¿Planes para después de la pesadilla?
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¿Planes para después de la pesadilla?

Por María Fernanda Ampuero.
Edición 464-Enero 2021.

¿Ya sabe usted qué va a hacer cuando nos pongan a todos la vacuna? ¿Cuántos meses faltan? ¿Cuatro, seis, diez? Imagine el dulce momento en el que la Organización Mundial de la Salud diga que el coronavirus ya es un mal sueño y que 2020, ese año que todos recordaremos como perdido, no se repetirá.

Degústelo un ratito.

En la casa de mi amiga Ana Luisa, en Guayaquil, vimos clasificar al Ecuador a su primer Mundial. Ella había hecho unos cocteles de los colores de la bandera y entre ese caldo de payaso y la emoción tricolor no recuerdo haber estado tan eufórica en toda mi vida. ¿Recuerdan el ruido de las calles? ¿Recuerdan los gritos, los pitos? Nos llamamos por teléfono con mis hermanos, mi papá lloraba, la Víctor Emilio se volvió un sambódromo y terminamos todos arremolinados y promiscuos en una especie de orgía de felicidad al ritmo de “Ecuador siempre primero”.

Cuando España ganó el Mundial de Fútbol yo vivía en Madrid. Volví caminando a mi casa desde el bar en el que vi la final y en absolutamente todas las calles había euforia y locura. Masas y masas de gente bajaban y subían por las avenidas repartiendo abrazos, besos, cerveza, champagne. Era ensordecedor y hermoso: fuegos artificiales humanos. Aquello de verdad era como un comercial de televisión. Parecía que Carlinhos Brown o Chayanne iban a salir de entre la multitud a promocionar Coca-Cola.

Esas celebraciones, las del deporte, se quedarán en aplauso de mosca al lado de la fiesta que será saber que los científicos han vencido al virus. No dejo de pensarlo. ¿Saldremos a la calle en multitudes como si todo el planeta hubiese ganado el Mundial o más bien nos encerraremos con los que más queremos a abrazarlos y dejarnos abrazar?

Hay gente que habla de orgías masivas y públicas como la de la novela El perfume —espero que no se coman a nadie de forma literal—, otros ya planifican esos viajes soñados que, por pereza o por falta de recursos, nunca se pudieron hacer. Unos más hablan de los conciertos que vendrán —no estaría mal que se reuniera ABBA para celebrar el fin de la covid— donde estaremos uno al lado del otro, bailando, cantando, gritando y echándonos todas esas babas y mocos que estuvieron encerrados por la mascarilla.

¿Se imaginan cuando podamos volver a escupir y ser escupidos al conversar? Hasta lo anhelo.

Yo, personalmente, me saboreo imaginando una fiesta con música de los ochenta, noventa y dosmil con todos los amigos de mi vida. Que vengan los de México y los de España, también los de Argentina y Estados Unidos, que vengan todos, pedimos un préstamo, qué diablos, sobrevivimos al cuco.

Imagino una pista de baile inmensa y ahí donde mire gente que amo siendo feliz, con un trago en la mano, bailando “El meneaíto”. Casi los veo: vestidos de gala, sin la puta mascarilla, cantando a voz en cuello, dándose abrazos larguísimos, bailando con los niños y con los mayores. Veo a mi mamá bailando con sus tres hijos, feliz como no pensó que volvería a ser.

Les juro que, como en el tango, “se me pianta un lagrimón”.

¿Y ustedes qué han pensado hacer cuando se acabe el fin del mundo?

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