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¿Qué pasará mañana cuando te hayas ido?

por María Fernanda Ampuero

Por María Fernanda Ampuero

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El otro día vi un documental que explicaba que la talidomida, ese fármaco alemán espantosamente famoso por causar miles de malformaciones a niños nacidos en los cincuenta y sesenta, fue desarrollada después de la Segunda Guerra Mundial para sedar a la gente que sufría el estrés postraumático que le había dejado vivir en terror durante todos esos años.

Imaginen esa Europa devastada emocionalmente, empanizada en pesadillas, incapacitada de creer en la paz, escuchando que habían desarrollado un tranquilizante tan maravilloso que incluso lo podían usar las embarazadas.

Lo tomaron como caramelos.

Me sorprendió lo poco que se habla de eso: de las mentes de las personas luego del dolor, la angustia, la carencia y el peligro de vivir en un país en guerra.

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No hablo de soldados, ellos, pobres, tenían su propio infierno en la cabeza y casi nunca volvían a ser sanos mentalmente.

Hablo de ciudadanos como usted y como yo que pasaron esos años aterrados de enterarse de algún ser amado muerto en las trincheras o de que les cayera una bomba encima mientras dormían.

Hablo de la forma monstruosa que adopta nuestra mente cuando pasa temporadas largas bajo presión.

Tras cien días de permanecer encerrada en mi casa, pidiendo lo básico a domicilio y comprando en la tienda de la esquina, decidí ir al supermercado: la gran aventura de nuestros días. Como cazadora primitiva salí al peligroso mundo exterior.

Me planté ahí con mi mascarilla a que me rociaran de quién sabe qué desinfectante, me pasaran por una cámara de ozono (¿?), me tomaran la temperatura, me bañaran las manos en alcohol.

¿Cómo puede alguien, diosito lindo, comprar en paz después de eso?

Durante todo el tiempo que estuve ahí, como ese pobre ser humano primigenio, la pasé aterrada de los peligros que acechaban en la oscuridad. Ellos temían a las fieras, yo al virus. La ventaja de nuestros ancestros es que de vuelta en la cueva podían respirar un poquito de paz, mientras que yo veo cada naranja que meto a mi casa como una granada de mano.

Compré como para el fin del mundo con el terror de tocar una funda de fideo contaminada, tocarme la cara y morir. Los billetes, el asa del carro, cada fruta, verdura y producto, las personas con las que me topaba; todo, todo, todo me daba escalofríos en la espalda.

Comprar fue una pesadilla.

Llegué a mi casa descuajaringada como si hubiera perseguido a un animal por horas. La cabeza, loca de temores omnipresentes e invisibles, me taladraba y los músculos, agarrotados de tanto tiempo en tensión, empezaron a gritar como grita el cuerpo: doliendo.

Los dos días después de la compra me los pasé en la cama, agonizando de la mente, extenuada del miedo.

Me pregunto qué será de nuestra salud mental si nada más ir al supermercado genera estrés postraumático. Pienso en quién se preocupará de que más pronto que tarde empecemos a desvariar, a deprimirnos, a reventar de traumas, a volvernos locos.

¿Quién cuidará nuestras cabezas cuando se acabe la guerra del coronavirus y quedemos nosotros, los supervivientes, agarrados a nuestras rodillas, riendo como posesos? ¿Quién ayudará a nuestros cuerpos alterados a volver a creer en la paz?

¿Quién —de verdad lo pregunto— se ocupará de que eso que llaman “la nueva normalidad” sea algo, aunque sea un poquito, normal?

Me da miedo pensar en la respuesta.

Ilustración: Mauricio Maggiorini
Edición 459-Agosto 2020

Autor

Acerca de María Fernanda Ampuero

(Guayaquil, 1976). Escritora y periodista. Su último libro es Sacrificios Humanos (Páginas de Espuma, 2021).
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