La opulencia en su expresión máxima

EDICIÓN 485

Fotografías: Shutterstock.

A pesar de ser un desierto agobiante, en Qatar hoy abundan el lujo y el dinero.

Las noticias que llegaban eran alarmantes para el pequeño emirato, desértico y muy poco poblado, cuyos únicos ingresos significativos provenían del comercio de perlas, extraídas por buceadores habilísimos de las aguas turbulentas del golfo Pérsico.

En efecto, los japoneses se aprestaban a inundar los mercados con perlas cultivadas, mucho más baratas que las naturales, con lo que los precios se desplomarían. La pobreza de sus veinte mil habitantes se multiplicaría. Eran las semanas finales de 1922 —hace exactamente un siglo—, cuando las mayores potencias, entre ellas el Japón, se armaban al apuro en preparación para una segunda guerra mundial que parecía inevitable. Y necesitaban dinero.

Los temores se confirmaron pronto: el precio internacional de las perlas colapsó, arrastrando en su descenso la economía del pequeño emirato, Qatar, cuya dinastía gobernante, la Al-Thani, se puso a buscar de urgencia una fuente alternativa de ingresos. Fue entonces cuando a alguien se le ocurrió que vender los derechos de exploración y explotación de petróleo podría ser la alternativa anhelada. Al fin y al cabo, en las dos márgenes del golfo Pérsico (en la occidental, donde está Arabia Saudita, y en la oriental, donde está Irán) habían sido encontrados grandes yacimientos. ¿Por qué no habrían de encontrar algo en los 11.571 kilómetros cuadrados qataríes?

Con la venta de esos derechos a la Anglo-Iranian Oil Company —400.000 libras esterlinas por 75 años, un contrato más tarde concluido—, el rumbo del pequeño emirato cambió para siempre: en 1939 (el año en el que estalló la Segunda Guerra Mundial y se disparó la demanda de combustibles para movilizar ejércitos, marinas y aviaciones) fueron descubiertos unos depósitos inmensos de petróleo y gas, gracias a los que, un siglo después de las noticias alarmantes sobre el derrumbe del precio de las perlas, Qatar es el país con la mayor renta per cápita del mundo, donde sus ciudadanos están exonerados de todo pago de impuestos y disfrutan del segundo lugar del planeta en el índice de desarrollo humano. Nada menos.

Lo que no ha cambiado es su régimen político. Si bien Qatar es formalmente independiente tan sólo desde 1971, cuando concluyó el Protectorado Británico, la familia Al-Thani controla ese territorio desde finales del siglo XIX. Para entonces, la península había pasado de mano en mano desde el siglo VII, cuando los árabes llevaron la religión islámica y la incorporaron, sucesivamente, a los califatos omeya y abasí. Con el pasar del tiempo llegó a tener cierta importancia en el comercio marítimo regional, lo que a su vez propició la aparición de piratas dedicados a asaltar los barcos que transportaban mercancías por el golfo Pérsico. Fue entonces cuando llegaron los británicos.

La Gran Bretaña era para entonces, mediados del siglo XIX, la primera potencia del mundo, con una flota que navegaba por todos los océanos. Era, por lo tanto, la más afectada por la piratería. La intervención británica para desmantelar las bases piratas consolidó el poder a los Al-Thani, una familia originaria de la Península Arábiga que había adquirido relevancia cuando el Imperio Otomano —que nominalmente gobernaba Arabia desde el siglo XVI— instaló un retén militar en Doha y designó “gobernador de la provincia” a Mohamed bin Thani, con quien comenzó la dinastía.

Los británicos, que en realidad controlaban Qatar, se sintieron a gusto con los Al-Thani y no los removieron ni siquiera en 1914, cuando desalojaron a los otomanos al estallar la Primera Guerra Mundial. Y en 1916 constituyeron el Protectorado Británico de Qatar.

Y llegó la opulencia

Los británicos jamás le prestaron mucha atención a la pequeña península. Creyeron que no valía la pena: es un arenal sofocante, sin un solo río que lo cruce y sin siquiera corrientes subterráneas de agua dulce. Su territorio es una planicie baja y estéril, cubierta de arena y sin ninguna montaña. Era (y sigue siendo) un país sin bosques ni tierras agrícolas, con apenas unos pocos árboles de dátiles. Su población era escasa y con tasas insignificantes de crecimiento: en 1939, cuando fueron encontrados el gas y el petróleo, llegaba a 28.000 personas.

Pero a partir de entonces Qatar se volvió un lugar atractivo para la inmigración, que cada año generaba miles y miles de plazas de trabajo. De la India, Pakistán, Afganistán, Irán y los países norafricanos llegaron corrientes nutridas de obreros y, claro, la expansión poblacional fue explosiva: en 1980 ya eran 310.000 habitantes, 490.000 en 1990, 750.000 en 2000 y 1’680.000 en 2010.

Los británicos jamás le prestaron mucha atención a la pequeña península. Creyeron que no valía la pena: un arenal sofocante, sin un solo río.
Los británicos jamás le prestaron mucha atención a la pequeña península. Creyeron que no valía la pena: un arenal sofocante, sin un solo río.

Lo más espectacular fue el crecimiento exponencial de su economía. Y es que, al inaugurarse las exportaciones, unas cantidades asombrosas de dinero empezaron a llegar a la pequeña península desértica, unos montos que se multiplicaron en 1974 cuando los países árabes le impusieron al Occidente un prolongado embargo de petróleo (como retaliación por su apoyo a Israel en la guerra del Yom Kippur de 1973) que desquició los precios y elevó vertiginosamente los ingresos de Qatar. Pero no fueron por sí solos los ingresos los que impulsaron ese enriquecimiento vertiginoso el país. Lo fueron, sobre todo, las inversiones visionarias y certeras.

Sabiendo que el petróleo y el gas no durarían para siempre, Qatar planificó su desarrollo para edificar una economía “avanzada, sostenible y diversificada”, que dejara de depender del sector energético y que pudiera insertarse en un mundo postindustrial y tecnológico, atado cada vez menos a los recursos naturales y cada vez más al conocimiento. El empeño en la educación fue formidable.

Pero el esfuerzo mayor fue para dotarse de una infraestructura potente, sobre todo en el ámbito del turismo, empezando por puertos y aeropuertos de primer nivel mundial. Su fondo soberano, que es nutrido cada año con los excedentes del gas y el petróleo, llegó en 2017 a tener 335.000 millones de dólares y, sin ser el más voluminoso del planeta, tiene fama de sí ser el más activo.

La lista de sus propiedades es interminable. Va desde acciones en la Bolsa de Valores de Londres, en la empresa alemana de automóviles Volkswagen y en el banco Barclays, hasta los almacenes Harrod’s y Sainsbury’s, la aerolínea Qatar Airlines y varias cadenas de hoteles de lujo, pasando por equipos de fútbol (el PSG francés y el Málaga español, entre otros), grandes edificios residenciales (como, por ejemplo, The Shard, el rascacielos más alto de Europa), la red internacional de televisión Al-Yazira y la firma de modas Valentino. La opulencia en su más poderosa expresión. Claro que con frecuencia la línea divisoria entre los bienes de Qatar y los de la familia Al-Thani es tan difusa que resulta indistinguible.

La monarquía absoluta

Los Al-Thani son, en realidad, los dueños del país. Ellos lo gobiernan desde que lo crearon y, para que no queden dudas de su poder, oficializaron su derecho en la constitución que, con el voto favorable —en el referéndum de 2003— del 98,4 por ciento de los ciudadanos, establece que en Qatar la autoridad está en manos del consejo de ministros, cuyos integrantes los designa el emir. Existe también una asamblea consultiva de cuarenta y cinco miembros (quince de ellos nombrados por el emir), que puede proponer leyes e interpelar a los ministros, pero no tomar decisiones.

Los ciudadanos (que tan sólo son los hijos de familias qataríes, es decir alrededor del veintidós por ciento de la población del país) tienen libertad de expresión, de asociación y de culto, pero no pueden formar partidos políticos. Es decir que las semejanzas con una democracia moderna son mínimas, además de que las denuncias de violaciones de los derechos humanos son frecuentes.

Tamim bin Hamad Al-Thani accedió al trono en 2013 tras abdicar su padre, Hamad bin Khalifa Al-Thani.
Tamim bin Hamad Al-Thani accedió al trono en 2013 tras abdicar su padre, Hamad bin Khalifa Al-Thani.

En el último medio siglo, desde que fue oficializada la independencia, Qatar ha tenido tres emires: el jeque Khalifa bin Hamad Al-Thani, que después de gobernar veintitrés años fue depuesto en 1995 por su hijo Hamad bin Khalifa Al-Thani, quien a su vez abdicó en 2013 a favor de su primogénito Tamim bin Hamad Al-Thani, el emir actual, quien sólo está sujeto a la ley islámica, la ‘sharia’, aunque “debe tener en cuenta” las opiniones de la asamblea consultiva y de la autoridad religiosa.

En la práctica, el emir detenta la totalidad del poder. Con ese poder absoluto, Tamim Al-Thani decidió en 2015 la participación de su ejército en la coalición de nueve países, dirigida por Arabia Saudita, que emprendió una operación militar en Yemen. Esa participación derivó en un torrente de acusaciones contra sauditas y qataríes que afectó la imagen internacional —cuidada hasta entonces con gran minuciosidad— de Qatar y su gobierno.

Desde entonces, los esfuerzos por volver a sacar brillo a su imagen han sido intensos. Equiparando, por ejemplo, los derechos de hombres y mujeres, dentro de lo que permiten las antiguas tradiciones islámicas en un país donde el desbalance es abrumador entre hombres (75,3 por ciento de la población) y mujeres (24,7), o investigando las denuncias de tratos abusivos contra trabajadores extranjeros.

Pero el mayor esfuerzo lo ha hecho en el ámbito del deporte, con la creación de Qatar Sports Investments, una corporación con múltiples intereses en empresas del sector, y sobre todo con la organización de grandes torneos internacionales, como los Juegos Asiáticos de 2016 y, en especial, el Campeonato Mundial de Fútbol de 2022, que empezará el 20 de noviembre venidero.

Para organizar el torneo, Qatar se preparó desde 2011, cuando le fue asignada la sede al terminar un proceso de selección repleto de denuncias de corrupción y compras de votos. Su propósito es concentrar durante un mes la atención del mundo para presentarse como un país potente y vibrante, con una economía dinámica y una tecnología de punta, cuyo sector turístico ha dejado atrás a todos los demás del planeta.

Con lo cual conseguirá, de paso, que quede en la penumbra la vigencia de un régimen autoritario, con un historial pobre de respeto por los derechos, las garantías y las libertades de las sociedades genuinamente avanzadas, mientras brillará el relato de un país yermo y pobre que en 1992 vivía con estrecheces del comercio de perlas y que en 2022 es el primero del mundo en renta per cápita y cuya riqueza —ya no encadenada al petróleo y al gas— no deja de crecer a un ritmo arrollador e imparable.

Una adicción de dimensiones colosales

Miles de millones de personas, de toda edad, sexo, ideología y fe, se sentarán frente a sus televisores desde el 20 de noviembre para contemplar ese espectáculo único y mágico, de emoción incomparable, que cada cuatro años paraliza al planeta y lo cautiva: el Campeonato Mundial de Fútbol. Cuando este fenómeno ocurre, en que las grandes decisiones políticas y los más tensos conflictos internacionales pasan a segundo plano, inadvertidos ante la magnitud del gran espectáculo, resulta indispensable preguntarse sobre el significado profundo del deporte en estos tiempos de vértigo total.

Hay, por lo pronto, un hecho evidente: ninguna multitud se reúne hoy en el mundo por motivos políticos o religiosos como lo hacen esas muchedumbres gigantescas que, por medio de la televisión, son congregadas por el fútbol. Y algo más: la industria del deporte (transferencias, contratos, giras, transmisiones, patrocinios, implementos, ropa…) crece con una rapidez de vértigo, a la vez que otras industrias, cuyos productos parecen más necesarios, caen víctimas de la crisis y la recesión. La pandemia les fue devastadora.

Resulta obvio, ante esa certeza, que en la actualidad el deporte no es tan sólo una actividad secundaria y marginal, cuyo auge —iniciado hace medio siglo— terminará siendo pasajero e irrelevante. Es que cuando una porción tan grande de las energías sociales se desvía hacia algo en apariencia trivial como es el fútbol hay que llegar a una conclusión: o el deporte no es una actividad secundaria y marginal o el mundo está asistiendo a una forma de evasión, acaso de adicción, de dimensiones colosales. Lo cual no está ocurriendo en tiempos de estoicismo y disciplina (como sucedía hace dos mil quinientos años, en la Grecia de las Olimpiadas), sino en épocas de pragmatismo y utilitarismo absolutos.

Y es que el deporte, como expresión masiva, no tiene nada de pragmático ni genera ninguna utilidad tangible e inmediata. Sin embargo, millones de personas corren a diario detrás de una pelota por el solo placer, primario y elemental, de hacerlo. Y, más aún, miles de millones se instalan cada cuatro años ante sus televisores, con una concentración cercana a la devoción, cuando el Campeonato Mundial de Fútbol llega para trastornarlo todo. ¿Buscan esas multitudes algo más que un rato agradable? ¿Buscan, acaso, una forma sutil y no nociva de evasión, refugiándose en el deporte como otros se refugian en las drogas o el alcohol?

Esas preguntas serían insubstanciales si el tema no involucrara a multitudes tan inmensas y fervorosas. Algo está ocurriendo en las sociedades contemporáneas. En todo caso, es innegable que en el mundo actual —caracterizado por una red de comunicaciones que pone en contacto inmediato a cada persona con todas las demás— se sienten con más fuerza los conflictos y las disputas. El planeta parece estar fracturándose y dividiéndose sin remedio. Por eso el fútbol, como ninguna otra actividad, es hoy un lugar de encuentro y comunión, porque ha llegado a crear un espacio para la convergencia planetaria, que une y reúne por encima de fanatismos y patrioterismos, para que los seres humanos descubran que, en el fondo, todos son iguales…

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