Rafael y el mundo licra. - Revista Mundo Diners
Rafael y el mundo licra.
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

Rafael y el mundo licra.

Anamaría Correa Crespo

RafaelLycra_FIN

Amable lector:¿recuerda usted acaso la vida ausente de problemas y agitada en actividad física de la famosa mamá licra?

Ahora les propongo hablar de su entorno, diseccionarlo un tanto.Es que saben, ando aproblemada, angustiada en sumo grado por el tema.Supongo que pensarán que es una más de mis locuras… pero créanme que no lo es,o quizá sí, júzguenlo por ustedes mismos.

Es que desde hace más o menos diez años o más, me ando preguntando obsesivamente por qué tenemos el país que tenemos, y una de las tantas dudas que me asalta es qué rol juegan las mamás licras, sus madres y padres,esposos y amantes en el asunto.Es que, no se confundan, no quiero hablar de sus hábitos sexuales, aventuras diurnas, ni cosa parecida, ¡imagínense! ¡Qué atrevimiento!Mi inquietud es un poco más aburrida, de naturaleza sociológica y menos intrigante:las mamás licras pertenecen a una élite económica y sin tener que aburrirlos con una digresión sobre ciencia política, las élites determinan en buena medida el destino de sus pueblos, ya sea porque han estado tradicionalmente cercanos al sector político o porque ocupan posiciones de liderazgo a nivel empresarial, gremial, social.

Verán el quid del asunto es que vivimos en una sociedad, donde la élite actual se queja a diario de las prácticas antidemocráticas del gobernante que tenemos, pero en lo cotidiano se comporta de la misma forma, como dueña de la verdad.

Veamos a qué me refiero.Mamá licra y toda su familia viven, como ya sabemos, en alguna de las urbanizaciones de Cumbayá y, ante el anuncio realizado por el alcalde de que se construiría la llamada “solución vial Guayasamín”, imagino que empezaría a saltar hasta el techo de alegría.Rebosante de felicidad estaría la señora, pues su vida idílica, hoy interrumpida por las quejas del marido de que se demoró dos horas al subir a su oficina a Quito, desaparecerían. ¡Qué pereza el marido!

Me crucé con un par de mamás licra & Company en las discusiones virtuales recientes sobre la solución vial.Mamá licra R defendía vehemente el que se construya, a como dé lugar el paso propuesto por el alcalde, yo argumentaba que la solución privilegia el auto y que la mayoría de quiteños son peatones que utilizan el transporte público.Pero mama licra R andaba tan encrispada defendiendo su punto de vista, que en el clímax de la discusión saltó a mi yugular:¿no entiendes que se debe defender el interés general sobre el particular? ¿Entiendes qué es el interés general?

Debo confesar que sonreí con pena.Mamá licra R gritaba a los cuatro vientos que el túnel (paso, corredor o lo que quieran) va porque va.Y alegaba con desparpajo que el interés de su comunidad licra de contar con autopistas amplias donde quepan sus autos, constituye el interés general, y que seguramente la necesidad del 70% de quiteños, de tener una ciudad con transporte público ágil, eficiente, que llegue a todos los puntos, equivalía al interés particular.Es decir, el interés que no cuenta y se debe desechar, o a lo mucho, atender como prioridad secundaria.Mamá licra invertía los intereses:como mi mundito necesita autopistas, el planeta las requiere, es una necesidad inmanente universal.

Intenté calmar a mamá licra R tratando de bajar mis pasiones y explicarle como la ecuación de los intereses funciona exactamente al revés.Pero a medias desistí.¿Quién soy yo para dar una lección de filosofía política a una señora educada de la élite quiteña?Nadie, pensé.Y entonces me perdí en mi propia obsesión sobre la interacción licra-democracia-Ecuador.

El siguiente episodio ocurrió con un educado e inteligente habitante del mismo valle, a propósito del mismo tema que ha suscitado las más bajas pasiones.Hablaba él de que los urbanistas que tanto se quejan de la solución vial deberían callarse, dejar trabajar al alcalde, simplemente ir a vivir en Nueva York o pasear en góndola en Venecia.Mi amigo —uno de los urbanistas aludidos— explicó con tranquilidad las complejidades de la solución planteada.Sin pasiones ni calificativos.Yo procedí a apoyarlo añadiendo que esta costumbre de descalificar al otro cuando no piensa como uno es desagradable. En menos de lo que canta un gallo, el comentario de mi amigo y el mío habían desaparecido de la discusión.El sujeto defensor del túnel había desplegado la clásica táctica del intolerante —al que por demás venimos sometidos una década con sofisticados sistemas de troles—.Como no piensas como yo, te anulo, te censuro, te borro.El señor licra C no se detuvo ni un minuto a considerar los argumentos de la otra parte, decidió simplemente que debían desaparecer, morir.El caballero pretendió que nunca fueron pronunciados.

Si el señor licra C hubiera recibido el mismo vejamen en el muro de Facebook de algún amigo correísta, seguramente habría puesto el grito en el cielo, denunciando el autoritarismo.Pero como era él mismo quien lo hacía, le pareció normal y necesario hacerlo.Lo curioso del caso es que los tres intervinientes de esta historia recibimos la misma educación escolar —pulcra en valores éticos y cívicos—.Nada que culparle a la ignorancia.

La comunidad licra (nombre familiar para la élite) no es particularmente democrática.Proclama a los cuatro vientos que Correa es un dictador, pero apenas tiene el chance de defender su metro cuadrado, se vuelve un Rafaelito más que lanza calificativos, agrede y desconoce al otro.

La comunidad licra, reconozcámoslo, no tiene toda la responsabilidad respecto de su escaso apego a los valores de la convivencia democrática.Yo recuerdo crecer en un círculo social donde era normal ansiar un Pinochetito quiteño, a lo sumo mono, para comandar a la brava este país brioso e indomable.Licras y licros han ido por la vida escuchando esa cantaleta y durante la última década fueron tragados por la ola autoritaria.Quizá pensando en una silenciosa venganza cocinada a fuego muy lento y con dosis similares de agresividad.

El universo licra en su completitud salió a calles y carreteras cuando Correa anunció impuestos a la herencia y plusvalía, en cambio permaneció en silencio sepulcral siendo testigo de los atropellos sistemáticos al resto de libertades.Licras y licros temerosos unos, otros con rabillos de paja, quizá.

Rafael y el mundo licra resultaron bastante curuchupones.En eso se parecen bastante.¡Gobernante mojigato, élite mojigata! Dueños de la verdadera religión unos y otros.Homofóbicos y machistas, también racistas.Él, odiando al pelucón, y el licr@ detestando al “longo” arribista.Ambos alimentando su odio y justificando la existencia del otro.

Rafaelito y el mundo licra combinan bien —se que les choca lo que leen pacientes lectores—.De hecho la élite tiene el gobernante que merece, de acuerdo a su propio proceder y a sus profundos e irreconocidos anhelos (agréguese la dosis de excepciones para no perder el rigor del caso).El único problema con esta situación en el reino de los pitufos es que el Pinochetito llegó con veinte años de atraso y resultó ser de origen e ideología dudosa.

 

 

Comparte este artículo
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Más artículos de la edición actual

Recibe contenido exclusivo de
Revista Mundo Diners en tu correo