Que soberbio el Pichincha decora

“Cómo se encienden los discursos populares, según Homs”, Illich Castillo, esmalte y papel reciclado, 2005. Fotografías Christoph Hirtz y Cortesía Paula Barragán

Quito es una ciudad que ha crecido larga y angosta, como una serpiente recostada a las faldas de un volcán. El volcán es un macizo enorme, imponente, visible de norte a sur, desde todos los ángulos. Es protagonista-testigo de la vida nacional.

Ese Pichincha está ahí y es odiado y amado por sus habitantes. Ha sido fuente de inspiración de sus artistas —pintura, escultura, novelas, poesía, fotografía lo retratan— y parte de la construcción de la ciudadanía, de las nociones de “patria” y de su configuración nacional: “Los primeros los hijos del suelo/ que, soberbio, el Pichincha decora/ te aclamaron por siempre señora/ y vertieron su sangre por ti”.

“Somos habitantes de un volcán. Una extraordinaria y compleja geografía abraza nuestra vida cotidiana”, dice Lucía Durán, investigadora y curadora de la exposición Que el Pichincha decora: memoria, geografía y afectos, una muestra que reunió la obra de cuarenta artistas y veinticinco fondos documentales y colecciones, que permaneció tres meses en el Centro Cultural Metropolitano y el Museo Alberto Mena Caamaño.

A la curadora se le planteó un reto, a propósito del bicentenario de las gestas de Independencia. Durante ocho meses, Lucía Durán se propuso explorar el volcán, su imaginario, la estética y la política alrededor del Pichincha, además de la memoria social en cien años de conmemoraciones de las fiestas patrias; es por eso que el título de la exposición sale de una estrofa del himno nacional.

La muestra tiene dos ejes: Geografía y afectos y Memoria, arte y política. La primera parte es para el espectador redescubrir esa geografía. Tenemos de frente y costado a esta montaña que se asemeja a una muralla que encierra y esconde a la ciudad, que parece abrazarla y protegerla también. Esta montaña que acerca a las nubes, que acumula neblina y de vez en cuando lanza ceniza y nos hace conscientes de su peligro.

Un volcán que, como dice la curadora, “ha moldeado nuestra experiencia histórica e influido de manera central en las apropiaciones de la geografía andina, las identidades, la visualidad y los mundos afectivos de quienes habitamos este territorio por cerca de doce mil años. El Pichincha ha sido ampliamente representado en la temprana fotografía, grabado, ilustraciones, pintura paisajista y de ciudad a lo largo de los siglos XIX y XX”.

“Sol y cenizas bajo el volcán”, Paula Barragán, impresión de collage digital, 2021.

Los artistas convocados

Entre artistas de los siglos XIX y XX que ilustraron al Pichincha, la exposición integró obras de Joaquín Pinto, Luis A. Martínez, Oswaldo Guayasamín y Víctor Mideros.

Y de grandes fotógrafos como Augusto Martínez, Hans Meyer, José Domingo Laso, Paul Grosser, Rolf Blomberg, Pablo Corral, Jorge Anhalzer, Luis Mejía, Hugo Cifuentes y Judy de Bustamante.

Durán también pidió a algunos artistas que crearan obras ad hoc para la exposición: Paula Barragán, Gonzalo Vargas M., Ana Fernández, Artes no Decorativas S. A., Gabriela Yánez, José Luis Macas. Ellos actualizan sus miradas hacia el volcán a partir de nuevas lecturas sobre la diversidad, sonoridad y materialidad.

Las propuestas de los artistas —cuadros, fotografías e instalaciones— son variadas: desde el paisaje naturalista y las obras costumbristas hasta el encuentro con las texturas de la tierra para ofrendar a la huaca sagrada. O una obra en la que Nelson García y Manuela Ribadeneira muestran los sonidos en una instalación llamada “Onomatopeyas del volcán”.

Si el maestro Joaquín Pinto retrató el cráter en 1897, además de una serie de paisajes costumbristas donde está presente el Pichincha, Jorge Anhalzer alimentó la muestra con algunas fotografías aéreas del mismo cráter visto en la actualidad.

Por su parte, Ana Fernández y Paula Barragán muestran un Pichincha generoso y abundante.

“Plaza y convento de San Francisco”, anónimo, óleo sobre lienzo, siglo XIX.

Entre las obras que impresionan se destaca la de Mideros, que normalmente se encuentra en la iglesia de La Merced y que la curadora hizo “milagros” para integrarla a la exposición: es la escena del pueblo de Quito pidiendo a la Virgen que detenga la erupción, que tenga piedad. La nube negra de ceniza está sobre el volcán y cubre el cielo quiteño, mientras se ve a la gente en la plaza, implorando de rodillas o alzando los brazos al cielo. Una obra llena de contrastes y luz que, a su vez, dialoga con un “Quito naranja” de Oswaldo Guayasamín, de 1985.

¿Qué es la patria?

Otra parte de la exposición se propuso hacer nuevas lecturas sobre el sentido de lo patrio o de lo nacional. Lo que aprendimos en El escolar ecuatoriano… las hoyas, los himnos, los personajes.

Esa construcción de una retórica patriótica tejida a partir de mitos y narrativas heroicas —como la del héroe niño, Abdón Calderón, que murió con la bandera en la boca— sustentan las reflexiones de artistas contemporáneos como Adrián Balseca, Carlos Castro, Estefanía Peñafiel Loaiza, Fernando Falconí, Guayaqueer, David Santillán, Guillermo Muriel, Juan Carlos León, Manai Kowii, María Fernanda Riofrío, María José Argenzio, Miguel Alvear, Patricio Andrade, Patricio Ponce, Ricardo Coello Gilbert, Rosa Jijón y Simón Bolívar.

En esta sección se pudo ver desde la pared del baño —el Salón Amarillo— del emblemático bar quiteño El Pobre Diablo, con los retratos de todos los presidentes del Ecuador y todas sus constituciones, hasta las metáforas de la silla del poder con “La silla” de David Santillán.

“Monumentos para países estancados en la ideología”, Juan Carlos León, acrílico, lápiz y tinta, 2010.

Una tercera secciónestuvo dedicada a los archivos, a hurgar en la historia del Pichincha, de la ciudad y la pregunta: ¿Cómo se celebraron los cien años de la Independencia en 1922?

También hay imágenes del sesquicentenario, celebrado en 1972, e imágenes de desfiles cívicos encontradas en la Cinemateca Nacional, portadas de prensa, humor y sátira en portadas de la revista Caricatura.

No podía faltar una serie de mapas que muestran territorios en disputa: juicios coloniales, repartición de la tierra, urbanización desordenada, desastres naturales, deslaves y erupciones, desplazamientos de poblaciones.

La propuesta integró conciertos, conferencias, mesas redondas, proyecciones de películas como Fiestas centenarias, 1822-1922 y otras actividades. Incluso se organizaron caminatas para recorrer el volcán y sus pliegues, desde el Ruco hasta el Guagua, y redescubrirlo pues muchas veces parece que los quiteños viven de espaldas al volcán y pretenden ignorarlo, pasar de él.

El archivo sigue vivo

“Terremoto de 1868”, anónimo, óleo sobre lienzo, siglo XX.

La exposición juntó en la mesa a Iván Vallejo (desde el andinismo), Hugo Yépez (desde las investigaciones geológicas) y Jorge Anhalzer (desde la fotografía), hablando de sus afectos volcánicos y montañeros. Juntó también a Susan Rocha y María del Carmen Oleas que comentaron arte y paisaje. Así, el Pichincha, en esta historia contada a través del arte, se volvió protagonista, objeto de arte y de discusión política, referente literario e histórico.

Una de las cédulas que acompañó la muestra decía: “Somos espectadores privilegiados del volcán que cobija nuestra ciudad al tiempo que la tensiona y disputa. Nos hemos apropiado de su extensa geografía por siglos: parcelado sus lomas, fragmentado las redes, pliegues y cadenas que conforman la espacialidad andina, dibujado barrios a contrapelo de sus laderas, amenazando su diversidad y rellenado el curso de sus quebradas”.

“Su forma ha mutado también por fuerza de sus violentas erupciones en tiempos prehispánicos y coloniales, así como por los embates de la naturaleza en el contexto del cambio climático. La ciudad ha buscado imponerle una geometría urbana cuyos límites son constantemente transgredidos desde las prácticas cotidianas. Quito: ciudad concebida desde las utopías de modernidad, imaginada de espaldas a los Andes y al volcán que sostiene su propia vida”.

La guinda del pastel fue la célebre escultura La lucha eterna, obra neoclásica de Edmond Peynot, realizada en 1906 y comprada por los ecuatorianos residentes en Francia como donativo para la celebración de los primeros cien años de Independencia.

La pieza, que ha estado ubicada en distintos espacios públicos de la ciudad, se constituyó en la protagonista de los selfis de la muestra.

De El Pichincha decora —de los tres meses que estuvo en escena y los ocho meses de investigación— queda un primer archivo visual de la ciudad, de su volcán, de su geografía, de su memoria y sus afectos. El archivo sigue vivo y seguirá alimentándose de imágenes de todos los tiempos entregadas por la ciudadanía.

Eso forma parte del proyecto artístico alrededor del volcán, ese al que se le teme e implora en los símbolos patrios, como si fuera a la vez monstruo y guardián, como dice una de las estrofas del himno nacional: “Y si nuevas cadenas prepara/ la injusticia de bárbara suerte,/ ¡gran Pichincha!/ prevén tú la muerte/ de la patria y sus hijos al fin;/ Hunde al punto en tus hondas entrañas/ cuanto existe en tu tierra: el tirano/ huelle solo cenizas y en vano/ busque rastro de ser junto a ti”.

Ni más ni menos.

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