¿Por qué están tristes los waorani?
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¿Por qué están tristes los waorani?

Por Xavier Gómez Muñoz.

Fotografías: Wikipedia y X. G. M.

Edición 454 – marzo 2020.


Los waorani han ido perdiendo su identidad, sumado a la precariedad de sus condiciones de vida, salud, educación, deterioro del medioambiente… y las narrativas del mundo occidental que consumen por televisión satelital e Internet.

Que el mestizaje es un proceso de cinco siglos en América no es verdad para todos. Lo espeso de la selva amazónica, su lejanía y misterios postergaron durante siglos el encuentro de Occidente con algunos grupos étnicos. En el pedazo de la Amazonía que corresponde al Ecuador, por ejemplo, está el grupo tagaeri-taromenane, que ha preferido vivir en aislamiento voluntario —grupos no contactados, los llaman—, y otro, emparentado con el anterior, aunque con apenas siete décadas de vínculos con la civilización, los waorani.

Arrinconados en la selva es un libro editado por el Centro de Publicaciones de la Universidad Católica que hace un diagnóstico sobre un tema en el que pocos se han interesado: ¿Qué pasa con la salud mental y educación de los waorani? Las autoras de la obra, Marie-France Merlyn (editora), Elena Díaz, Liliana Jayo y Verónica Cano (docentes investigadoras de Psicología y Biología de esta universidad), me reciben en una oficina para hablar de su investigación y experiencia con las comunidades waorani.

Esta investigación, inicia Marie-France Merlyn, surgió de un pedido de la Estación Científica Yasuní que está a cargo de la Universidad Católica y se encuentra en el bloque 16 del parque del mismo nombre. Allí se realizan estudios sobre todo en el área de biología y ecología, pero, debido al contacto que los investigadores tienen con las comunidades, detectaron problemáticas sociales que desbordan sus áreas de conocimiento y solicitaron la colaboración de otras facultades de la universidad.

Para acercarse a la realidad de los waorani un primer grupo de antropólogos, educadores y psicólogos viajó a las comunidades Guiyero, Timpoka y Ganketapare, en el Parque Nacional Yasuní, ubicado en las provincias de Orellana y Pastaza. A partir de esa experiencia, se realizaron varias propuestas de investigación e intervención. La propuesta ganadora fue presentada por la facultad de Psicología, tuvo una duración de dos años dedicados a la detección de necesidades en el área de psicología clínica y educativa y, en una segunda etapa, a la sensibilización de las comunidades. Esto último, señala la editora, consistió en “ofrecer herramientas, en función de la población (mujeres, niños, adultos), para que se vayan apropiando de sus problemáticas y sepan que ellos son quienes tienen la potestad de cambiar su realidad”.

El proyecto se ejecutó entre 2016 y 2017. Durante ese tiempo, las investigadoras realizaron cinco viajes de alrededor de una semana a las comunidades, levantaron unas sesenta entrevistas a diferentes actores de la población: allí viven 139 personas, según datos de la Estación Científica Yasuní, y en 2018 se dedicaron a plasmar los resultados en el libro Arrinconados en la selva, que fue reconocido con el Premio Enrique Garcés del Municipio de Quito a las obras más relevantes de 2019 en el ámbito de la ciencia y la cultura.

Verónica Cano es la única investigadora del grupo con título de bióloga —las demás son psicólogas clínicas y educativas—, pero por su experiencia en otros proyectos de la Estación Científica Yasuní y conocimiento de las comunidades, fue elegida para escribir el primer capítulo del libro. Por tratarse de un pueblo de reciente contacto, explica la investigadora, “los waorani constituyen uno de los grupos más intrigantes del mundo”. El primer registro histórico que se tiene de ellos es de finales del siglo XIX, durante la llamada fiebre del caucho en la Amazonía ecuatoriana: eran los mal llamados “aucas”, una palabra kichwa utilizada para referirse a indígenas opuestos a la autoridad o no civilizados. Existe otro encuentro significativo en la primera ola de explotación petrolera, a partir de 1937, y hubo un tercero y definitivo en los años cincuenta, cuando una misión evangelizadora llamada Instituto Lingüístico de Verano estableció contacto con una mujer waorani llamada Dayuma y empezó el proceso de aculturación.

Desde entonces la cultura ancestral de los waorani —sus costumbres y tradiciones, su lengua, su cosmovisión y otras formas de estar y entender el mundo— entró en contacto con la civilización occidental. “Son aproximadamente setenta años en los que los waorani han tenido que tratar de asimilar nuestra cultura, de manera brusca y apresurada, y han sido impactados profundamente por la modernidad y una sociedad cada vez más tecnologizada”, explica Cano.

En ese choque la cultura dominante se ha impuesto sobre la ancestral. Los waorani han ido perdiendo su identidad, según los testimonios recogidos en el libro, lo que, sumado a la precariedad de sus condiciones de vida, salud, educación, deterioro del medioambiente… y las narrativas del mundo occidental que consumen por televisión satelital e Internet —las investigadoras señalan que casi todos tienen tabletas o smartphones y conexión a la red en varios puntos gratuitos—, ha generado frustración, que se traduce en tristeza profunda o depresión y, a su vez, se expresa en otros problemas sociales (elevado consumo de alcohol, intentos de suicidio, violencia intrafamiliar y de género), explica la investigadora Liliana Jayo.

Según lo expuesto en Arrinconados en la selva, los malestares más frecuentes de los adultos waorani están relacionados con el consumo de alcohol, las peleas entre miembros de la comunidad y la educación. A los adolescentes les afligen las peleas, los problemas comunitarios y los suicidios e intentos de suicidio. Los niños y las mujeres sufren por el alcoholismo de los mayores, la violencia intrafamiliar y el castigo físico.

Los hombres de las comunidades waorani se dedican al consumo de alcohol principalmente los fines de semana, con más intensidad en fiestas y en la feria de Pompeya, una parroquia rural de Orellana adonde llegan para abastecerse y comercializar sus productos. Beben sobre todo cerveza, que llega en embarcaciones, y licor artesanal. Sobre la violencia intrafamiliar y de género, en la publicación se leen testimonios de niños:

“Borracho, pegó y yo estaba ahí llorando. Me pegó con la correa y otra vez vino”.

“Para cuando mi papi se tomaba las cervezas ya se emborrachaba y un día nos quemó la casa. Borracho, quemó la casa con gasolina. Nosotros nos fuimos”.

“Cuando nos pegan, nos hablan, nos sentimos tristes. Yo casi me muero una vez”.

Y de mujeres:

“Sí, y hasta queriendo matar me cogió una vez… Cogió lanza y quería apuñalarme y yo lloré y me asusté y dije: ‘por favor no me hagas más daño’”.

“Mis hijos, por eso, no quieren al papá. A veces cuando ven que ya está tomando por ahí me dicen: ‘mamita, papito te va a pegar otra vez. Por qué no coges todas las cosas y no me llevas a otro lugar para estar feliz’”.

En cuanto al diagnóstico a nivel educativo, Elena Díaz menciona varias carencias en las comunidades waorani: los niños estudian en un idioma que no es el suyo —español— y mediante libros escritos en esa misma lengua —aun cuando la Constitución garantiza el derecho de las personas a aprender en su propio idioma y ámbito cultural—, la única escuela es prácticamente unidocente —“dispone de una rectora kichwa y un profesor contratado por la petrolera Repsol”—, no hay docentes waorani ni instituciones de educación secundaria, hace falta material didáctico, existe alta rotación de profesores, entre otras deficiencias que impactan en el aprendizaje.

Como parte de la etapa de sensibilización del proyecto en el área educativa, Díaz agrega que se compartieron los hallazgos de la investigación con las comunidades y, mediante el diálogo participativo, se logró construir ideas: “dejar un legado sobre la educación”. Además, se realizaron talleres para enseñar a las comunidades a elaborar material didáctico con elementos reciclados. Así, cuando un profesor sea cambiado o el material didáctico falte o se deteriore, la comunidad sabrá qué hacer.

Luego de una experiencia vivencial y académica de más de dos años, las investigadoras coinciden en que para mejorar la situación de los waorani es fundamental la intervención del Estado. “No se trata de romantizar ni de pretender que los waorani se mantengan primitivos como cuando los contactaron —dicen—, sino de ayudarles a mantener los aspectos culturales de su identidad y, al mismo tiempo, tenderles puentes hacia esta civilización” con la que, para bien o para mal, ya están vinculados. Caso contrario, seguirán siendo un pueblo marginado, arrinconado en la selva.


Arrinconados en la selva. Salud mental y educación en las comunidades waorani de Guiyero, Timpoka y Ganketapare constituye una primera aproximación desde la psicología de la realidad a nivel clínico y educativo de tres de las 36 comunidades que componen el pueblo wao.

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