Polarizados, cuando la diversidad del mundo se reduce a dos verdades

Decía, el otro día, el periodista Fabricio Vela, en un tuit que tuvo más de dos mil reacciones:

“Aviso parroquial para fanáticos:

—Criticar el desastre que estamos viviendo no nos hace ‘correístas’.

—Destacar los aciertos que pueda tener el Gobierno no nos hace ‘lassistas’

(…)”.

Las redes sociales agudizan la polarización.
Fotografía: Shutterstock

A eso básicamente nos referimos cuando hablamos de polarización en la sociedad, un fenómeno o estado en el que lo que piensan las mayorías, o al menos las mayorías que pueden y se atreven a expresarse libre y públicamente, se fractura en solo dos fracciones, a un mundo reducido a dualidades ideológicas, en blanco y negro, sin matices, donde no hay cabida para medias tintas, cero tibiezas, nada de “a veces sí y otras no”, a un tribalismo digital en plan “si no estás con nosotros, estás en contra”, que se desborda sobre todo, últimamente, desde millones de pequeñas pantallas y afecta a los temas importantes, y otros no tanto, que son de interés en una sociedad.

Y esa forma de extremismo, en la que los centros parecen cada vez más chicos y las esquinas más habitadas, se vive no únicamente en la política, aunque es más común en esos barrios y con respecto a otros tópicos controversiales que dan pie, por no decir puño o patada en la sien, a polos antagónicos que se atraen, sí, pero para pelear, creando un entorno de comunicación casi pugilístico, cuyos conflictos sociales da la impresión de que intentan ser “resueltos” por grupos ideológicos que se asumen, en tantos casos, como dueños de una verdad que no deja espacio para la duda ni para las verdades de otros.

El país de la libertad es curiosamente uno de los que, al menos desde el siglo XIX, ha estado fuertemente polarizado entre los partidos Demócrata y Republicano, y, aunque se trata de una división histórica, basta ver el mapa electoral que pintaban de rojo y azul los medios y replicaban las redes sociales en los últimos comicios presidenciales de Estados Unidos, para entender cómo han crecido ambos polos en ese país.

No ha faltado tampoco quien peyorativa o sarcásticamente ha hablado de “borregos” versus “lassies” para referirse a un escenario político polarizado en el Ecuador. Similar situación se vivió en las elecciones de Chile, que terminaron con el triunfo del candidato de izquierda Gabriel Boric sobre el de derecha José Antonio Kast, y en Francia con el centrista, o de una derecha moderada, digamos, Emmanuel Macron, y la representante de la derecha-derecha Marine Le Pen. También en Argentina, Colombia, México, España, por nombrar algunos países en los que, si bien funcionan como democracias, está en boca de muchos esa palabra en más de un sentido odiosa, la polarización.

Una teoría de los extremos

La verdad es que, si esto último existe, así, en singular, esta historia empezó mucho tiempo atrás. Desde que el ser humano es ser humano, hemos sido gregarios, entre otras razones, por conveniencia. Porque aprendimos que al integrarnos a un grupo, tribu o comunidad no solo somos más fuertes y prosperamos, sino que tenemos más posibilidades de supervivencia.

Y nos gusta sentir que contribuimos con la tribu, ser aceptados, y cuando llega el momento incluso la defendemos, para lo que ponemos en marcha una noción de justicia grupal que no siempre se corresponde con una noción de justicia que aplica para las demás tribus o, si se quiere, para todos.

Lo dice, en su libro La mente de los justos, el psicólogo social Jonathan Haidt. La mente humana y nuestra moral responden favorablemente, por los motivos expuestos, a la polarización, aunque en ocasiones nuestras posiciones se conflictúen con, por ejemplo, los derechos humanos de otros o la democracia que, se supone, fomenta el pluralismo y el bien común.

La mente de los justos explora la naturaleza e historia humana desde el punto de vista de la psicología moral, centrando su pionera investigación en los orígenes de la moralidad y las razones por las que las personas están divididas por la política y la religión.

Pero, ya que las personas no somos solo adaptación evolutiva, sino además cultura, Haidt aporta a su argumento que las más de las veces, y en función de una similar “configuración” mental, actuamos de manera intuitiva y el razonamiento viene después.

Es decir que la polarización, como tantas otras cosas, tampoco es una creación original de Internet y las plataformas sociales. Aunque gracias a la web interactiva que posibilitaron en las últimas décadas, ahora sí, estas plataformas, los blogs y las wikis, se ha agudizado.

Un estudio publicado en 2015 confirma el impacto de la calidad de Internet en la polarización política. En La audiencia hostil: el efecto del acceso a Internet de banda ancha en el efecto partidista se muestra, encuestas y datos de proveedores mediante, la relación entre el aumento del acceso y la calidad de Internet y la antipatía y hostilidad de los simpatizantes de un partido hacia otro en varios condados de Estados Unidos, además de un mayor consumo de medios partidistas. O sea, polarización.

Pero, por qué echarle la culpa de esa tendencia dualista y maniquea a una tecnología de comunicación como Internet. Precisamente porque no es solo eso. A diferencia de los periódicos, la radio y la televisión, el ciberespacio es también un “lugar” en el que, en varias formas y niveles, nos relacionamos con semejantes e incluso con organizaciones, marcas e inteligencias artificiales, y eso lo hace muy diferente a los demás medios.

Se trata también de una tecnología que hizo de la comunicación social algo más democrático, se repite aún en algunas escuelas de Periodismo y Comunicación. Porque favoreció la participación de esas personas que, si no eran parte de los medios previos a Internet y su lista de fuentes habituales, o sea, políticos, poderosos, famosos, expertos en algo (y también sobre todo hombres y de ciertos grupos étnicos y socioeconómicos) o todos los anteriores, rara vez podían expresarse o dar su punto de vista, si no contribuir a la discusión pública, más allá de su entorno familiar o cercano.

Allí, y en la metáfora de la gran biblioteca (hipertextual), capaz de disponer de toda la cultura y el saber universal, abierta a todo el mundo y en todos los formatos posibles (textos, imagen y sonido), radicaba el optimismo tecnológico de sus primeros años.

Sin embargo, esa biblioteca, como las más chicas, requiere un orden lógico, cosa de la que el conjunto de información desperdigada en quién sabe cuántos servidores carece, dice Lev Manovich en El lenguaje de los nuevos medios de comunicación, sin contar con que, gracias al fácil acceso, traductores, opciones para cortar, copiar, pegar y, de manera general, de eso que primero en el arte se llamaba apropiacionismo, y del plagio descarado, solo una cuarta parte de la información disponible en la web es original, según datos del Internacional Digital Centre en 2010.

Se sabe, además, que bastantes aspectos de la realidad offline se repiten en su equivalente digital. O sea que los que ya son poderosos o famosos fuera de Internet, expertos en algo (y también sobre todo hombres y de ciertos grupos étnicos y socioeconómicos), políticos o todos los anteriores, tienden a tener más atención también en la web, al igual que los periodistas más visibles, sobre todo de medios audiovisuales.

Si las plataformas sociales son entornos en los que, mal o bien, se extiende la vida social, no es raro que allí también continúe esa vieja tendencia tribal que nos lleva a agruparnos alrededor de gente, posturas, movimientos o ideas afines. No obstante, y esto es lo nuevo, las plataformas sociales no son exactamente lo mismo que, por ejemplo, para los antiguos griegos el ágora, esa especie de plaza en la que tenía lugar el comercio, pero también la vida cultural y social, rodeada generalmente de edificios administrativos y donde los ciudadanos discutían, además, sobre los asuntos de interés para la polis o ciudades estado.

La razón: aunque el ágora tampoco era un espacio cien por ciento neutral, las plataformas digitales lo son menos. Están condicionadas por tecnologías, formatos, características de uso, tipos de usuarios y algoritmos. En otras palabras: no es lo mismo discutir sobre cualquier tema personalmente que mediante intercambios limitados a 280 caracteres.

Tampoco es comparable expresar una idea entre amigos, colegas o incluso desconocidos que, pongamos, en Facebook, Twitter o LinkedIn, y ni hablar de plataformas más visuales como Instagram o TikTok, pues se entiende que en cada comunidad agrupada alrededor de estas plataformas hay intereses compartidos, tonos, predilecciones y, si ya comunicarse cara a cara es a veces complejo, no se diga mediante mensajes alejados del contexto y socorro de su autor.

¿Y los algoritmos? Los algoritmos, ya habíamos dicho en otra edición, son básicamente una opinión que deja entrever la lógica de las corporaciones dueñas de las plataformas comerciales. Así, por ejemplo, se explica que el orden de las publicaciones en nuestros feeds o timelines no sea cronológico, sino basado en nuestras reacciones previas, contactos con los que más interactuamos, recomendaciones de esos contactos y temas con los que ya hemos reaccionado.

La ecuación es fácil: a mayor reacción, mayor interés o tiempo en las (sus) redes. El problema está en que, justamente por tratarnos como a un niño al que se le da solo lo que le gusta o quiere, se crean percepciones complacientes de la realidad, próximas a nuestros puntos de vista, gustos e intereses, pero incompletas, y en ese camino se deforma nuestra capacidad de tolerar y convivir con lo que no es de nuestro agrado.

A eso hay que sumarle el impacto del botón de me gusta y el retuit. El primero estimula nuestras acciones en línea en función de la aprobación o el gusto de nuestros contactos que, ya se dijo, normalmente son afines, y el retuit favorece la viralidad.

Por eso, no pocos científicos sociales aseguran que el uso masivo de estas plataformas ha aumentado la brecha entre formas de pensar, ideologías o movimientos que ya estaban distanciados. Y, entonces, esos universos virtuales como el mundo que hay fuera de ellos se conciben como un campo de batalla, en el que se crean certidumbres e identidades a veces basadas en lo políticamente correcto del momento o tendencias, y en el que todo, o casi, se convierte en una lucha entre opuestos estigmatizados y en apariencia irreconciliables: “progres” versus “fachos”, providas contra abortistas, feministas versus machistas, “resentidos” contra “empresaurios”, putinistas o antiimperialistas occidentales versus antiimperialistas orientales, y así, ad infinitum, o tanto como sea posible identificarse con un bando, incluso con respecto a cuestiones quizá menos relevantes como la pertinencia del “mural de Pikachu” en el centro de Quito o la bronca entre los reguetoneros Residente y J. Balvin.

Los signos de la polarización

Ignacio Martín-Baró creía que bajo la aparente objetividad de la psicología, más preocupada por obtener resultados generalizables a toda la especie humana, hay una incapacidad para reconocer los problemas de culturas diferentes a la propia. Sus críticas abiertas contra el Gobierno de El Salvador lo situaron en el objetivo de las fuerzas paramilitares dirigidas por la clase política dominante, las cuales lo asesinaron en el año 1989.

A finales de la década de los ochenta, previo a la era de las plataformas sociales y luego de una década de guerra civil en El Salvador, el jesuita y académico asesinado en ese país, Ignacio Martín-Baró, definió siete características de la polarización social: 1. Percepción desfavorable y estereotipada de la realidad (nosotros-ellos); 2. Fuerte carga emocional (aceptación y rechazo sin matices); 3. Involucramiento personal (cualquier hecho afecta a la persona); 4. Quiebre del sentido común (posiciones rígidas e intolerantes que suplantan el diálogo o debate de posiciones diversas); 5. Cohesión y solidaridad al interior de cada grupo y conflicto manifiesto entre grupos opuestos; 6. Familias, escuelas, iglesias y otras instituciones se ven obligadas a posicionarse en alguno de los polos, y 7. Personas, grupos e instituciones sostienen las mismas actitudes de exclusión, rigidez o enfrentamiento presentes en la lucha política.

En Twitter, la plataforma más informativa, pero también la red social de la indignación, la confrontación o, si se quiere, el debate entre algunos sectores de la sociedad, no es difícil hallar varios de esos signos, como tampoco en plataformas masivas o más diversas, mejor digamos, como Facebook o incluso en los comentarios de algunos videos en YouTube.

Es decir que en aquellas tecnologías, en teoría diseñadas para unir, “hacer más chicas las distancias” y facilitar la comunicación, reside también el potencial para, mediante la descalificación del que es ajeno a los valores del grupo, la violencia simbólica, la cancelación o censura y el estigma ya sea que se haya escogido un bando o no, hacer justamente lo contrario, incrementando la desconfianza en el otro, la ira y la intolerancia social.

Si hay algo o alguien que se beneficia de ese mundo dividido en esquinas desde donde tantos se miran mal, queda claro que no es la cohesión social, aunque sí los populismos y charlatanes de derechas o izquierdas, los fundamentalismos, movimientos extremistas y todos aquellos que se creen eso de “Divide y vencerás”.

Después de ver los temas más polémicos sobre los que se discute en sus plataformas sociales y confrontarlos con los signos de la polarización en la guerra civil de El Salvador, no faltará quien seguramente se pregunte si, en verdad, no estamos también viviendo algunas. Aunque, de momento, estas se libren sobre todo en la virtualidad.

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