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Sesenta años de El planeta de los simios

por Santiago Estrella Garcés

Hace seis décadas se publicó la novela El planeta de los simios, del francés Pierre Boulle, que inspiró la primera película homónima de la saga de ciencia ficción que se convirtió en un ícono pop. Con este filme se inauguró una tendencia contemporánea: la franquicia cinematográfica.

Película "El planeta de los simios".
Año 1968. Fotografía: Alamy Photo Stock.

En 1968 los asistentes a los cines de Estados Unidos miraron aterrorizados a un Charlton Heston de rodillas que condenaba a la humanidad por su destino. No necesitó pronunciar que la guerra nuclear había aniquilado la civilización. Estaba implícito: “¡Finalmente lo hicieron! ¡Maniáticos! ¡Lo aniquilaron todo! ¡Malditos sean!”, gritó ante Nova, la mujer sin habla que lo acompaña durante la película El planeta de los simios.

Dirigido por Franklin J. Schaffner, este es uno de los finales más estremecedores —hasta traumáticos— en la historia del cine: el coronel George Taylor miraba la estatua de la Libertad en ruinas. Como un Cristóbal Colón del futuro, Taylor desconocía dónde estaba. Siempre creyó que se encontraba en otro lugar, en un planeta distinto. Se sorprendió de lo que había visto: una ciudad de simios en la que los humanos, en cambio, estaban reducidos a la condición de bestias.

Taylor fue el comandante de una expedición espacial de la NASA que debía viajar por el espacio y el tiempo. La nave partió en 1974 y llegó al año 3978. Pero este viaje no tuvo su correspondencia espacial: siempre estuvo en la Tierra.

Ese fue el final sorprendente de una película que, durante los 105 minutos anteriores a esta escena, mantuvo hipnotizados a los espectadores. Eran simios dotados con inteligencia y lenguaje que hacían con los humanos exactamente lo que estos con aquellos: cazarlos y usarlos como conejillos de Indias para las investigaciones científicas.

Sus dos compañeros no sobrevivieron a la crueldad simia. Taylor, en cambio, logró finalmente escapar gracias a la complicidad de dos chimpancés (Zira y Cornelius), pese a la violenta presión de los gorilas y las advertencias del doctor Zaius, un orangután que proclamaba que su rebeldía de humano dotado de inteligencia solo lo llevará a su destino: la extinción por las guerras.

Fue un golpe a los ánimos de un Estados Unidos que vivía grandes tensiones sociales. Seis años antes del estreno de El planeta de los simios, el país padeció el espanto colectivo con la crisis de los misiles durante la Guerra Fría con la Unión Soviética.

Ese mismo año Stanley Kubrick estrenó 2001: Odisea en el espacio. Pero a El planeta de los simios le correspondió ser el primero de lo que ahora es una tendencia. Se volvió una franquicia y una referencia en la cultura pop de la época. Y no era para menos. Costó 5,4 millones de dólares y a las arcas de la 20th Century Fox ingresaron 33,4 millones. Y como muchas de las cosas buenas de la vida, todo comenzó con una buena novela.

Una novela cervantina

En 1964 el productor de Hollywood Arthur P. Jacobs compró los derechos de una novela que el año anterior publicó el francés Pierre Boulle, La planète des singes (El planeta de los simios), que fue de inmediato un éxito de ventas en Estados Unidos. Lo leyeron, como decía Jorge Luis Borges, con “previo fervor y misteriosa lealtad” porque en 1952 Boulle publicó El puente sobre el río Kwai, cuya adaptación cinematográfica recibió siete Premios Óscar en 1957: mejor película, mejor director, mejor guion adaptado, entre otros.

Libro "El planeta de los simios".
El libro El planeta de los simios de Pierre Boulle se publicó en francés, en 1963. En 1968 la novela fue llevada al cine por el director Franklin Schaffner. El impacto generó numerosas secuelas, series de televisión, un remake, un reboot y varios cómics cada vez más alejados de la obra original. FUENTE: WWW.WIKIPEDIA.ORG.

En el caso de El planeta de los simios, la película difiere de la novela. En el libro, el protagonista es Ulises Mérou, un periodista francés que se sumó a la expedición por el tiempo y el espacio, liderada por el brillante profesor Antelle y su discípulo, el astrofísico Arthur Levaine. Los acompañaba un chimpancé —primitivo, en este caso— de nombre Héctor.

Boulle no la consideraba una novela de ciencia ficción, apenas era un pretexto para contar una historia de unos “monos con comportamientos humanos”. Para esto el autor apeló a la fórmula narrativa de El Quijote: la traducción. En esta novela el narrador encuentra unos manuscritos y debe pedir que conviertan al castellano las aventuras de un caballero andante llamado Don Quijote de la Mancha. En El planeta de los simios ocurre algo semejante.

Ambientada en un futuro en el que los viajes espaciales serán una moneda corriente, una pareja, en su paseo de vacaciones, encuentra una botella con un mensaje que deambula por el universo. Está escrito en una lengua que pertenece a la Tierra: el francés. El esposo de esta pareja había realizado en este planeta sus estudios superiores; así, traduce a su esposa el contenido del mensaje.

El viaje, que se relata en el manuscrito hallado en la botella, ocurrió en el año 2500. La tripulación tenía como misión llegar al sistema de la estrella Betelgeuse. Al planeta que llegaron lo “cristianizaron” con el nombre de Sorora, por las condiciones similares a la Tierra. El primer encuentro con una forma de vida fue con una mujer humana. Mérou tenía una fijación por su belleza (el libro tiene muchas alusiones a esa curiosidad por las mujeres, propia de un viajero-conquistador).

Director de la película "El planeta de los simios".
Franklin Schaffner.

Luego descubrieron que pertenecía a una comunidad en la que todos iban desnudos. Carecían de inteligencia y, por tanto, del habla. No tenían siquiera expresividad en sus rostros. No sabían reír y se aterrorizaron al oír el lenguaje articulado de los exploradores. La comunidad de humanos de Sorora despojó de sus ropas a la tripulación y la mujer —a la que luego el protagonista bautizó como Nova— mató a Héctor, llena de odio y con sus manos.

Mérou, el profesor Antelle y Levine no entendían las razones de este comportamiento. Solo lo comprendieron cuando los humanos de Sorora corrieron en estampida. Había comenzado la cacería. Unos humanos fueron asesinados como parte del deporte y otros atrapados para llevarlos al Instituto de Ciencias Biológicas para las investigaciones científicas. Mérou se encontraba en este segundo grupo.

Dos guiones y una novela

Para la película se hicieron dos guiones. Rod Serling, autor y anfitrión de una de las series televisivas más impactantes en las décadas de los cincuenta y sesenta, The Twilight Zone (La dimensión desconocida), escribió el primero muy apegado al libro. Los productores, sin embargo, encontraron al menos dos dificultades.

Película "El planeta de los simios".
Cornelius (Roddy McDowall), la Dra. Zira (Roddy McDowall) y Gerage Taylor (Charlton Heston).

La primera consideración fue que la película debía impactar al espectador estadounidense, pero la novela tiene personajes franceses. En sí no sería un problema, pero el libro no tiene estatua de la Libertad en ruinas y la NASA nada que diera paso a ese final estremecedor.

La segunda razón fue financiera. Serling respetó la novela, en la que la civilización simia era avanzada tecnológicamente. Eso, sin embargo, habría costado mucho dinero. En 1968 la ciencia ficción era un género menor en el cine y estaba relegada a la televisión. Los costos de producción habrían rebasado el presupuesto. Así, los productores encargaron a Michael Wilson escribir el segundo y definitivo guion, en cambio el que era, en cambio, una civilización primitiva.

Temor al conocimiento y el racismo

La novela fue entendida como una denuncia en contra del racismo. Boulle describe sus diferencias irreconciliables, aunque toleradas. Los gorilas eran la élite de cazadores y tenían pocas inquietudes intelectuales; los orangutanes, el conocimiento oficial, lo político y lo religioso: sostenían que el simio fue creado a imagen y semejanza de Dios.

Los chimpancés, en cambio, como Zira y Cornelius, eran los académicos, que permitieron los grandes avances científicos. Estaban cerca de cometer una herejía: era posible que el simio descendiera del humano o, al menos, tuvieran con este un tronco común del que, en algún momento, se separaron. La inteligencia simia, por cierto, se dio gracias a que tienen “cuatro manos hábiles”, a diferencia de los pobres humanos, con solo dos.

Ulises Mérou se convirtió en objeto de estudio por parte de los chimpancés y los orangutanes; buscó que lo consideraran un humano con inteligencia. Eso es algo que entendieron los chimpancés. La ciencia oficial, a cargo de Zaius, sostenía, en cambio, que era un acto imitativo y que no tenía capacidad intelectual. Sin embargo, no dejaba de ser un fenómeno y Zaius lo presentó en el Congreso de Ciencias.

En ese momento, Mérou habló ante los simios. No dijo, como en la película: “¡Saca tus garras de mí, mugroso simio!”. Más bien dio un discurso político y hasta propuso una posible cooperación entre la Tierra y Sorora. Fue un desafío a Zaius y el conservadurismo que representaba. La comunidad, en cambio, lo aceptó. Lo llevaron de la celda a un departamento (en la tercera película de la saga, cuando Zira y Cornelius viajaron por el tiempo hacia la Tierra y también fueron bienvenidos).

Fue un sentimiento efímero. Tanto en la novela como en la película modificada, el temor al conocimiento del otro empuja a simios y a humanos a querer alterar el destino. Era necesario acabar con esos seres del espacio exterior, del pasado o el futuro, que amenazaban la civilización.

Si bien en la novela, como se ha dicho, no hay ese final de referencia atómica, no deja de tener un giro sorprendente de la trama. Mérou logra escapar en su nave espacial y regresa a la Tierra, a Francia, a París, al aeropuerto de Orly, en un tiempo en que el planeta es regido por los simios. Y los que encontraron la botella, por cierto, también eran simios.

Boulle negaba que había hecho una gran novela. Sin embargo, no deja de sentirse en sus páginas la condición efímera del ser humano. Su destino, como ya lo sabía Zaius, es la aniquilación. Aunque no es tan traumática como en la película, la novela, afortunadamente, con toques de humor, también nos deja ante lo inevitable: el fin de la civilización humana.

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Acerca de Santiago Estrella Garcés

Quito, 1966. Lleva más de 20 años en el periodismo. Fue corresponsal de El Comercio en Buenos Aires, y luego editor de Ideas y Conexiones. Tiene estudios de Literatura y Pedagogía en la Pontificia Universidad Católica. Publicó el libro de poesía 'Celebrada Instancia'. Se dedicó al periodismo gastronómico con El señor del sombrero. Actualmente cursa la Maestría de Historia en la Universidad Andina Simón Bolívar, sede Ecuador.
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