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EDICIÓN 500

La política ecuatoriana: tres historias distintas con resultados similares

por Santiago Basabe

Para esta edición también hicimos una lectura de los escenarios políticos que ha atravesado el Ecuador. En este contexto, los últimos cuatro decenios han sido movidos por corrientes fuertes que han arrasado, a su modo, con lo que encontraron a su paso.

De esa forma se puede resumir el transitar político del Ecuador entre 1979 y 2023. Son historias protagonizadas por actores diferentes, escritas a partir de guiones diversos y edulcoradas con tramoyas de colores y efectos variados.

Aunque las tres representaciones se distancian en la forma, en el fondo llegan a conclusiones parecidas. En todas ellas, el final, ese ansiado final, es de pesadumbre, lágrimas y escepticismo para el público esperanzado.

Sin embargo, ese público, el común de los ecuatorianos, no ha dejado de poner su esperanza porque, al salir del teatro, en la siguiente presentación, la sonrisa adorne al niño, al joven, al artesano, al profesional, al jubilado. Pueblo valiente, podríamos decir. Pueblo, condenado al engaño y la reacción tibia, podríamos decir también.

Cuando retornamos al régimen democrático los militares dieron un paso al costado, aunque sin perder el ojo de lo que podrían ser las represalias de ciertos actores, anulados en el pasado y cargados de poder ahora. Si bien el patán de noble corazón había sido reducido, siempre la retaguardia tenía que estar alerta.

Al final, ni acá ni en ningún país de América Latina las bayonetas bajaron por voluntad propia, sino porque era mejor hacerlo ese momento, antes de que las aguas se ensucien.

Aparece entonces una clase política diversa bifronte, la de los patriarcas de la componenda y la de la nueva intelectualidad política, esa que luego llegará a Carondelet en la década de los ochenta. El acuerdo generalizado, aunque con roces y riñas, estaba anclado a la necesidad de partidos políticos que permitan competencia y representación. Había que reconstruir las instituciones en unos casos y darles otra forma en otros. La gente atenta, alerta, esperanzada. Llega la democracia y llega el cambio.

Pero eso no sucedió, pronto los partidos empezaron a funcionar como maquinarias electorales y los egos de los líderes no permitieron que las propuestas iniciales pudieran enraizarse en la sociedad.

Para colmo de males, El Niño llegó con fuerza, las esquirlas con el Perú aumentaron, el precio del barril del petróleo tocó fondo y las disputas se canalizaron a través de acuerdos coyunturales, superficiales. Ese tipo de acuerdos que dejan heridas sin cerrar del todo.

Por eso apareció, como elixir a esos males, la toma de la justicia. Desde allí, sobre todo desde las salas penales de la Corte Suprema, se resolvieron los conflictos políticos que en dicha arena no fue posible zanjarlos. Y así se hizo. Y así se sigue haciendo. Pero nada fue capaz de aliviar el deterioro de la representación política ni la incapacidad de los actores para entender las demandas ciudadanas básicas. El pueblo, desolado y sin salidas claras, sin mecanismos de expresión propia pues el sindicalismo a esas alturas había claudicado, se apalancó en las demandas indígenas de 1990 para expresar su descontento.

Y se vino la debacle. Con el Gobierno de Durán-Ballén ya estaban sentadas las bases para el fin de la primera historia. Bucaram y Alarcón no eran sino los últimos en recoger lo que quedaba del intento democratizador. Surgía entonces la segunda historia. Muchos de los actores pasados ya estaban bajo tierra. Otros, los más lúcidos, aún mantenían cierto poder político, aunque el golpe del triste final recientemente pasado no dejaba de pasarles factura.

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Izq. a der.: Assad Bucaram, Osvaldo Hurtado.
® CAMILO PAZMIÑO.

Una nueva Constitución, esa fue la salida. Con una nueva Constitución se revitaliza la vida pública del país, se intentan (nuevamente) acuerdos básicos, se propone (nuevamente) algún sistema de partidos (nuevamente) que sea menos ineficiente y así se bajan las tensiones sociales y la conflictividad cada vez mayor. Ese era el discurso de la clase política. Pero el susto no era lo suficientemente fuerte. Había preocupación, pero no profunda. Se creía —los políticos creían— que aún era posible recuperar las riendas del país.

Pero el esfuerzo fue en vano. Nuevos roces con la hermana república, cuna de Vargas Llosa y la papa a la huancaína, aparecieron, y si bien ahora se puso punto final al entuerto, el baldazo del feriado bancario fue más fuerte. Ya no era momento de migrar del campo a la ciudad. Era la época de cruzar fronteras sin ánimo de volver. Desazón absoluta. Nueva historia, nuevos personajes, una trama algo diversa pero siempre con final negro, oscuro. Los índices sociales a la baja y la popularidad de quienes terminaron con los días en Carondelet de uno de los últimos políticos de casta que tuvo el país, y que jamás podrá volver, al alza.

El corolario de lo dicho llegó en 2003 pero no para quedarse. Simplemente era el último suspiro de ansiedad de la ciudadanía y la antesala de la tercera historia por contar. A diferencia de la que inició con la Constitución de 1998, la de ahora estaría marcada por un revolcón profundo a quienes, hasta el momento, cortaban el bacalao de la política, como se diría en España.

Y así fue. Para ello era necesario un ícono fundacional y, como siempre en el Ecuador, una Constitución política era la mejor opción. Aunque al igual que las anteriores normas supremas se escribiría con un cúmulo de declaraciones imposibles de realizar en la práctica, lo que interesaba era posicionar la idea de que la vieja casta política había sucumbido o al menos se hallaba en terapia intensiva.

Cambios revolucionarios frente a lo que, en realidad, no había que echar abajo sino construir fue la idea puesta en vigencia. Actores nuevos y variados, progres de izquierda de buen vestir y comer, serían los encargados de dar una nueva cara a la política del país. Escenarios modernos que aprovechaban las nuevas tecnologías, los precios altos del petróleo y una serie de créditos suculentos, pero que implicaban obligaciones duras como contraparte, dieron la escenografía perfecta para el nuevo discurso.

Para la narrativa, como se dice ahora en el país de los cinco poderes del Estado y la ilusoria declaración que cualquier juez está en capacidad de resolver temas de justicia constitucional. El público, por su lado, un delirio. Aplausos y más aplausos. Comprensible actitud si dos veces la historia terminó entre lágrimas y desgañitarse al son de “Que se vayan todos”.

Pero la alegría del pobre dura poco. Luego de la fiesta inicial y las caras nuevas, las consecuencias estuvieron a la orden del día. Los problemas del pasado volvieron, las actitudes displicentes y la intolerancia retornaron, y con más fuerza. La justicia era absorbida nuevamente pero ahora con el membrete de Corte Constitucional, la de la cerveza.

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Izq. a der.: León Febres-Cordero, Rafael Correa.
® CAMILO PAZMIÑO.

División y búsqueda de nuevos referentes era lo que buscaba el público cuando sentía que el final demoledor podría repetirse. Ahí, en ese momento clave, nadie apareció. Lo que quedaba de los viejos actores políticos no habían entendido el fenómeno ocurrido —ni lo entienden—. Por ello, el país tenía que conformarse con algo parecido, aunque no igual, al modelo que amenazaba con llevarlo nuevamente a la desazón. Aparecieron los Morenos y los Lassos. Ni uno ni otro. No hay final aún, pero se acerca. Se acerca en medio de mayor incertidumbre, crisis económica e inseguridad rampante.

***

Tres historias en la vida política del Ecuador equivalen a tres ciclos. El primero inicia con el retorno a la democracia en 1979 y concluye con la Constitución de 1998. Casi veinte años.

El segundo culmina con la Carta de Montecristi, allá por 2008. Diez años. La mitad de tiempo porque los actores y sus dinámicas son los mismos y la obra en general no podía ofrecer nada distinto.

¿Cuándo termina el tercer ciclo? Esa es la pregunta. Si seguimos la ruta de la historia, para 2028. Ciclo largo el primero, ciclo corto el segundo. Estamos frente al ciclo largo otra vez. Hacia eso vamos.

El público, la gente, está nuevamente en proceso de enardecimiento, de fastidio. La impotencia cunde y, como no hay vínculos sociales que permitan desfogar el desánimo, pronto el fin del ciclo llegará. Un nuevo liderazgo carismático, un extremista, un mesías, un cualquiera. La gente terminará votando por cualquiera. Cualquiera que no sea de los del montaje último. La gente solo quiere ver qué viene de nuevo en cartelera. Y tiene razón. Si ya en tres momentos de la historia han terminado decepcionados, lo previsible es que, en esta ocasión, el elegido lance el escenario al piso y lo destroce. La algarabía cundirá y nos volveremos a preguntar: ¿qué hicimos mal? No tendremos respuestas y ahí empezaremos el cuarto ciclo y la cuarta historia. Ojalá esa sea con final feliz.

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