Edición 445
Mi mamá me contaba que en los setenta sus idas a la playa eran bellas y catastróficas. Después de viajar alrededor de diez horas por tierra, llegaban a una casa de madera en el entonces casi desértico Atacames. Se ponían sus trajes de baño y se iban corriendo a la playa, emocionadísimos; se daban su chapuzón en el mar y luego se echaban en la arena a “tomar el sol”, por supuesto, sin bloqueador y, menos aún, bronceador. De hecho, desconocían la existencia de estos mágicos menjurjes (mi tío descubrió el bloqueador por ahí en los noventa).
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