Ra-ta-ta-ta-tan
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Ra-ta-ta-ta-tan

ra ta tan tan

Un funcionario público de inferior jerarquía tiene, en la práctica, mayor poder que un rey. Y el usuario de un servicio que está al otro de la ventanilla es un ser indefenso, desprotegido, inerme.

Por Gabriela Alemán

Así es como uno se los podría imaginar, alguien camina por un prado florido y, de repente, llega a un precipicio. Ese precipicio son los cuarenta. Solo que no es así. ¿La vida, un prado florido? Algo se gana con la edad y otro se pierde. Lo que se pierde en brillo y elasticidad se gana en posibilidades de despotricar. Y eso, en los tiempos que corren, es una enorme ganancia. El inglés tiene una mejor palabra, menos agresiva y negativa, sin ese prefijo “des” que pareciera quitar algo a alguien. En inglés lo que hace alguien que está harto de que el mundo le cargue en contra es “to rant”. Como con una automática cargada con salvas: ra-ta-ta-ta-tan. Eso es lo que uno puede hacer a los 40, sin sentir ningún tipo de vergüenza o pena. La primera vez que me encontré haciéndolo fue en la cola de un banco en la calle Guayaquil frente al Teatro Sucre hace unos dos años. Había hecho una cola de más de 40 minutos, esperando pagar la multa que me había puesto un policía metropolitano al lado de mi casa y la cajera, una vez que estuve enfrente, me dijo que había rellenado la papeleta equivocada y que me retirara de la ventanilla.

Mi casa queda en una calle residencial a la entrada del Centro Histórico de Quito, donde a algún planificador de la ciudad se le ocurrió poner una zona azul. Una zona azul en una calle con dos colegios, tres tiendas de barrio, viviendas y nada de concentración de negocios. Una calle donde, digamos, no había problemas de congestión ni donde se reducía notablemente la capacidad de las vías (como reza la razón de la existencia de las zonas azules en la página web de la Policía Metropolitana). Pero bueno, tenía una zona azul frente a la puerta de mi casa y me habían puesto un candado en la llanta, a pesar de que en tres de las ventanas de mi pichirilo del 73, había puesto con marcador y en hojas A4 que mi carro estaba dañado, que había ido a buscar un mecánico (se dañó un domingo de noche y salí a buscar el mecánico a las 7:30 am del lunes, antes de que llegaran los señores y señoras que venden los permisos de la zona azul), y anotado mi número de celular y la dirección de mi casa y, a pesar de decir que era vecina de la zona y que pagaría los tickets cuando volviera de buscar al mecánico, porque ni yo podría desaparecer (vivía en la calle) ni mi carro podría esfumarse (porque estaba dañado), tenía un candado en mi llanta. No lo podía creer, sobre todo no lo podía creer porque cuando eso ocurrió, la noche anterior había visto una propaganda en la televisión, producida para el municipio de la ciudad, en la que se hablaba de la importancia de la buena vecindad. Una publicidad que intentaba, con la ayuda de un renovado Don Evaristo, volver a la convivencia en el Distrito Metropolitano más amable, con la ayuda de los vecinos y su preocupación de unos por otros. En la esquina de mi casa, en el parqueadero municipal de San Blas, existe una oficina de la Policía Metropolitana. Los señores policías eran y son mis vecinos. Compramos en la misma tienda, a veces, hasta devuelven el saludo. Y mis vecinos, en un día que estaba teniendo un mal día, en vez de ayudar, decidieron volverlo peor. Y cuando vi el candado ese día que estaba teniendo un mal día, se los hice saber. Cuando me dijeron que no tenía el permiso y les pregunté si no habían leído mis letreros y siguieron diciendo que no había pagado un ticket para estar en mi calle, con mi carro dañado, pregunté amablemente si no sabían leer. Su respuesta fue llamar a la güincha. O sea que mis vecinos, que habían vuelto a mi mal día en uno pésimo, también me amenazaban. Para ese momento había tirado la toalla de hablar de buena vecindad y pedí hablar con un jefe, mientras llegaba la güincha. El diálogo, o monologo, versó sobre la ley. Mientras yo hablaba de comprensión y buena vecindad, el señor policía sacaba la carta de la ley. Cuando me di cuenta que la realidad era que los mundos de los que hablábamos eran incompatibles, él se escudaba en la ley (y tenía razón, no había pagado un ticket para parquear en mi calle con mi carro dañado y no importaba que alguien hubiera leído mis tres letreros), mientras yo hablaba de otra cosa por completo, tomé el boleto, le dije que parara la güincha y me fui a pagar la multa en el banco. Así que, en el extraño estado mental en que me encontraba, pensando que el mundo se parecía mucho a un negocio, llegué al banco repleto y me convertí en una de esas viejas que siempre temí en mi infancia. Y no puedo decir que haya sido una mala sensación. Cuando llegó mi turno la cajera me informó que había rellenado la papeleta equivocada, que debía retirarme de la ventanilla, llenar otro papel y volver a hacer la cola. Cuando me lo dijo yo le pedí que me mostrara la papeleta que debía llenar porque en la mesa solo había la que yo le había entregado y, según el texto de la multa de la Policía Metropolitana, esa era la que debía llenar. La señorita, que tenía un cierto poder (básicamente el de poder maltratarme), me dijo que me hiciera a un lado y que pasara el siguiente, mirándome sin mirar. Y fue entonces cuando ocurrió, el momento que llevaba incubando toda mi vida: salió la vieja despotricadora que todos guardamos dentro. Le dije que no me movía, en un tono muy calmado, y le pedí que me mostrara el papel que ella decía mientras ella siguió diciendo, el siguiente. Y, aunque subí la voz, el tono siguió igual, le dije que no me iba a mover hasta que me mostrara o me diera el papel correcto. Y entonces hizo lo que todos los que tienen poder hacen, lo utilizó. Llamó a un guardia y me volvió a decir que me moviera. Así, sin pensárselo dos veces, sin siquiera pestañear o que se le ocurriera que me podría mostrar la papeleta de la que hablaba. Y yo volví a exigir que, si me pedía otra papeleta, que me la mostrara (y comenzaron a quejarse atrás de mí, a decirme que hiciera caso y que me apurara). Llegó el guardia y al guardia, que tenía mejores maneras que la cajera, le pedí que, si él quería ayudar, que trajera la papeleta adecuada y, como era un buen tipo, fue a la mesa y cuando volvió le informó a la cajera que solo había la que yo había rellenado y la cajera, que mascaba un chicle, se agachó y le entregó a él, la papeleta de la que hablaba. Mientras todo esto ocurría, vi a una niña en la fila —mientras los de atrás me gritaban, la cajera me volvía invisible, el tiempo pasaba y yo desembolsaba demasiada plata por una multa que nunca debieron darme— y vi en ella a la niña que alguna vez fui. Se tapaba la cara sonrojada. Sentía vergüenza por mí, como yo hace años había sentido vergüenza por la vieja que alguna vez impidió que mi mamá cumpliera con un trámite en una cola, en alguna dependencia pública. La mujer reclamaba algo, con la razón de su parte, solo que nadie estaba de su parte, todos tenían asuntos más importantes que resolver que reclamar por algo que, a fin de cuentas, no era tan importante. Pero la vieja no cedía, actuaba como si cediendo a eso, luego no tendría más sentido seguir con la vida. Y era eso. Era exactamente eso. Eso es lo que ocurre si se ha llegado a los 40 entendiendo algo de la vida. Se llega a los 40 sin vergüenza, a fin de cuentas ya han comenzado las pequeñas humillaciones físicas que solo irán en aumento; se llega más tolerante, o, por lo menos, con el completo convencimiento de que nada es blanco o negro y también sabiendo que las únicas batallas por las que vale la pena luchar son las que sabemos de antemano perdidas. Vivimos sabiendo que vamos a morir, a fin de cuentas.

Quito es una gran ciudad para las automáticas con salvas: ra-ta-ta-ta-tan.

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