Quién ha dicho que el poliamor es fácil

Reconstruir un árbol genealógico es más que unir y cruzar nombres. Mientras intenta desanudar la historia de su tatarabuelo y por lo tanto la suya, la autora peruana radicada en España se cuestiona los vínculos, las formas de los seres humanos para entrar y salir de la vida propia y ajena.

Gabriela Wiener poliamor.
Gabriela Wiener, que vive en España, explora sus orígenes en Huaco retrato, donde critica una modernidad que se ha querido abstracta, blanca, occidental y masculina. Fotografía: Alamy Photo Stock.

Gabriela Wiener está harta del poliamor. Sí, harta. Lo confiesa en su más reciente novela, Huaco retrato. Lo repitió durante la presentación de esa misma obra, en Quito, a finales de marzo; y lo confirma en el intercambio de mensajes que tuvimos para la publicación de este texto.

Desde hace años, los lectores de la periodista y escritora peruana hacemos las veces de voyeristas, mirones, fisgones e incluso envidiosos de esa posibilidad de vincularse y repensar los afectos: abierta, amplia y libre. Pero no. No es nada sencillo.

Gabriela Wiener está harta del poliamor porque también abraza sus contradicciones. Porque, como a casi todes, a veces la invade esa necesidad de ser la única, de ser el máximo objeto de deseo del otre.

Una de las escenas más poderosas de Huaco retrato coloca a la protagonista frente a una vitrina del museo del Quai Branly, en París, donde reposan miles de piezas que su tatarabuelo —Charles Wiener— arrancó de las huacas, esas tierras que atesoran entrañas sagradas en Perú. Durante la visita a la galería, queda de frente a una urna vacía, parada ante un vidrio que la expone ante sí misma. Y empezamos a chatear…

—A través del periodismo, y de la literatura, te has expuesto y mucha de esa exposición ha tenido que ver con los afectos y la familia. ¿De dónde nace esa necesidad de replantearse y mostrarse al mismo tiempo?

—En mí primero viene la pulsión y luego la justificación, el discurso, el entendimiento (…) que quizá esté en que lo personal es político, pero también en este encarnar la escritura desde nuestro lugar tantas veces fronterizo en el mundo, como solía decir Gloria Anzaldúa y otras escritoras que nos pidieron escribir encueradas, desde lo vivido y experimentado, cruzando lo social con lo íntimo, desnudándonos y estrujándonos para encontrar nuestra voz. En ese camino hablamos de lo que somos y conocemos, también de aquello que aprieta y duele, con lo que nos gustaría romper.

—¿Cuál ha sido el precio de mostrarse diferente? Por ejemplo, cuando te defines como una persona poliamorosa, que rompe con la imposición del statu quo, ¿qué implica tratar de mantener esa coherencia?

—Para muchas personas en el mundo ser “diferentes” significa persecución, acoso y muerte. Hablando por ejemplo del activismo relacional, el precio a pagar siempre será la exposición, que te deja muchas veces en un lugar vulnerable a ti y a los tuyos, realmente muy a tiro; también el foco apuntándonos que no nos hace solo visibles, sino animales de circo, cosificados, fetichizados.

Pero no me interesa victimizarme. Lo hago porque quiero y porque también encuentro en el outing una forma de resistencia y denuncia. Y eso implica roces desagradables con elementos violentistas y odiantes. Eso sí, la coherencia no es lo mío, si alguna vez la busqué dejé de hacerlo ya hace tiempo. Más bien estoy en la política firme de abrazar mis contradicciones y trato de hacerlo en todas mis luchas, no hay lucha sin fisura.

—Justamente, en Huaco retrato, una de las líneas de la historia es esa en la que muestras tus contradicciones y confiesas que estás harta del poliamor. ¿Por qué estás harta?

—(Jajaja). Sí, estoy harta. No creo que haya persona poliamorosa que no esté harta del poliamor, salvo que sea una recién llegada. La cosa es complicada, mijita. Recomiendo mucho los polimemes en redes que son un análisis muy sesudo de la cuestión. Ahí se ve claramente que, aunque te vuelva loca, una vez dentro tampoco lo puedes dejar.

—¿Volver a la monogamia? 

—No gracias, aunque planeo hacerlo en algún momento de mi larga vejez. Es verdad que en Huaco retrato la protagonista, una fracasada del poliamor, intenta oportunistamente hacerle la crítica anticolonial a esa manera de amar supuestamente universal que ella considera tan occidental, racional, tan blanca, que asume que somos individuas en igualdad de condiciones que solo tienen que poner en juego una ética amorosa y, quien no lo haga, pues cancelada.

Huaco retrato, poliamor.

Sin tener en cuenta que también en el seno de las relaciones sexoafectivas hay profundas desigualdades y heridas que lleva cada cual en la mochila y que no hay tal horizontalidad del amor, aunque habitemos una enorme cama. Algunas somos celosas, lacrimógenas, urgidas, caóticas y contradictorias al amar. Como dice la escritora ecuatoriana Mafe Moscoso: unas despechadas. Y a mucha honra. 

—Parecería que lograr abrirse a una relación poliamorosa es un paso extra en la madurez de los seres humanos, pero, al final del día revelas que no es tan sencillo… ¿Por qué crees que la monogamia nos termina llamando, aunque tampoco podamos soportarla?

—Tápate los oídos. No la escuches. No sé si es un paso extra a la madurez, pero hay algo en el poliamor llamado compersión (algo así como un antónimo de los celos), que es la capacidad de estar contento y tranquilo y feliz, mientras tu pareja está empotrándose a otra. Alegrarse por eso es el estado superior, el nirvana de lo relacional.

Por supuesto, hay que morir varias veces y reencarnar para que eso ocurra. Mucha suerte. La monogamia nos llama por lo que nos decía nuestra abuela, porque “más vale malo conocido que bueno por conocer”.

—En Huaco retrato hablas sobre la amante que quiere ser la esposa y la esposa que quiere ser la amante. ¿Una relación poliamorosa desdibuja esos límites o títulos? Por ejemplo, cuando acogieron a Roci en la pareja que tienes con Jaime, ¿en ese trío ya no caben esos “niveles”?

—No, claro que no. Hay otros términos más modernos de la jerga de las no monogamias, como vínculos, que tampoco me encanta, pero al menos no destila esa desigualdad al nombrar las partes de un núcleo amoroso. El lenguaje crea mundo. Y en este caso hay que zafarse de términos de relaciones patriarcales, normadas, de exclusividad, en la que hay gente oficial y extraoficial.

En parte, Huaco retrato es un manifiesto por reivindicar todo lo que está fuera de los linajes, de las familias tradicionales, de la oficialidad; y a favor de ser amantes bastardas de todo. En la vida real detesto las jerarquías amorosas; pero también son términos con los que podemos jugar, yo muchas veces me llamo a mí misma esposa de Roci o amante de Jaime y viceversa. Fluir lejos de los roles calienta. Mi madre siempre se llamaba la esposa amante que no amante esposa de mi papá. 

—Tu libro también es un puente entre Europa y Latinoamérica, ese camino que siempre de alguna forma se retransita. ¿Cómo sientes la vida ahora en España, en un momento donde hay mucha visibilidad de lo progre, pero donde cobran fuerza las ideas ultraconservadoras y violentas?

—Hay una identificación constante a lo largo del libro, entre el huaco y la protagonista, para señalar la cosificación y la instrumentalización de eso que en el siglo XIX se entendía como el otro y el subalterno, pero que sigue vigente. Ese otro que fue el salvaje, el caníbal, el monstruo, y es hoy el migrante que padece la Ley de Extranjería y los discursos de odio de Vox. Creo que en Huaco retrato se retratan varios niveles de deshumanización.

La más extrema es, sin duda, el caso de los zoos humanos, la exposición de personas como animales con fines “científicos” y de entretenimiento. Pero hay otras formas. Por ejemplo, la que habla de la relación actual de España con las poblaciones que migran desde sus excolonias americanas, que para mí es una de las más paternalistas y racistas que hay.

Bajo esta mirada, los migrantes latinoamericanos son como el buen salvaje asimilado e infantilizado, seducido por el falso relato aspiracional del poder, que nunca será una amenaza real, que interesa mientras puedan servirse de su trabajo de cuidados y usarse para demostrar al mundo el éxito de su proyecto civilizador llamado mestizaje, celebrar los alcances de la evangelización o de la lengua, pero al que no le interesa conocer en realidad.

Poliamor.
Transgresora en sus textos y en su propia vida, Gabriela Wiener sumó, a la relación consolidada con el escritor Jaime Rodríguez, una tercera persona: Rocío, una cantante de una banda punk. El trío ha funcionado, aunque han tenido que esforzarse y cuidar los celos. Mandaron a hacer una cama XXL y se aventuraron a tener un hijo los tres, formando una peculiar familia donde también está Lena, la hija adolescente de Gabriela y su marido.

Y es algo que, como migrante que ha llegado después de un largo periplo a una situación administrativa privilegiada respecto a otros migrantes (que esperan acceder a territorio español), la narradora sabe detectar perfectamente. 

—¿Crees que “atreverse a ser”, allá en Europa, también es una forma de conquista? Ser sudaca, marrón, escritora, feminista.

—En eso estamos, en lo de resistir. La condición de migrante sudaca y los estereotipos que la rodean es quizá la experiencia que personalmente más me ha tocado experimentar en los años que vivo en España. Lo que siempre me ha impresionado es lo mucho que la colonización española está en nuestros divanes formando parte sustancial del autoanálisis y de la discusión sobre nuestro presente e identidad, mientras que para la sociedad española no somos ni un tema.

Somos personas desenfocadas en un segundo plano en su proyección de sí mismas. Y creo que es porque para enfocarnos y vernos con claridad y respeto les tocaría revisar su lado más oscuro, el ego conquiro que está debajo del mito de descubridor, y comenzar a leer su propia identidad como una historia de violencia y sometimiento del otro. Por eso, la importancia de resistir desde nuestros cuerpos y comunidades.

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