Producciones Capricho
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Producciones Capricho

Producciones Capricho

Por Ileana Matamoros
Fotos: María Grazia Goya

Nelson Palacios es uno de los directores más prolíficos del país. Pasa de los 50 años y vive en Durán, en la quinta etapa de El Recreo. Probablemente su nombre no le suene. Ninguna de sus películas se ha estrenado en salas comerciales, pero tiene a su haber 26 largometrajes que viene produciendo hace seis años a un ritmo vertiginoso, con títulos como El dolor de ser pobres, La niña abandonada o El llanero vengador. Son melodramas, historias tristes o románticas hechas con más ganas que técnica. Sus protagonistas son personas comunes, sencillas, pobres. Nelson no tiene —lo que se dice— una formación cinematográfica. Nació en el campo, llegó hasta el básico de secundaria, migró a Guayaquil, se radicó en Durán y pasó muchas dificultades para no dejar morir su sueño adolescente de hacer películas. Puede que sus producciones no alcancen (¿todavía?) el nivel de calidad que exigen los códigos —estéticos, intelectuales, comerciales— del llamado séptimo arte, pero su vida y obras destilan tesón, y sobre todo amor por lo que hace. Nelson Palacios es un verdadero amateur del cine.

Casualmente, Nelson hizo su primer filme en 2006, el mismo año en que se aprobó (al fin) la Ley de Fomento al Cine Ecuatoriano (el primer proyecto llegó al Congreso en 1980). Pero él nunca ha aplicado a un fondo concursable: “Mucho trámite para mí”, dice. Se autodefine como un “realizador popular, no académico y no comercial”. Nelson hace sus películas con una cámara casera y la ayuda de familiares, amigos y vecinos. Es, además, imprescindible la participación de actores aficionados —a los que el llama alumnos—, por lo general, personas de provincia que adquirieron en el dinámico circuito pirata alguno de sus DVD y respondieron al llamado de: “¿Quieres actuar en la próxima película de Producciones Capricho?”. Son ellos quienes cubren con su aporte —de 80 dólares— los gastos de alimentación y movilización del equipo de rodaje.

Bajo tierra

En algunos periódicos cantonales, ya salían reseñas sobre las películas de Palacios cuando en 2009 formó parte —junto a otros directores fuera de los márgenes como él— del libro y la muestra Ecuador Bajo Tierra, una iniciativa del investigador y cineasta quiteño Miguel Alvear, quien ya había estrenado la galardonada Black Mama y poco después dirigió Más allá del Mall: un filme entre los límites del documental y la ficción que explora el perfil de realizadores autodidactas —entre ellos Nelson— y su forma de producción y distribución.

Pero aquel “descubrimiento” y sus posteriores cameos en esferas ilustradas no han afectado la forma de ser ni de contar historias de Nelson. A menos de un mes de haberlo fotografiado en el mercado de Durán mientras dirigía y actuaba en un escena de Cuando nos toque llorar, nos recibe con el DVD ya listo: en un paquete sellado y diagramado al estilo de las colecciones piratas, su portada lo anuncia como “La mejor película en Blue Ray”, y dice pertenecer a un conocido estudio norteamericano. El diseño no lo hace Nelson, sino los comerciantes de La Bahía que, como pago por reproducir, distribuir y vender sus películas, le entregan un número de copias que él reparte entre sus conocidos. “Yo no paro de hacer películas, eso es lo mío”, dice, y anuncia que ya está a punto de empezar a editar Sentimientos de Jashy, que será la número 26 y la primera que protagoniza su perro, Jashy, encarnando a una mascota que busca desesperadamente a su amo.

Flashback

Para conocer el origen de este entusiasmo casi invencible que ha decidido ignorar las barreras técnicas y económicas que aparentemente impone el arte-industria, imaginemos sonido de arpas y una vista panorámica del campo costeño, una pequeña finca sembrada de plátano y cacao, y un título en pantalla que diga “37 años atrás…”

En su casa no había televisión. Nelson tenía 14 años cuando fue por primera vez al cine, durante un viaje a Quevedo. No recuerda el título, pero considera a esa película el episodio que cambió su vida. De regreso a casa empezó a inventarse diálogos y situaciones que interpretaba frente a las plantas, como si fueran actores de soporte. Obviamente, cuando lo descubrieron hablando a los árboles sus padres se preocuparon, pero tanto explicó y rogó que —como quien le sigue la corriente— acordaron mandarlo a la ciudad para que estudie “eso de las películas”.

“Como pasó el tiempo y nada se concretaba —relata Nelson—, decidí huir a Quevedo, que era para mí la gran ciudad, la única que yo conocía. Me fui llevando dos gallinas y una canasta de huevos… Y en el camino me encontró papá. Alguien lo había enterado, me buscaba correa en mano. Pero no me hizo nada. Me miró con ternura, me abrazó y me llevó a la casa. Él no entendía mi mundo, pero me quería mucho”. Dos meses después lo volvió a intentar, y esta vez planificó mejor: esperó a que empezara Esmeralda, la famosa radionovela que su padre no se perdía por nada, y huyó por el río. Calculó que hasta que terminara el programa ya estaría estar lejos de su alcance. Y lo logró.

Llegó, en Quevedo, a la casa de un conocido de la familia, allí escribió un libreto y convenció a sus nuevos vecinos de actuar en las plazas. Pero los padres pronto supieron en qué se hallaba el huidizo hijo. A Nelson también le llegaron noticias: papá estaba bravísimo, para él eso de pasar la gorra era cosa de vagos, era pedir limosna. Presintiendo, ahora sí, el inminente cinturón del progenitor, Nelson juntó sus cosas: “… y antes de que me agarre me fui para Guayaquil. Todavía era menor de edad, si me atrapaban, me llevaban para adentro”.

En Guayaquil vivía su hermano mayor, Carlos, que era cantante aficionado. Junto a él participó en concursos de radio, escribió un par de canciones y hasta grabaron un disco de 45 RPM. Pero nunca llegó a convencerlo de que le compre una cámara de video. El tiempo pasaba y la frustración del joven crecía. Intentó pedir trabajo como actor en varios canales, pero no lo dejaron ni entrar. “Me sentí vencido —confiesa— y tiempo después me hice de compromiso. Me vine a vivir a Durán y tuve que trabajar para mantener a mis cinco hijos”. Montado en una carretilla recorriendo las calles de Durán, Nelson vendía artículos de plásticos.

Recién cuando su hija mayor, Sarita, estaba por cumplir 20 años, consiguieron una cámara casera, empezaron a rodar la primera película de Producciones Capricho, ella aprendió a editar y se convirtió en su mayor apoyo. Pero para la madre de sus hijos todo aquello no era más que una pérdida de tiempo y dinero, una locura irresponsable. Ella no soportó más y se fue de casa, dejando a los niños con el padre. Aunque hoy tienen una buena relación, aquel abandono marcó un punto de giro en la vida de Nelson y el tema de hijos que buscan a su madre se volvió recurrente en sus relatos.

Entre las películas y el comercio de plásticos, Nelson sacó adelante a su familia. Hoy Sarita es abogada, trabaja en la Fiscalía y ya no puede ayudar en las producciones de su padre como antes, pero con su salario mantiene la casa y lo apoya “para que siga en lo suyo”.

Hace tres años, el padre de Nelson —que hoy vive en el Oriente, en el Coca— lo llamó por teléfono, llorando. Por algún designio de la piratería, había llegado a sus manos una película dirigida y protagonizada por aquel díscolo hijo que hablaba con las plantas: “Te vi mijo, te vi —sollozaba—, ahora te comprendo, sigue adelante, pronto vas a estar entre los grandes”. Lo cuenta con un nudo en la garganta.

El experimento

Hoy sobre el escritorio de Nelson Palacios, hay un libreto original de Un tranvía llamado deseo (la obra teatral de Tennessee Williams que Elia Kazan llevó al cine en 1951), junto a otra carpeta con escenas de una versión criolla del clásico protagonizado por Marlon Brando y Vivian Leigh. En la tapa dice: Un tren llamado deseo, por Nelson Palacios y Miguel Alvear.

“Es una idea de Miguel Alvear. Justo acabo de estar en Quito trabajando en esta adaptación, junto al profesor León Sierra. La propuesta es sacar de estos dos mundos —el académico y el independiente no comercial— un resultado interesante. Estoy en esto en calidad de experimento”, sonríe Nelson.

El cine tiene esas cosas. Por eso algunos dicen que está hecho “del material con el que se tejen los sueños”, parafraseando a Humphrey Bogart en El halcón maltés: una película sobre un grupo de personas que buscan un objeto precioso cuyo valor real, al final, no importa. Solo es un pretexto para contar la historia.

Recuadro

Una producción prolífica

Anualmente en el país se produce un sinnúmero de largometrajes no comerciales para las grandes salas de cine. He aquí algunos de los títulos de estas producciones:

  • En busca del tesoro perdido, Avaricia, Sicarios manabitas.
  • Cráneo de oro, Tráfico y secuestro al presidente.
  • Chuchipac Navidad, María, Atun Aya, Pollito regresa, El pastorcito de Otavalo.
  • Nuestra bella historia de amor, Régimen merojero, Una mejor herencia, Cairos mensajero, Libertad en Cristo, Luz sobre las tinieblas.
  • Descartes, Prometeo deportado.
  • Lágrimas de una madre, primera versión; Lágrimas de una madre, segunda versión, Sueño de morir, Cuando los hijos se van.
  • El aborto, Demasiado tarde, Masacre vía a la costa, El amor duele, Déjate llevar, Sucedió una noche, Piel de hombre, Doble trampa, Un extraño en mi casa, Atrapada, Destino cruzado, La inquilina, Versátiles.
  • Arcilla indócil, La última erranza, Cabeza de gallo, El éxodo de Yangana, Tahual, tragedia del Austro, Migrante.
  • Barahúnda en la montaña, Volver a nacer.

www.flacsoandes.org/antropologia_visual/index.php?option=com_content&view=article&id=148:ecuador-bajotierra&catid=3:newsflash&Itemid=70

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