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Rafael Lugo Naranjo: escribo para burlarme del país y de mí mismo

por Miguel Molina Díaz

Al presentarse, prefiere hacerlo como abogado, le cuesta hacerlo como escritor, aunque es probable que la gente lo conozca más por lo segundo. Rafael Lugo Naranjo (Quito, 1972) es, a la vez, litigante en los juzgados y tribunales de la República y autor de un libro de cuentos, cinco novelas, dos libros de crónicas y una infinidad de artículos publicados en distintos medios.

Rafael Lugo.
Rafael Lugo. Fotografías: Juan Reyes y Cortesía.

No estudió Derecho contra su voluntad, sino porque le gustaba la lógica. A todos en su familia les resultó un oficio atractivo. El padre, “réquete afanoso” alumno, estudió Leyes como tercera carrera y no la ejerció demasiado. Esto lo marcó en un juego a la inversa: un adolescente Rafael Lugo le tomaba a su progenitor las lecciones, previo a sus exámenes en la Facultad de Derecho de la Pontifica Universidad Católica del Ecuador, donde luego el hijo estudiaría.

—Me pareció lindo el derecho, porque en la teoría es una maravilla; es la carta de presentación de una sociedad. Sabes que un país que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo es un país mejor que el que lo prohíbe. Eso es lo que me ha mantenido amando la teoría del derecho; la práctica es asquerosa.

—Son muchas las marcas que tienes de tus viejos.

—Mientras más tiempo pasa, nuestra relación es mejor. Yo hubiera querido darme cuenta lo grandiosa que es mi madre desde el primer día. Me demoré. Ella es un universo silencioso y solo con el paso de los años fui descubriéndola, porque uno ya se vuelve más sensible a las cosas. ¡Qué guapa que era mi vieja! Y sigue siendo.

Los padres de Rafael Lugo.
Con sus padres, Mercedes Naranjo Iturralde y Oswaldo Lugo Camacho, a inicios de 1973.

De mi taita siempre me quedó claro que ha querido lo mejor para sus hijos. Un tipo limpio. No es alguien de quien me haya tenido que defender. Lo he considerado un faro intelectual. Es una persona de ochenta años, criada en un mundo quiteño católico, pero hay cosas que él ha logrado modernizar en su pensamiento. Eso me ha dado mucho orgullo, porque pensar es fácil, cambiar la forma de pensar es muy difícil. Para mí ellos son, cómo decirlo… tuve una suerte cósmica de nacer en su casa.

—¿Les costó aceptar que tenían un hijo escritor?

—Les resultó difícil separarme de los personajes. Entonces, si un personaje mío estaba con ganas de suicidarse, ellos se preocupaban. Y siempre les dio miedo de que yo termine abandonando el derecho para dedicarme a ser escritor, un poco jodido en el tema de las cuentas. Y como a mí me daba la misma preocupación, nunca dejé de ser abogado. Hoy día creo que ya tienen asumido que escribir es parte de mi vida. No son tipos que me aplauden gratuitamente.

Cuando estaba en último año de colegio, le mostró un poema al profesor de literatura, quien le dijo: “Lugo, no andes sufriendo de gana, dedícate al fútbol”. Había devorado libros desde niño; sentía que la escritura le servía, como a los pintores el lienzo, para que sus sensaciones se convirtieran en ideas concretas. Tras el incidente con su profesor, no intentó ser escritor durante los siguientes diez años, hasta la muerte de su abuelo Oswaldo, su cómplice.

—Luego del silencio, vino el taller que dirigía en Quito esta escritora y compositora argentina llamada Alicia Crest, y la escritura volvió.

—Claro, es más, cuando publiqué mis primeros libros estaba muy seguro de que era un genio. Ahora, en cambio, estoy muy seguro de que soy una bestia (risas). Hoy me siento tremendamente inseguro de todo lo que escribo.

—¿A qué se deberá eso?

—Yo no sé si es equivalente a cuando se te cierra la corteza cerebral y dejas de ser ese guambra temerario que eres en tus veintes, que no le temes a nada y, luego, pasas los cuarenta y, en cambio, ya te pones a medir todos los peligros, ¿no? Probablemente vaya por ahí, o será la sensatez que te llega con la edad; un poco el ejercicio de autocuestionarte, de no ser un ególatra.

—Es que, además de escritor y abogado, eres padre.

—Es una faceta sobrecogedora. Son sentimientos que no tienen forma de ser procesados racionalmente. Creo que decidirte a ser padre es un acto temerario, casi irresponsable, por el nivel de responsabilidad que adquieres con una persona. Y mis hijos son… yo no quiero caer en frases cliché, pero son el principio y el final, y toda la gama de emociones están ahí.

Y, además, hay una situación de injusticia, porque la mayor alegría que te puede dar un hijo no se compara con la mayor pena que te puede dar. En fin, los guaguas han sido chéveres, hubiera querido ser amigo de ellos si hubiera sido de su edad. Son sinceros, sensibles, inteligentes, libres y distintos entre ellos.

Familia de Rafael Lugo
Su esposa Gabriela Maizel y sus hijos Elias, Ariel y David, 2014.

—Ahora eres tú el que se preocupa si los hijos llegan tarde.

—Mis viejos tenían miedo siempre y la respuesta de ellos fue darme poco permiso, para no tener tanto miedo. Con mis hijos yo más bien he sido distinto, les he dicho que salgan hasta la hora que les dé la gana, me llaman y yo les voy a traer. Eso hicieron los dos mayores. Ahorita, el chiquito tiene doce, todavía no pasamos por esa etapa, pero seguramente la vamos a vivir: yo voy a donde están y regresamos a la casa, pasamos comprando algo de comer y ya.

—Y en ese cambio de roles, ¿cómo es lidiar con el sufrimiento de los hijos?

—En eso yo he sido un poco pragmático, porque creo que el sufrimiento es la única manera de madurar. Nadie madura sin hacerse mierda por un amor, por alguna decepción. Yo creo que mi responsabilidad está en tratar de prepararlos para que asuman su vida y, para eso, no puedes ser un tipo que no conozca la oscuridad, la noche. Y sí, les he visto sufrir y les he dicho que de alguna manera me alegro, porque es la manera de crecer. Todo me cuentan. Eso es algo que yo aprecio mucho. Y a mi esposa le cuentan más.

La escritura de Rafael Lugo es, en muchos sentidos, el registro de los picos de su ánimo. Sostiene que los relatos de Abraza la oscuridad, su primer libro, fue el plan; Veinte, 7 y 207 son el devenir de esas historias. Son novelas en las que los personajes naufragan en la confusión y la pérdida, necesitan salvarse de sí mismos, lo pierden todo y, de algún extraño modo, hay vida y futuro.

En uno de esos libros escribió: “Todos tenemos una obsesión del tamaño de nuestra pena más grande”. Las Tripa mistic I y II responden, al igual que muchas de sus crónicas, a su otro estilo, aquel signado por el humor y la parodia. En la actualidad piensa escribir algo nuevo, que no tiene que ver con los universos creativos que ha creado a lo largo de dos décadas.

—Hay quienes dicen que eres dos escritores: uno, el que topa fibras bien duras de la vida humana, sobre todo el dolor; y otro, el que trabaja tan divertida, consciente y críticamente con el humor.

—Básicamente eso es lo que soy. Yo me he movido en los picos de manía o depresión.

—Rafael, el humor y su incomodidad siempre tienen un sentido profundo.

—El humor como una reflexión de naturaleza seria son dos formas de aproximarte y de resignificar un mismo hecho y, dependiendo del estado de ánimo, puedes optar por cagarte de la risa, como puedes reflexionar desde el enojo, la resistencia o el llanto. Los grandes comediantes nunca están hablando de algo que no sea realmente importante, por eso muchos han sido parte del avance civilizatorio del pensamiento, de la apertura de los paraguas de derechos.

El humor te da equilibrio, porque cuando utilizas el humor estás igualando a todo el mundo. Por eso, es tan ridícula la persona que le gusta que se rían de todos menos de sí mismo; o dicen: puedes reírte de cualquier cosa, menos de mis ideas, de mi ideología. Por el contrario, tú no puedes ir por la vida pidiendo igualdad y al mismo tiempo pidiendo que no te vacilen una vez. El humor es un ejercicio magnífico de igualdad.

—Acabas de publicar Tripa mistic II. ¿Cuál fue la intención de este proyecto de dos volúmenes?

—Burlarme del país, de la ecuatorianidad, en la que yo me incluyo por supuesto. Hacer una historia larga, contada en dos tomos, en la que no quería yo dejar a nadie libre de una buena vacilada, y estar iguales todos ahí, en el mismo saco.

—Tu relación tóxica, me atrevo a pensar, es con el Ecuador. ¿Eres tan crítico porque aún le quieres?

—Claro, no puedes escribir de lo que no te importa. Al menos desde un punto de vista serio y responsable. Y yo, cuanta más fe le tuve al país, más escribía sobre el Ecuador. Y habrás notado que ya no he escrito sobre él. Tripa mistic no es un acto de fe. Porque a un amor también se le pierde la fe. Y la caída, como de cualquier cosa, mientras más alta es peor. Yo voy a cumplir cincuenta años y, en este punto sí, ya no le tengo absolutamente ninguna esperanza al país.

—Supongo que parte de las decepciones es la mezquindad. Recuerdo que cuando publicaste uno de tus libros tuviste una mala experiencia con un famoso escritor quiteño.

—Recibí la invitación a almorzar después de la publicación de mi novela 7, para decirme: “No eres novelista, dedícate a tus articulitos de SoHo”. Era un escritor que, obviamente, tenía su nombre y su trayectoria y que cuya opinión resultaba muy relevante para mí en ese entonces…

—¿Te afectó eso?

—Sí. Tuve unos cuantos meses duros, muy duros. Pero nada es 100 % veneno ni 100 % una caricia, ¿no? La inseguridad te puede hacer más cuidadoso y eso te puede llevar a hacer mejores cosas. Luego también tienes que aprender que la literatura es una selva de egos.

—Pero también encontraste gente generosa.

—El Óscar Vela es un gran escritor, un gran lector y un tipo tremendamente generoso. No es envidioso. Gracias a él publiqué 7. Le había dejado en un cajón durante muchos años, y un día me dijo: “Presta, déjame leer”. Se la leyó, me hizo unas correcciones potentes, que me obligaron a volver a esa obra y, gracias a él, la publiqué.

Luego el Óscar ha sido una persona que siempre ha estado ahí para cualquier buen consejo, incluso los no pedidos; es uno de los grandes hermanos que me dio la vida. Con él hicimos en radio Sucesos y Telesucesos “Ni pico, ni placa”, un programa semanal en el que invitamos a escritores, pintores, fotógrafos, y cineastas para hablar de sus obras, de la literatura y distintas artes. Duró cuatro años.

—¿Y la María Fernanda Heredia?

—Ay nof… Ella es mi hada madrina. Ella tiene un puesto muy grande. Era nieta de la mejor amiga de mi abuela y habíamos tenido algunos eventos en la infancia y no nos habíamos vuelto a ver, hasta que nos reencontramos en este taller de la Alicia Crest. Ella ya era una escritora famosa de literatura infantil, tenía cancha, un montón de conocimiento. Ella es la otra parte de la razón de ser de todos mis libros. En todos ha estado ella metida, apoyándome.

Rafael Lugo y su ternero.
Con su ternero Tauro en la hacienda San Miguel de Salache, Latacunga, 1984.

Rafael Lugo, quien creció rodeado de animales, desconocía que aún le faltaba mucho por aprender sobre ellos. En una de sus primeras citas con Gabriela Maizel, su esposa, presenciaron el atropellamiento de un perro. El resto del encuentro fue llanto y tristeza. Ella fue la siguiente fase en la que la cercanía a los animales se transformó en verdadera empatía y afecto, un entendimiento del sufrimiento animal.

Hoy es vegetariano. Cree que no hace falta despellejar a un animal para ponerse zapatos o chompas. Y si bien le da pereza el activismo, considera que practica una postura: no hay forma de justificar la tortura a un animal. En ese ánimo apoyó la pregunta 8 de la consulta popular de 2011, que prohibió espectáculos con la muerte de animales; así como recientemente presentó un Amicus curiae ante la Corte Constitucional defendiendo esa prohibición.

—La Gaby es más que una compañera en la defensa de los animales.

—Yo no me imagino sin ella. No me da miedo la vejez con ella. Me entretengo, me hace reír, es la persona que más me hace reír. Es honesta y transparente y, por suerte, nuestra escala de valores ha coincidido siempre, por lo tanto, nunca hemos tenido una discusión compleja sobre prioridades, ya que también coincidimos en las cosas que nos importan un culo.

—En general, coincidimos con la gente que ve la vida como nosotros.

—Me he dado cuenta de que yo a un amigo, primero que nada, le admiro por alguna razón. Me decepciono no porque piensen diferente a mí, sino porque no se esfuerzan intelectualmente para sostener sus creencias o ideas. Y, por supuesto, en eso la moral está incluida. Cuando ves que, por ejemplo, este man es vividor, es el típico cojudo que se queda con los vueltos, que te pide plata y no te paga, no puede ser tu amigo.

No puedes decir “ah pobrecito, así mismo es él”. Para mí ese huevón deja de ser mi amigo, igual si es alguien incapaz de sostener una idea fuera de sus prejuicios y violencia. Mis amigos, muchos, piensan distinto a mí y en cosas heavies, pero estamos juntos, porque son gente intelectualmente honesta, también en el tema de los billetes.

—¿Cómo es tu relación con tus ídolos?

—¡Ay, carajo! Verás, el único ídolo que yo he tenido durante muchos años fue Miguel Bosé. Me pasé oyéndole, investigaba todo lo que podía sobre él, te hablo de los noventa. Era ampliamente conocida mi fascinación por este man. Fui a casi todos sus conciertos. Y me ha dado mucha pena su decadencia. Una decadencia a la que él tiene derecho, por supuesto, no le estoy diciendo que no, pero verle cantando con Patiño, me ha dado una pena.

—¿En qué consiste el derecho a la decadencia?

—Te voy a poner el límite al derecho a la decadencia: joder a los demás. Si tu decadencia jode al resto es un problema. Como, por ejemplo, el caso de Bosé que como antivacunas compartió información falsa, hizo daño.

—¿Puede ser el derecho a bajarte del altar en el que te pone el resto?

—No solamente la decadencia te puede bajar del altar, puede ser que dejes de pensar igual. Y es suficiente. Ahorita vivimos en esta ridícula época en la que ya no existe la inquisición española, pero cualquier cojudo con Internet es un Torquemada. Sobre todo, un montón de gente que se cree antirreligiosa y actúa igualito a un inquisidor.

No te mandan a la hoguera por no estar en su dogma, pero te aplican la cancelación sin mayor investigación, certeza o desde el prejuicio. Todos tenemos derecho a pensar diferente, a dejar de pensar igual, a cambiar, a ampliar, a mejorar, a empeorar. Todas las ideas, ideologías y religiones tienen como su principal enemigo a sus propios fanáticos.

—¿Qué le pasó a tu generación? ¿No debían haber cambiado al Ecuador?

—Yo creo que a mi generación lo que le hizo mierda fue la plata. Hubo demasiada plata. Y hubo también este sueño cumplido de la izquierda de llegar al poder, en la forma en la que es la izquierda: nos agarramos al poder, somos los buenos, todos los demás son basura y hay que eliminarles si no les podemos transformar, como cualquier otra secta.

Rafael Lugo ha procurado no volver a leer sus libros, para evitar el riesgo de ser demasiado duro con ellos. Tiene tres hermanos y tres hijos. De vocalista de un grupo de blues quiteño pasó a padre abnegado. Admiró hasta el desencanto a Miguel Bosé. Cantó con Ricardo Perotti en la pandemia.

Sembró para Quito un bosque de arupos. No le daría un cheque en blanco a ningún expresidente del Ecuador. Jamás se ha considerado un tipo de gremios. Cuando se le pregunta cómo quiere ser recordado, no tarda en recitar estos versos de Jorge Luis Borges: “No soy el insensato que se aferra/ al mágico sonido de su nombre./ Pienso con esperanza en aquel hombre/ que no sabrá que fui sobre la tierra”.

—Flaubert quería escribir una novela sobre la nada. Me parece que tú quieres dejar de ser el autor Rafael Lugo para ser nadie.

—Sí, y lo voy a lograr cualquier rato.

—¿Ha sido fácil despedirte de tus libros?

—No se siente nada especial, no es que es una encomienda o un alivio. Yo estoy acostumbrado a dar la espalda y largarme cuando hay que irse. Lo aprendí de pelado, cuando mi viejo vendió la hacienda. Esa hacienda, con sus animales, era muy importante para mí. El día que cargamos las cosas y nos fuimos fue una mierda. Pero luego de eso creo que ya aprendí a darme la vuelta y avanzar. Entonces, si ante cosas reales puedo hacer eso, no se diga en temas de ficción.

—Asimismo, te noto en el proceso de dar la bienvenida a una versión más añeja y reposada de ti.

—Yo siempre he sido un tipo que he tenido miedo, nunca he sido un valiente. Pero el miedo no está bien visto, ni tampoco es algo a lo que yo me pienso someter, entonces para muchas cosas en mi juventud tuve que estar pluto: bailar, invitar a una mujer, cantar, darme de puñetes, manejar rápido, cumplir con todo el decálogo de las estupideces. Hoy me he liberado de la presión de hacer pendejadas, pero no me he liberado del miedo. Entonces ahora me da miedo la velocidad y manejo lento. Mis hijos me dicen que manejo como abuelita y, bueno, ya no me importa.

—¿Te gusta la estabilidad?

—Pero no por mucho tiempo. En la estabilidad y en la quietud no se despierta la creatividad. La necesidad es la que te obliga a inventarte la rueda y esa urgencia, esa búsqueda, ese vacío, son las que te mueven. A mí de cuando en cuando me gusta la estabilidad, la tranquilidad, pero luego ya me aburre y me doy cuenta de que no es buena para mi escritura. Y ese es el problema a veces de medicaciones mal hechas o caducadas, que te eliminan los picos, pero también te dejan sin capacidad de reaccionar y sin creatividad, te ponen una estándar cara de cojudo, pero tampoco sirves para nada más.

—En alusión a una de tus frases literarias más célebres, ¿ya encontraste el avión que te lleve lo más lejos de ti mismo?

—La perspectiva es muy necesaria. Los análisis que usualmente son equivocados, incompletos o prejuiciosos, son los que no toman en cuenta el contexto. Es como cuando, de toda una obra, cogen una línea y dicen “el autor es machista”, en vez de ver todo el contexto. Otro ejercicio de largarse de uno mismo es dejar de estar casado con tus ideas. Dejar de estar pensando que tú eres tus ideas y que si alguien habla mal de tus ideas te está puteando a ti. Las personas tienen derechos, no las ideas. ¿Has visto que hay esa gente que no logra ver la diferencia?

Reflexión final de Rafael Lugo

Me preguntas qué opino de las pocas lecturas al año que el ecuatoriano en general hace, de acuerdo a las estadísticas. Yo pienso que el problema del Ecuador en términos mayoritarios no es de ignorancia sino psicológico. Mira, esa persona que en Cumbayá estaciona el 4 x 4 como le da la gana, sabe perfectamente que está cometiendo una infracción y que va a perjudicar el derecho ajeno, pero no le importa. No hace falta haberse leído Las cartas a Lucilio para actuar medianamente bien.

Y la persona que defiende y hasta celebra actos vandálicos, atentados y delitos violentos que se cometen en contra de terceros amparados en una proclama o en una empatía hipócrita, se vuelve un experto en derecho a la vida y de la propiedad el momento en que son sus intereses o sus bienes los afectados.

El que se queja del narcoterrorismo, pero consume cocaína, y el que sostiene que el trabajo es un derecho, hasta que el trabajador se opone a un paro violento y entonces lo acusa de ser un privilegiado que debe callarse, pues esa gente no es ignorante, está demente, está repleta de complejos, de taras, de traumas. Hay demasiada gente que se cree estar por encima de la ley: unos por que se creen tocados por la diosa fortuna y otros por la desgracia.

Conozco gente que ha estudiado y vivido afuera, que tiene postgrados y cientos de lecturas y que cae en todo lo que te he mencionado como ejemplos. Entonces el Ecuador no necesita solamente buenos maestros, y muchas lecturas, sino medio millón de psiquiatras y psicólogos. A un traumadito o traumadita no le arreglas ni con 500 libros

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