Quito ensucia mucho y recicla poco
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Quito ensucia mucho y recicla poco

Texto y fotografías: Xavier Gómez Muñoz.

Edición 463 – diciembre 2020.

Un problema mundial

La basura es un problema global que aumenta año a año, a medida que crece la población mundial y el consumo. Mientras más poder adquisitivo tienen las personas —o los países—, compran más y, desde lue­go, también desechan.

A diferencia de los procesos naturales, en los que todo forma parte de un sistema cíclico —todo está ahí por algo, nada se desperdicia—, la producción y el consumo humanos son imperfectos y generan cada año más de dos mil millones de toneladas de basura, según el informe Los desechos 2.0: un panorama mundial de la gestión de desechos sólidos hasta 2050, publicado por el Banco Mundial en 2018.

El mismo informe dice que la basura que producimos aumentará a 3400 mi­llones en 2050, es decir, 70 % más en los próximos treinta años. Los países más ricos representan apenas el 16 % de la población, pero generan cerca del 34 % de toda la ba­sura. La región de Asia Oriental y el Pacífi­co produce el 23 %. En América Latina y el Caribe generamos cerca del 11 %.

Para tener una idea de lo que significa la cantidad de basura que producimos en el mundo: con las 2100 millones de tonela­das que tiramos cada año se podrían llenar 822 mil piscinas olímpicas, publicó en su informe la organización británica Verisk Mapecroft. Para tener otra idea: solo en América Latina y el Caribe la producción de basura por persona, todos los días, es de 0,87 kilogramos —casi un kilo diario—. De todos los desechos que producimos solo 16 % es reciclado. Y uno de los com­ponentes más problemáticos, por los cien­tos de años que tarda en descomponerse, es el plástico.

¿Cómo se gestiona la basura en Quito?

Con sus 2,7 millones de habitantes, el Distrito Metropolitano de Quito (zonas urbanas, parroquias rurales y los valles) es la ciudad más poblada y que más basura genera en el Ecuador. Todos los días, pro­ducimos unas 2200 toneladas de desechos. La recolección de esa basura y limpieza de la urbe está a cargo de la Empresa Pública Metropolitana de Aseo de Quito (Emaseo) y del tratamiento final de los desechos se encarga la Empresa Municipal de Gestión Integral de Residuos Sólidos (Emgirs).

Viernes 2 de octubre, 6:30. En las instalaciones de Emaseo, los recolecto­res, con sus overoles azules y mascarillas, reciben indicaciones antes de subir a los camiones que previamente han sido des­infectados para proteger al personal del coronavirus. Encienden los motores y salen por la avenida Occidental para em­pezar su jornada.

El mismo procedimiento se repite en distintas zonas del distrito y a distintas ho­ras, para cubrir las 243 rutas de la ciudad. En Emaseo —hace números la gerente general Yolanda Gaete— hay 1700 personas, de las cuales 1100 son recolectores, barrenderos, conductores y operarios que trabajan en la calle, los 365 días del año, en turnos que van de 7:00 a 15:00 y de 19:00 a 3:00, para el sis­tema de recolección de carga posterior —ese que se hace a pie de vereda, con las fundas que las personas dejan en esquinas o afuera de sus casas—. Para los barrios que tienen contenedores —Quito tiene alrededor de 5300 contenedores— usan camiones de car­ga lateral (con brazos mecánicos) y camiones de lavado y desinfección, y los turnos van de 19:00 a 03:00 y de 03:00 a 11:00. El sistema de recolección no duerme y es poco glamoroso, pero alguien tiene que hacerlo.

Salimos de las instalaciones de Emaseo a las 7:00 para ver el sistema de recolección en la ciudad. En la zona de La Mariscal, una de las que más basura generaba antes de la pandemia, debido a la actividad noc­turna y comercial, la recolección y limpieza de contenedores se hacen todos los días. Franklin Gualoto trabaja como recolector entre este sector y el extremo norte de Qui­to. Por tratarse de un sistema mecánico no debería tener contacto con la basura, sin embargo, “hay zonas en las que (personas en situación de calle) se meten a dormir en los contenedores y sacan la basura afuera… la queman, la dejan desparramada en la ca­lle… y los perros rompen las fundas” con desechos que Franklin debe recoger de for­ma manual. Además, cuenta que ha encon­trado animales muertos y que —él no, pero sí sus compañeros— han hallado cadáveres humanos o partes en descomposición.

Llegamos al Centro Histórico antes de las 10:00, para ver lo que el personal de Emaseo llama “puntos húmedos” o, dicho en lenguaje común, lugares en los que la gente —en su mayoría indigentes, dicen— orina y hace sus necesidades durante la noche y la madrugada. Los puntos húmedos pueden ser cualquier esquina, plaza, atrio de igle­sia patrimonial. La gerente Yolanda Gaete indica que tienen identificados 316 puntos húmedos en Quito, la mayoría en el Centro Histórico, pero también en el norte y en el sur la gente ha improvisado urinarios colec­tivos, por ejemplo, en “las tribunas de la ciudadela Atahualpa y del parque La Carolina”.

El sol de Quito arde durante el día y an­tes de que la orina desprenda un olor fétido, el personal de Emaseo desinfecta el atrio de la Catedral con un camión de hidrolavado (con una manguera que expulsa agua a pre­sión) y productos químicos. Otilia Ponce trabaja como barrendera en esa zona desde hace nueve años. Además del overol azul, botas y guantes industriales, usa mascarilla, gorra y protector facial con una lámina de plástico en el frente. Por miedo a contagiar­se de coronavirus —y a contagiar a su hijo y a su papá, un anciano que vive solo y ella visita todos los días para llevarle comida—, Otilia es más precavida que antes. Lleva siempre alcohol, cuenta que se quita la ropa de trabajo fuera de casa y la separa y, mien­tras dura su jornada, tiene cuidado de no acercarse a indigentes y personas que tra­bajan en la calle, porque “ellos tienen más posibilidades de estar contagiados”.

Desde que inició el estado de emergen­cia por la pandemia, a mediados de mar­zo, se han contagiado 310 trabajadores de Emaseo. “Cuatro personas fallecieron entre abril y mediados de julio, y seis trabajado­res más hasta finales de agosto”. La gerente explica que la mayoría de los contagiados y fallecidos no han sido —como se pensa­ría— recolectores que estaban en contacto directo con la basura, sino conductores que, debido al colapso de los hospitales, no tuvieron acceso al sistema de salud. Gaete añade que el servicio de recolección en la ciudad nunca se detuvo por el virus, que se ha dotado de equipos de bioseguridad al personal, que se realizan controles médicos diarios (temperatura y pruebas de corona­virus) y que, ante la dificultad de guardar distancia en los camiones, han instalado di­visiones de plástico en las cabinas.

Por la estrechez de las vías del Centro Histórico y su estética patrimonial, allí no se pueden poner contenedores de basura comunes, sino soterrados (bajo tierra) y la limpieza manual y el barrido son diarios. Recoger la basura de casi tres millones de habitantes y mantener limpia la ciudad es un trabajo que requiere sobre todo logís­tica y planificación, explica la gerente de Emaseo, “se necesita cartografía, diseño y validación de rutas, maquinaria y personal comprometido”.

Emaseo tiene más de una docena de servicios, cada uno con un proceso y ma­quinaria distintos, entre los que están, ade­más de los mencionados, un sistema de re­colección de tereques (muebles, colchones y demás basura voluminosa que la gente no debería tirar en el espacio público, pero tira) durante los fines de semana —también se pueden ir a dejar los tereques todos los días en el centro de operaciones de Emaseo del barrio La Forestal—, un sistema de mingas con moradores de barrios que solicitan el servicio, limpieza e hidrolavado de merca­dos y alrededores —los puntos que más ge­neran basura orgánica—, limpieza de bor­des de quebradas y puntos críticos, como terrenos baldíos convertidos en botaderos en distintos puntos de la ciudad.

Giovanny Chiluiza es el coordinador general técnico en Emaseo y uno de los funcionarios que mejor conoce las rutas de recolección. Por la “falta de cultura ciudadana, gente que no respeta los horarios de recolección y coloca la basura en cualquier esquina”, dice, las zonas más complicadas de Quito son “San Roque, Chiriyacu, Comité del Pueblo, Calderón, La Bota, La Roldós, Pisulí, Quitumbe, Chillogallo, La Forestal, sobre todo las que están cerca de mercados”.

La recolección de basura les costaba a los quiteños 66 dólares por tonelada en 2019 y “este año está a la baja”, asegura la gerente de Emaseo, pero a ese costo hay que añadir la inversión en “material de biosegu­ridad e incorporación de personal eventual”. Gaete recuerda que la tasa de recolección de basura se cobra mediante la factura de energía eléctrica y que, debido a la inconsis­tencia en los pagos —el Gobierno extendió a doce meses el plazo para pagar las factu­ras de abril y mayo a negocios pequeños, artesanos y usuarios de escasos recursos, y estableció que no habría cortes durante la emergencia—, Emaseo ha tenido “41 % menos de ingresos en los últimos meses, que esperamos pronto recuperar”. Para que el sistema sea sostenible, termina, es nece­sario que los ciudadanos asuman la corres­ponsabilidad de los desechos que generan: “La basura no solo es fea, también es peli­grosa (para la salud y el medioambiente), y es responsabilidad de cada uno, no solo del municipio”.

Sistema de barrido manual y mecánico en el barrio La Mariscal.
Hidrolavado de puntos húmedos en la Catedral, en el Centro Histórico.
Sistema de recolección contenerizada en el barrio de La Mariscal.

El destino final de los desechos está por colapsar

Antes de ir al relleno sanitario de El Inga, la basura pasa por alguna de las dos estaciones de transferencia que tiene Qui­to, una al extremo sur de la avenida Simón Bolívar y otra al extremo norte. Allí empie­za el trabajo de Emgirs. Pasando la puerta principal de la Estación Norte, hay una plataforma en la que se pesan los camiones para medir la cantidad de basura que trae cada uno. Los desechos son descargados en un terreno cubierto, un tractor se encarga de reunirlos cuando se esparcen hacia los lados, pero los recicladores no esperan. Mientras el camión abre la compuerta y la basura cae, se abren espacio entre bolsas y desperdicios.

El olor es fuerte —agrio, orgánico— y se percibe a varios metros. En el terreno están 45 recicladores de la Asociación Vida Nueva, una de las más de treinta organi­zaciones que hay a nivel nacional, con sus chalecos verdes y naranjas fosforescentes, cascos, mascarillas y guantes, escarbando entre lo que tiran como mejor pueden los quiteños, para separar cartón, papel, tetra­pak, plástico fino y grueso, ropa, chatarra y objetos a los que podrían dar un segundo uso. Separan el material en sacos de yute o grandes bolsas de plástico, y la asociación se encarga de transportarlo y venderlo a em­presas recicladoras.

Les llamaremos Ximena y Paco, una pareja que vive en un barrio de clase media alta, en el norte de Quito, y tiene tres reci­pientes para la basura en su casa: uno en el baño, otro en el patio, donde acumulan las hojas, basura del jardín y las heces del pe­rro, y el último en la cocina, donde tiran re­siduos de comida, envases de vidrio y plás­tico, empaques de cartón, fundas, papel, pilas, el cargador del celular que se dañó y todo lo que se pueda desechar en una casa. Ximena y Paco no separan la basura porque “al final todo se mezcla en el contenedor y no sirve para nada”.

Sobre esa idea —bastante común en­tre los quiteños—, apunta el coordinador general técnico en Emaseo: “Los camiones recolectores compactan la basura, no son una licuadora”, y si las personas separaran la basura en sus casas, las cosas serían más fáciles para los recicladores —que escarban entre bolsas de desechos— y se gestionaría mejor la basura en la ciudad. Además — aunque pocos lo saben—, existe la Orde­nanza Municipal 332, que, en entre otras cosas, determina que la basura de cada uno debe ser separada en la fuente. ¿En cuántos hogares, en verdad, se hace eso?

En 2013 se hizo un estudio sobre la categorización de la basura en las estacio­nes de transferencia sur y norte. La basura que más producimos en Quito es orgánica (53,2 %), seguida de plástico (15,5 %), y papel y cartón (12 %). El 25 % del total de desperdicios podría reciclarse, pero solo se recicla el 1,8 %, según la gerente general de Emgirs, Gabriela Dávila. Y con la basura orgánica —que es lo que más producimos en la ciudad— se podría generar compos­taje, que no es otra cosa que el tratamiento natural de residuos orgánicos para conver­tirlos en abono. Pero para eso hacen falta grandes extensiones de tierra, inversión, acuerdos, decisión política.

La basura que sí es separada desde la fuente llega a los Centros de Educación y Gestión Ambiental (Cegam), los cuales están a cargo de Emgirs. En la ciudad hay cuatro de estos centros de acopio, que re­ciben la basura de veintiún zonas de Quito (entre ellas, Quito Tenis, Monteserrín, Iña­quito Alto, La Carolina, Cumbayá, El Con­dado, 23 de Mayo, Ciudad Jardín, Terrano­va, las tres últimas en Quitumbe). Todos los meses salen de los Cegam cerca de 145 to­neladas de material reciclado para la venta, pero —ya hechas las cuentas— la cantidad de basura que llega hasta estos centros es de apenas el 0,03 % del total que producimos en la ciudad.

Para mejorar esas cifras la gerente gene­ral de Emgirs asegura que están trabajando en “un nuevo modelo de gestión, imple­mentando los estudios correspondientes para hacer la caracterización de la basura, verificando medidas de reciclaje, plantas de tratamientos” y el tipo de tecnología ade­cuado. Lo ideal sería que el residuo final que llega al relleno sanitario de El Inga sea del 5 o 10 % de todo lo que se genera en Quito.

La basura que llega a El Inga es depo­sitada en una especie de piscinas de trata­miento llamadas cubetos, donde se proce­san los lixiviados (esa sustancia tóxica que sale de la basura) e idealmente son conver­tidos —el gas metano que desprenden— en energía o —mediante otros procesos— en residuos más manejables; pero la basura se queda allí. La gerente general indica que han implementado un sistema de depósito más sólido —la basura mejor compactada, “lo que alarga la vida útil de los cubetos y genera menos lixiviados”— y por frentes: “antes llegaban los camiones y botaban la basura, ahora diariamente se abre un espa­cio determinado… y el resto del cubeto está tapado para evitar contaminación”.

Sin embargo, debido a desacuerdos con empresas contratistas, los lixiviados se estuvieron acumulando —sin tratamiento— en El Inga por al menos diez meses (hasta octubre), por lo cual se declaró al relleno en emergencia. Además, la capacidad de almacenamiento del sitio donde se deposita la basura de Quito está llegando a su límite y, si no se busca otro espacio y las autoridades y ciudadanos gestionamos mejor nuestros desechos, pronto será un problema aún más serio. Y eso ya es decir bastante.

El trabajo de los recicladores de la Asociación
Vida Nueva en la Estación de Transferencia Norte.
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