Edición 444
El arte nos lleva de la mano como el río, dice Rafael Díaz cuando se le pregunta por qué decidió dejar el país para buscar suerte y cómo fue que se instaló en Barcelona y decidió ser un migrante, un pintor ecuatoriano en Europa. Cuenta que siendo un niño salió de su pueblo, Urcuquí, un pequeño lugar de Imbabura, porque quería estudiar.
Sabía del arado y de la yunta, había sido leñatero, cabuyero, zafrero, pero la verdad, no quería ser un campesino. Con siete hermanos y una hermana, la vida no era fácil. Quería estudiar. Para mantenerse en el colegio siempre debió trabajar y tuvo varios oficios. Quiso estudiar Arquitectura pero la situación no era fácil para una familia humilde y campesina como la suya. Mientras soñaba en eso, rayaba, manchaba y llenaba de dibujos sus cuadernos. Trabajaba como carpintero, oficio que le serviría para hacer los bastidores de sus cuadros.
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