Skip to main content

¿Por qué matar si se puede escribir?

por Leisa Sánchez

Por Desirée Yépez.

Fotografía: Gianna Benalcázar.

Edición 461 – octubre 2020.

El autor de Pequeñas historias cochinas, Historia sucia de Guayaquil, Ecuador escondido —crónicas y relatos—, y La piel es un veneno escribe para encontrar respuestas. El realismo sucio es una forma de descarga ante la vida.
13 word image 58
ESCRIBO PORQUE NO COMPRENDO NADA Y TRATO DE ENTENDER AL MENOS A LOS SERES
HUMANOS A TRAVÉS DE LA ESCRITURA, DE LA COMPLEJIDAD DE LO QUE ES UNA PERSONA Y
PARA MÍ LA FORMA QUE YO HE ENCONTRADO DE ENTENDER ESTE MUNDO Y A LA GENTE QUE LO
HABITA ES LA ESCRITURA.

Tenía cinco años y estaba perdido. Caminaba sin rumbo por las calles de Bahía de Caráquez, mientras su padre mataba las horas con una mujer. Vagaba solo y una señora que lo vio se apiadó y lo llevó a su casa. Ese día de 1973 fue —sin saberlo— el principio de una relación tormentosa, apasionante, dolorosa, delirante, excitante e infinita.

Francisco Santana, el niño extraviado, encontró refugio en el hogar de la manaba y sus dos hijas. Ellas le enseñaron a leer, entretenían a aquel mulatito, ojos de pechiche y cabello negro crispado con una revista de El llanero solitario.

Cuarenta y siete años después no hay certeza de cuánto tiempo estuvo en ese lugar extraño; pero fue el suficiente para entender cómo funciona el abecedario. Era feliz, no quería irse, hasta que llegó papá. Él lo golpeó por haberse perdido y lo arrancó de las faldas de aquella persona con quien pudo conocer el cariño.

[rml_read_more]

Si la mayoría de escritores utiliza accesorios y decorados de su vida: Francisco Santana (52) no es la excepción. La literatura del guayaco se alimenta de la violencia, las mujeres y la calle.

*** 

Sábado 18 de julio. 16:30. Quito. La pandemia se ensañó con la capital que se convirtió en el epicentro del contagio. El Negro está varado desde hace cuatro meses en una ciudad que no es la suya, cuyo hermetismo y melancolía siente ajenos. Abre la puerta de la casa del literato Andrés Villalba Becdach, alias el Tush, donde se aloja, mientras resuelve cómo volver al Guayas.

Aparece sin mascarilla, con una camiseta negra de la banda guayaquileña Agente 86, pantaloneta beige y zapatillas. Un cintillo a cuadros rojo, azul, turquesa aquieta sus rastas bicolor —raíces grises y puntas negras— que caen a lo largo de toda su espalda, así como lianas en la selva.

Desde 2002 no se corta el pelo. Su peinado es sinónimo de rebeldía. Es una suerte de protesta que inició tras su paso por la unidad educativa San Agustín, donde el inspector manos de tijera atacaba la cabeza de los estudiantes que llevaran lo que él consideraba cabello largo. Luego llegó al diario El Universo y conoció las dreadlocks: se puso fijador en las manos y esculpió la melena. Antes de morir, el entonces director del periódico, Carlos Pérez Perasso, le pidió que se las corte. Santana lo hizo al ras. Fue la última vez.

“A veces me apuestan las rastas… pero yo solo apuesto cuando sé que voy a ganar”, asegura y toma un buche de Club Verde. Ríe a carcajadas. Ríe fuerte. Ríe desde adentro. Y cuando ríe se le avivan los ojos, esos que han visto la desmesura y la desproporción; ríe como quien desde la risa sabe desafiar al dolor.

*** 

“Es un imán”, dice su hija Danielle (treinta). “Es furia en calma”, dice Peter Aguirre (44), uno de sus amigos cercanos. “Es un volcán que duerme”, dice Alice Goy-Billaud (31) escritora y expareja.

Entre las metáforas se dibuja un hombre de 52 años, a quien la vida le ha pasado “de una forma muy tremenda”.

Santana es hijo del suburbio oeste del Puerto Principal, de ese rincón que él ha descrito como vertiginoso, caótico y poco amable. Una casa de caña, levantada sobre la 36, entre Bolivia y Vacas Galindo, fue el escenario de su niñez. “En Guayaquil, cuando las calles ya no tienen nombre, piensas: ¡aguanta, allá no hay que ir!”, advierte con sorna.

El barrio de la infancia es duro. Ahí el lodo podrido se surca a pies descalzos, sin camiseta, y se convive con la música de Julio Jaramillo, el verde, el arroz con menestra y la droga. Él es un sobreviviente del estero Salado. Los amigos con quienes se bañó en ese brazo de mar que agoniza, con quienes atrapaba ostiones, mejillones, jaibas, ya no existen. Algunos se hicieron ladrones y los mataron. Otros… la vida los eliminó. Están muertos.

“Yo vengo de ahí”, recuerda. “Somos la gente que pasa por nosotros”, reflexiona. Su padre, un marino que murió ahogado cuando él tenía ocho años, fue un tipo violento. Cada garrotazo sobre su cuerpo le recuerda por qué no cree en la violencia. “¿Quién chucha puede defender la violencia cuando la ha sufrido?” y toma otro trago de cerveza. Él dispara la agresividad en las letras. “Es veneno lo que hay, veneno es lo que sobra y mata a todos”.

"La única manera de escribir así es habiendo vivido”, reconoce Danielle. “Es impredecible”, reconoce Peter. “Cuando le pedía cariño me decía: ‘no soy un hombre cariñoso, porque no me enseñaron a abrazar, no te puedo dar lo que no aprendí’”, reconoce Alice.

*** 

Cuenta la leyenda que, a mediados de marzo de 2002, El Universo contrató una clínica de periodismo con Miguel Ángel Bastenier (+). El catalán era entonces subdirector de El País de España, pero, sobre todo, una de las voces más críticas y uno de los referentes de la vieja escuela, de esos que creía que había que contar el cuento y contarlo bien. Francisco era diseñador y —despotricando entre dientes— asistió al curso que marcaría su vida.

Se acomodó en una silla al final del auditorio. “Un extranjero más que viene a decirnos cómo hay que hacer las cosas, alguien que cree que tiene el secreto, la panacea”, pensó molesto.

El maestro de la Fundación para un Nuevo Periodismo Latinoamericano (FNPI/ Fundación Gabo) cogió un ejemplar del diario ecuatoriano y dijo: “¡Esto no es un periódico, toco esto y me da cáncer de lo malo que es!”. Santana no lo podía creer. “¡Guau!, ¿de dónde salió este tipo?”, se preguntaba.

“¡Esto no es una redacción, esto es un cementerio, esta gente está muerta”, recriminaba Bastenier, muy a su estilo. Santana estaba en éxtasis. “¿Quién es este man?”, gritaba en su cabeza.

“¡¿Dónde están los periodistas?!”, reclamaba el español. Y empezó a hablar de su tesis de literatura comparada sobre Truman Capote, quien afirmó que inventó la novela de no ficción luego de leer la crónica en un periódico… Pero Francisco alzó la mano y lo interrumpió:

—Claro, A sangre fría.

—Estás muy lejos, acércate —le dijo Bastenier.

Santana se acercó y repitió:

A sangre fría. Él (Capote) estaba en Nueva York y leyó la noticia de una familia asesinada en Kansas. Los Clutter.

—Acércate un poco más, no me tengas miedo… ¿Cómo te llamas?

—Francisco Santana.

—¿En qué sección escribes?

Y se escuchó el grito desesperado de los demás asistentes:

—¡No, no, él no es periodista, él no escribe!

—¡Le pregunté a Francisco!

—No, yo no escribo, yo soy del departamento de Arte.

Bastenier continuó: —Capote viajó a Kansas, porque inicialmente era una investigación periodística y después vio que podía construir una novela con eso… Santana:

—Pero, claro, Norman Mailer…

—¡Norman Mailer!

—Claro, en Los ejércitos de la noche.

—¡Coño… pe, pe, pero… tú has leído! Tú no eres Francisco, tú eres Paco. Paco, dime Miguel. Paco y Miguel van a hablar, el resto se calla.

Francisco estaba cohibido. Mientras esto pasaba se cuestionaba a sí mismo por qué no se callaba.

—Paco, ¿qué pasa?

—Tal vez yo no debería opinar de estas cosas.

*** 

Bastenier no le perdonó la interrupción y se empeñó en reclutarlo. Ese mismo año Santana tuvo que viajar a Madrid e instalarse para hacer una pasantía como periodista en El País, en Madrid. “El periodismo no se estudia, se hace, es un oficio”, “evangelizaba” el maestro.

Pancho estudió Periodismo, Diseño y Literatura; pero no terminó ninguna carrera. “Siempre pensé que los profesores eran más brutos que yo”. Tenía miedo a escribir, a enfrentar los fantasmas en su cabeza.

España fue un punto de no retorno. En ese país pudo comprar La trilogía sucia de La Habana, de Pedro Juan Gutiérrez y encontró un espejo. En las páginas del escritor cubano halló una posibilidad: “¡Qué hijueputa, esto es parecido a Guayaquil!”.

“Pedro Juan vive al borde del precipicio, en el corazón de La Habana. Disecciona sus alrededores con habilidad de cirujano experto. Sin temor hinca su bisturí afilado, escarba en las entrañas, y lo revuelca todo, irrespetuosamente: sexo, hambre, política, erotismo, desencanto, anhelos, ron y buen humor”, reseña la crítica al caribeño.

*** 
word image 60

Historia sucia de Guayaquil (2012) es la primera novela de Francisco Santana y está dedicada a Pedro Juan Gutiérrez. Siete años después, en diciembre de 2019, presentó su continuación, La piel es un veneno, que la dedicó al brasileño Rubem Fonseca.

Santein, un periodista guayaquileño negro marginal con anhelo de convertirse en escritor, es el protagonista de estos relatos de realismo sucio que suenan a jazz, samba, rock, soul, grunge y salsa. Su vida transcurre entre bares de esa “ciudad escondida”, El Gran Cacao, Barricaña, La Culata, Palo Santo… y se cuenta por medio de las huellas que le dejan los cuerpos de mujer.

word image 59

¿Cuánto de Santana vive en Santein? ¿Cuánto de Santein habita en Santana?

Para Danielle, “mucho de Santein hay en Santana. Mucho, por no decir todo. Eso ha sido un aliciente para no quedarme callada. Si a mi papá no le da miedo hablar de estas cosas, si no le importa, entonces yo también puedo hacerlo”.

Para Peter, “es su esencia, su vida. Son las cosas que conozco de él, que he escuchado de él, que he compartido con él”.

Alice hace un silencio breve y ríe antes de responder. Para ella, “se entiende a Santana leyendo a Santein”. Y aclara que no sabe si se parecen o no, pues ella llegó más tarde a la vida del escritor. “Yo conozco a un Santana cansado de la vida que ha tenido, desilusionado”.

“Traté de construir un alter ego y no sé si me salió”, zanja él. Solo es posible escribir si se tiene una imaginación prodigiosa o si se tiene algo que contar. Y si no vives, ¿cómo lo haces?

***  

Tras la muerte del padre, Leonor adoptó a Francisco como su hijo. Ella es quien lo enchufó con la lectura presentándole El jugador de Dostoievski. Después llegó El arte de amar de Erich Fromm. “Mi relación con la vida y el mundo tiene que ver mucho con las mujeres y eso se ve en mi literatura”.

Ahí también están quienes lo marcaron. “En Santein hay muchas de esas mujeres que me han dejado marcas y huellas profundas”. Una vez con una novia compró una casa y, cuando se separaron, él se quedó sin nada… Estuvo muy enamorado de una que lo dejó por otro: lloró días, no salió de casa ni fue a trabajar y hasta pensó en hacer un conjuro de brujería para que volviera. Después de ella se juró que no volvería a estar así. “Sé que me marcó, porque me prometí nunca más estar tan profundamente enamorado para dejar de ser yo”.

Por una mujer, hace treinta años, fue a prisión. Después de convivir con violadores, asesinos y criminales durante tres días en “la lagartera” del Cuartel Modelo por un robo que no cometió, confirmó que la violencia te destruye como ser humano. La cárcel es un asunto del cual todavía no puede escribir. “Ninguna historia tiene que ver con vivirla”.

*** 

Si los escritores tienen un padre literario, el de Francisco Santana es Jorge Velasco Mackenzie. También guayaco, también marcado por los excesos y por esa devoción a la escritura. A él lo conoció cuando tenía diecinueve años en uno de los talleres de creación literaria que dictaba en la Casa de la Cultura.

"Usted escribe pura mierda, pero tiene estilo, quédese con eso y saque lo otro de su escritura”, le recomendó Velasco. “Sacar la mierda te cuesta años. Todavía no creo haberlo logrado”, dice El Negro. No lo hace como falsa modestia.

Francisco Santana escribe para encontrar respuestas. Se aferra a la literatura como lo hizo a las faldas de aquella mujer cuando niño: como si fuera su salvavidas.

Etiquetas:

Autor

Acerca de Leisa Sánchez

Su gran motivación e interés periodístico son los temas históricos y culturales.
SUS ARTÍCULOS