más temores que las madres jóvenes.

“En general, son mujeres con un nivel de instrucción más alto o con mayores expectativas respecto a su vida profesional, quienes posponen la decisión”.

El hecho de no tener una relación estable con la que se sientan a gusto para compartir esta experiencia, la frecuencia de viajes por trabajo, los horarios demandantes, la priorización de sus carreras, o simplemente la opción de esperar, por no considerar la maternidad como una urgencia en sus vidas: varias son las causas de esta postergación.

El ginecólogo no está de acuerdo con el término “madres añosas”. Lo encuentra despectivo. Pero concede en que, a cierta edad, hay condiciones objetivas como un ciclo hormonal más corto o déficits de progesterona o de reservas alimentarias, que no son iguales a las de una mujer más joven. Aun así, sostiene que un embarazo en una mujer de edad madura no es “necesariamente” de alto riesgo. Y no implica obligatoriamente una cesárea, como sugieren muchos médicos. “Estos son embarazos que requieren más cuidado, y acompañamiento psicológico también por parte de los médicos”, dice López.

Existe también un grupo importante de mujeres que después de varios intentos, llegan a tener su primer hijo a los 35 o 40 años, por problemas de infertilidad. Y hay algo más: “Esta es una edad de muchas rupturas. Hay mujeres que se casaron muy jóvenes. A los 40 años tienen nuevos encuentros y surgen los deseos de maternidad”.

Esto último que dice hace clic en mi interior. Yo soy una de ellas. Pero también una de aquellas que viajó, priorizó su carrera y sus vivencias personales. O, que simplemente, no consideró a la maternidad como una opción hasta los 36 años (en algún momento, no la consideré siquiera una posibilidad). Ahora, a los 41, es una hermosa aunque abrumadora experiencia que copa mis días y pensamientos.

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Por el piso alfombrado, corretean todavía algunos niños. Sus mamás —mujeres descalzas, ataviadas con mamelucos, prendas flojas y coloridas: “ropa de hippie”, diría mi madre—, terminan una nueva reunión del grupo Regazo. Casa de la Madre. Preparan a sus bebés para salir, con actitud relajada y el mismo aire sereno que flota en todo este segundo piso de lo que fuera hasta hace poco la Clínica Puerta a la Vida.

Samantha Cevallos es psicóloga y fundadora de este grupo con sede en Quito, en el que mujeres de todas las edades se reúnen semanalmente para compartir sus alegrías, miedos, temores, preguntas y retos como madres. Ese día, a la salida de la reunión, ayuda a una de las mujeres quien coloca una crema en la carita de su pequeño. El niño, de unos dos años, acaba de caerse en las gradas y su madre lo sostiene nerviosa. “Ves, esto es mágico”, le dice Cevallos con una sonrisa. Con sus palabras, la arropa y la calma.

Ella acompaña los partos de las mujeres que se lo piden, apoya física y emocionalmente a otras, durante el embarazo y el parto. En su caso, generalmente, asiste los partos atendidos por su esposo, Francisco López. Entre otras cosas, explica a las mujeres los procesos físicos y psicológicos, las tranquiliza, les enseña a respirar y a relajarse, las alienta y las orienta en los aspectos que suelen inquietar a las nuevas madres. Temas tan diversos como exploración sensorial, masajes para bebés, yoga, escultura, preparación para el nacimiento, relaciones de pareja después del nacimiento, etc., se tratan en ese espacio.

Cevallos se resiste a pensar que las madres maduras vivan la maternidad de manera tan distinta a las jóvenes. “Pero sí creo que hay una mayor conciencia de lo que significa ser mamá cuando se ha pasado los treinta”. La razón: entre otras cosas, una mujer adulta está consciente de que su embarazo puede ser una oportunidad única. Por eso, extrema los cuidados, la alimentación, la preparación del parto. “Pero todas vivimos sensaciones similares”. Eso sí, Cevallos está clara en que la decisión de posponer la maternidad está circunscrita más bien a cierto grupo socioeconómico en que esa posibilidad es una opción real. “En otros estratos, lastimosamente, las mujeres no eligen”.

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Yo elegí. Como resultado de esa elección, dentro de una semana —a tres meses de cumplir mis 42 “bien vividos”, como dijo el enfermero confianzudo— nacerá mi segundo hijo, Ariel. En este cansancio, en los dolores que, cuando llegue la hora, crecerán como olas, recorriendo mi cadera, mi pelvis y mi espalda, y poniendo a prueba la resistencia de mis huesos y de mi espíritu; en el insomnio, en los sueños y pesadillas; en la ilusión, en el mal genio, en las dudas y las certezas: en todo eso, estoy segura de que me igualaré con las futuras madres de cualquier edad y de cualquier lugar.

Si me pongo más ligera, confesaré que, gracias al inefable Google, me he enterado de que esta tendencia ha atrapado a celebridades como Cher, Madona o Susan Sarandon, quienes tuvieron sus hijos después de los 40. Por otra parte, ciertas estadísticas (poco confiables, es cierto) muestran que, entre las mujeres que llegaron a cumplir 100 años, había cuatro veces más casos de maternidad después de los 40. Y, durante este forzado reposo de los últimos días, leo también que “lo que la madre añosa pierde en ímpetu, lo gana en estabilidad y serenidad”.

Tengo claro que a esta altura yo no seré una celebridad. Tampoco me interesa cumplir 100 años. ¿Estable y serena? No creo que llegue a serlo nunca. Mis pretensiones son bastante más modestas: me conmueve ver la ilusión de cierto futuro hermano mayor, ese niño ingenioso y tierno, que de pronto quiere aprender a hacer todo por sí solo. Me ilusiona comprobar eso de que “ser madre por segunda vez es entender que puedes enamorarte de nuevo”. Me interesa averiguar cómo resolveré mis propias dudas sobre el tiempo, sobre mis proyecciones como persona y profesional, sobre mis capacidades y limitaciones.

Y, por último, me entusiasma experimentar de la mejor manera que posible, con mi cuerpo de 41 años y mi alma sin edad conocida, este segundo y maravilloso llamado de la vida.

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