Por suerte, nos quedan los libros…
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Por suerte, nos quedan los libros…

Por Ana Cristina Franco ///

fRANCO

“La vida es una búsqueda del tesoro”.

Keri Smith

 

Últimamente, cada vez que voy a una librería, termino en la sección de niños. La parte de “adultos” casi nunca tiene los títulos que busco, tampoco hay una buena oferta de libros de ciencias ni de magia, ni siquiera hay buenos atlas. Pero debo ser sincera, aunque encuentre libros de mi interés (la verdad es que muchas veces sí los hay) creo que lo que hace que me sienta incompleta es la falta de imágenes. Sí: extraño los dibujitos. Hoy en día las ilustraciones han sido relegadas al universo infantil, como si tuvieran más que ver con la fantasía que con los asuntos “serios” (como si la fantasía no fuera un asunto serio), lo cual no me desagrada. En cambio, la sección infantil, ofrece planetas, flores, estrellas, nubes. Allí estaba yo, delirando en una librería de niños una mañana soleada, entonces encontré el regalo para mi amiga secreta menor, mi hermana Doménica, de diez años. Se trata de un libro que se llama Cómo ser un explorador del mundo. Cuando lo ojeé, me gustó tanto que dudé en dárselo. Solo diré que mi padre, que es antropólogo, lo calificó como una “guía etnográfica para niños”. En efecto, es una especie de manual para nunca perder el asombro. El libro, escrito (o creado) por Keri Smith, no solo es para niños y, sin embargo, destila magia. A manera de estudio científico, Smith da pasos para explorar el mundo, para abrir la percepción, para adorar lo inútil. Además, tiene citas de John Cage, Anaïs Nin, T. S. Elliot. Hace mucho tiempo que no sentía esa sensación de magia. La presencia de ese libro me hizo recordar que un libro ante todo debe ser eso: magia. Recordé el cliché sobre “el maravilloso mundo de la infancia”, “el niño que llevamos dentro”, etc. y me pareció injusto y desmedido. Nunca me sentí identificada. No recuerdo haber tenido una infancia de película, de hecho, me costaba adaptarme y quería crecer para tomar mis propias decisiones, pero lo que sí recuerdo con devoción era la sensación tan intensa (que venía por momentos) de magia que me provocaban las luces de Navidad, los espejos (uno de mis juegos favoritos era poner el espejo a la altura de la quijada y caminar por el techo. No lo intenten en casa), los colores fosforescentes, la idea de los laberintos, en fin, algunas cosas que de alguna manera me remitían a un misterio, listo para ser resuelto. Esa sensación en la adultez es cada vez menos frecuente. Sin embargo, hay un invento, hay un secreto, que siempre provocará (al menos en mí) esa sensación de belleza y vértigo que parecía ya olvidada: los libros. Con o sin dibujos. Tengo la compulsión de comprar libros, y ya no solo me atraen por su contenido, sino también por sus dibujos o su título, por ejemplo, el otro día compré uno viejo de ciencias naturales llamado Hombre tiempo y fósiles.

La misma mañana que compro el regalo para mi hermana compro otros libros para mí y quiero llegar a la casa. Estoy ansiosa. Tener libros en la cartera a veces es como tener una bomba en la cartera. En mi casa no hay nadie, estoy sola, en mi cuarto, con una montaña de libros que quién sabe a qué rato leeré… Me doy cuenta de que no puedo compartirlos con nadie. De un momento a otro, el sentimiento de euforia se transforma en tristeza, con la misma fuerza. Leer me recuerda que estoy sola. Es verdad que cuando lees nunca más estás sola, pero también es verdad que leer es un vicio que, como las drogas, te aísla del supuesto mundo real, también es verdad que nunca (o muy pocas veces) encontrarás cómplices que sientan la misma devoción por el mismo libro. Y eso es triste y es hermoso a la vez.

Los libros… hacen que no haya perdido la costumbre de creer que en las hendijas de la pared hay agujeros secretos para transportarse a otras galaxias. Los adultos también jugamos: los libros son juguetes.

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