¿Plandemia?
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¿Plandemia?

Por Jorge Ortiz.

Fotografías: Shutterstock.

Edición 460 – septiembre 2020.

Las fake news y las teorías de la conspiración se desataron con la cuarentena: dicen que está en marcha un plan perverso para controlar el mundo.

El hombre habló con el aplomo y la solvencia distintivos de su linaje ilustre. Es, al fin y al cabo, un Kennedy. Y a él, Robert, sobrino del presidente, no le faltan ni distinción ni carisma. “Con la próxima vacunación contra el covid-19, por primera vez las vacunas intervendrán directamente en el material genético de los pacientes y, por lo tanto, implicarán una manipulación genética que hasta ahora ha sido prohibida y, más que eso, que ha sido considerada criminal”. Sus palabras impactaron, por supuesto. E incluso fueron más allá: “estas nuevas vacunas representan un crimen contra la humanidad…”.

Era junio de 2020, cuando miles de millones de personas estaban en el momento más férreo de la cuarentena, con todos los miedos, los desconciertos y las incertidumbres que ella acarreaba. Robert F. Kennedy Jr. —severo, adusto, rotundo— hablaba ante una ‘cumbre virtual’, la “5GSummit”, en la que activistas del mundo entero denunciaron los “efectos nocivos e irreversibles” para la salud y la privacidad que causarán tanto la quinta generación de telefonía móvil como la última generación de vacunas. Uno detrás del otro, los expositores (Martin L. Pall, Rashid Buttar, Ty y Charlene Bollinger, Sayer Ji…) advirtieron de los males sin fin que le caerán al planeta cuando lo cubra la red 5G y, para colmo, sus 7.700 millones de habitantes sean vacunados contra el coronavirus. Será, casi, el apocalipsis.

A pesar de la estridencia de las advertencias, la cumbre tuvo una repercusión muy limitada. Pero, de inmediato, una serie de personajes populares (“mediáticos”, en la jerga contemporánea) multiplicaron a través de las redes sociales la confusión y los temores. Así, por ejemplo, el cantante Miguel Bosé arremetió sin freno contra el fundador de Microsoft: “Bill Gates, el eugenésico, en el pasado habló reiteradamente sobre su proyecto de vacunas que portasen microchips o nanobots para obtener todo tipo de información de la población mundial con el solo fin de controlarla”. Y en ese siniestro proyecto de control —escribió— “5G es clave para la operación de dominio global”.

Bill Gates, como parte de una cofradía secreta de los poderosos del mundo, sería —junto con el magnate judío húngaro George Soros— el gran financista de una conspiración planetaria sin precedentes dirigida a doblegar la voluntad y controlar cada movimiento de todos los seres humanos, para lo cual a cada persona se le inocularía un dispositivo electrónico minúsculo, microscópico, por medio de la vacuna contra el covid-19. La pandemia habría resultado, así, la ocasión perfecta para la ejecución de ese plan macabro de dominación mundial, al que, uniendo las dos palabras, ya se lo llama “plandemia”.

Miles de personas, sobre todo jóvenes impetuosos e idealistas, se lanzan cada vez más a las calles de Londres, Tokio y Yakarta, o de Nueva York, Berlín y Río de Janeiro, o de París, Hong Kong y Sídney para exigir que sean detenidos los planes de despliegue de la tecnología 5G.

Conjuras, confabulaciones, insidias

Por cierto, la campaña contra las vacunas no es nueva y la campaña contra la tecnología 5G tampoco es reciente. Ambas tienen ya su tiempo y una estrategia idéntica: recurrir a supuestos expertos —como Robert F. Kennedy— y a personajes conocidos —como Bosé— para difundir unas ideas que con frecuencia son disparatadas, incluso perniciosas, carentes de todo sustento científico auténtico, pero que tienen el encanto irresistible de la “gran revelación”: desenmascaran las conjuras terribles, las tramas siniestras y las confabulaciones atroces con que los poderosos de la Tierra no cesan de aumentar su capacidad de manipulación, expoliación y control de los países y los pueblos, en una alianza macabra con la gran prensa, dedicada a la ocultación y la tergiversación de la verdad.

Ya Homero, ocho siglos antes de Cristo, relataba unas conjuras tremendas de los dioses contra los hombres, y todavía hoy, veintitrés siglos después de Eratóstenes, hay millones de personas que siguen creyendo que la redondez de la Tierra es un engaño colosal nacido de una confabulación enorme, insidiosa e interminable. Sí, las teorías de la conspiración han existido siempre y, a pesar de la vigencia de la razón, la ciencia y el humanismo, que son los grandes legados de la Ilustración y del Siglo de las Luces, tienen cada día más adeptos, que creen en ellas con rotundidad y fanatismo.

Con las redes sociales y su cobertura ilimitada, las teorías de la conspiración tienen a su alcance miles de millones de personas dispuestas a creer que detrás de casi todo hecho trascendente (una muerte súbita, un accidente fatal, un cambio político repentino, un giro brusco de la fortuna y, desde luego, una gran epidemia) hay algo oculto, siniestro, pérfido, inconfesable, movido por intereses obscuros y por poderes agazapados en la sombra. El azar no existe, ni la fragilidad de la vida humana. Todo responde a un argumento invisible, lleno de vileza e iniquidad, trazado por seres turbios e inclementes cuyo dominio sobre la vida humana no deja de crecer.

Desde luego, no todas las teorías de la conspiración consiguen propagarse. Su capacidad de dispersión depende de su habilidad para despertar esa necesidad ontológica del ser humano de creer en algo, de tener certezas. Aceptar que un hecho extraordinario (esa muerte súbita, ese giro brusco de la fortuna…) puede tener una explicación ordinaria resulta siempre difícil para la mente humana. ¿Cómo creer, por ejemplo, que una princesa linda y dulce se murió en un vulgar accidente de tránsito causado por un chofer que, mientras la esperaba, se tomó unos tragos de más? ¿Y cómo admitir que un papa bueno y apacible fue fulminado por un infarto cardíaco un mes después de haber sido elegido? Y, sin embargo, lo ordinario, lo vulgar, el azar, el absurdo, lo incomprensible también tienen una presencia constante en la vida de los seres humanos.

Moviéndose en las sombras

La princesa Diana de Gales resulta, entonces, que fue asesinada por la conjura diabólica de la familia real y la contrainteligencia británica, con el encubrimiento del gobierno francés, que escenificaron un accidente de tránsito en París como venganza por su ruptura con el príncipe Carlos. Y también el papa Juan Pablo I fue la víctima de una confabulación infame de logias vaticanas secretas, incluidas monjitas de apariencia angelical, dispuestas a detener las reformas eclesiásticas que, tal vez, emprendería el pontífice recién elegido. Y así sucesivamente, desde la desaparición del Santo Grial tras la última cena y la muerte de Napoleón en Santa Elena hasta la llegada de los estadounidenses a la luna y el calentamiento global encierran tramas infames, llenas de engaño e insidia, orquestadas por seres obscuros que se mueven en la sombra y el silencio.

La imaginación desbocada

La ciencia lo explica con claridad: es por completo imposible que el coronavirus de la pandemia actual se haya expandido por la red 5G de telefonía celular, como aseguran los convencidos más inconmovibles —como Robert F. Kennedy— de las teorías de la conspiración. Sí, imposible, y no sólo porque esa tecnología no ha llegado todavía a algunos de los países más afectados por el covid-19, sino sobre todo porque el espectro electromagnético está formado por ondas y fotones, mientras que los virus son partículas biológicas compuestas por proteínas y ácidos nucleicos. Nada que ver lo uno con lo otro. Pero, ¿esa verdad científica qué puede importarles a quienes descreen de los relatos oficiales y prefieren sus propias versiones de los hechos? Versiones, entre muchas otras, como estas:

•Los extraterrestres llegaron hace largo tiempo a la Tierra, pero las pruebas son mantenidas en secreto por un acuerdo obscuro entre las grandes potencias.

• Fueron extraterrestres quienes construyeron Machu Picchu, las pirámides de Egipto y de Chichén Itzá y el monumento megalítico de Stonehenge.

• Los americanos no llegaron a la Luna: todo fue un montaje filmado por Stanley Kubrick en el desierto de Nevada, después de que la misión Apolo 11 fuera cancelada.

• El Priorato de Sión sí existe: fue creado en 1099 en Jerusalén y desde entonces custodia el Santo Grial, rescatado por José de Arimatea después de la Última Cena.

• El ataque japonés a Pearl Harbor fue propiciado por los Estados Unidos, que querían un pretexto para entrar en la Segunda Guerra Mundial.

• A los 51 años de edad, Napoleón Bonaparte fue envenenado con arsénico por sus lugartenientes, que habían sido sobornados para que le impidieran volver a París.

• Elvis Presley no murió en agosto de 1977, sino que sigue vivo y oculto, disfrutando del anonimato. Por eso su familia nunca cobró su seguro de vida.

• Quien sí murió fue Paul McCartney, en 1966, y fue reemplazado en The Beatles por un doble de voz parecida, llamado Wiliam Campbell.

• El estallido en la planta nuclear de Chernóbyl, en Ucrania, en 1986, fue un acto de sabotaje perpetrado por la CIA.

• Adolfo Hitler no se suicidó en Berlín el 30 de abril de 1945, sino que huyó hacia América del Sur, donde vivió protegido por la organización de fugitivos nazis Odessa.

• Pío XII tenía simpatías por el régimen nazi desde que fue nuncio en Alemania y, ya como papa, llegó a un acuerdo secreto con Hitler para eliminar a los judíos, a quienes consideraba los asesinos de Jesucristo.

• El asesinato del presidente John Kennedy, en 1963, fue una conjura del FBI, la KGB, la mafia, la Reserva Federal y el entonces vicepresidente Lyndon Jonhson.

• Marilyn Monroe fue asesinada por orden del director del FBI, J. Edgar Hoover, para que no se supiera de sus romances con John y Robert Kennedy.

• El ataque con aviones contra las Torres Gemelas, en Nueva York, fue un autoatentado, cuya organización estuvo a cargo de los servicios secretos israelíes.

• Los grandes laboratorios farmacéuticos tienen ya remedios contra el cáncer, pero los mantienen ocultos para seguir haciendo negocio con la quimioterapia.

Y así sucesivamente…

Esos seres obscuros eran, en los tiempos homéricos, los dioses codiciosos que se confabulaban contra los hombres. Y eran brujas, demonios, herejes o judíos en la Edad Media. Hoy son los agentes de la CIA, el MI6 o el Mosad, los últimos nazis de la red Odessa, las mafias rusa, italiana y china, los miembros secretos del Grupo Bilderberg, las logias masónicas británicas, la Orden de los Illuminati, los amos ocultos del gran capital financiero, el ‘Big Pharma’, la industria armamentística, las firmas del índice Nasdaq, los carteles del narcotráfico, el Congreso Sionista Mundial, las siete grandes empresas petroleras y, cíclicamente, los gobiernos de las mayores potencias, en contubernio con magnates despiadados como Bill Gates y George Soros.

Con esos protagonistas y un poco de imaginación no es difícil armar una historia cautivadora, con reuniones de medianoche, agentes secretos, espías seductoras, asesinos despiadados, planes siniestros, mensajes encriptados, códigos irrompibles, armas infalibles, venenos seguros, luchas entre los grandes poderes y, por supuesto, intereses económicos y políticos tan inmensos y ocultos que el ciudadano común ni siquiera sabe que existen. Y en la posmodernidad, con la hiperconectividad y el desplome de la credibilidad de las instituciones y de las versiones oficiales, las teorías de la conspiración —incluso las más alocadas y delirantes— se difunden con una rapidez de vértigo, convenciendo a millones de personas, incluso de sectores con cierta formación y capacidad de reflexión.

Esas millones de personas tienden, además, a sentirse especiales, privilegiadas, por estar en posesión de una verdad que los demás, pegados al relato oficial, no logran ver. Y, por cierto, las teorías de la conspiración más impactantes suelen ser respaldadas por libros, documentales, series y películas —repletas de verdades a medias, testimonios de “expertos” y pruebas deleznables— cuyo éxito comercial por lo general es abrumador. Y cuando la ciencia —la genuina, la demostrable— refuta esas teorías se produce un fenómeno conocido como “sesgo de confirmación”: mientras más contundentes son las pruebas en contrario, el creyente más se afirma en su convencimiento, al extremo de llegar a suponer que la conspiración en la que cree es tan minuciosa, prolija y macabra que ha conseguido hacer desaparecer todo rastro.

Una ingenuidad peligrosa

Que mucha gente crea, como Robert F. Kennedy o Miguel Bosé, que las vacunas y la quinta generación de telefonía móvil son el resultado de una confabulación gigantesca de los poderes ocultos para subyugar a la humanidad no pasaría de ser una anécdota de ingenuidad masiva si no fuera porque detrás de todo convencido en esas teorías de la conspiración suele agazaparse un activista dispuesto a la movilización y la campaña. Según cifras de la Organización Mundial de la Salud, la incidencia del sarampión en el planeta ha aumentado treinta por ciento por las consignas contra la vacunación, ignorando que una serie de enfermedades graves han sido erradicadas gracias a las vacunas, que todavía hoy siguen salvando algo más de tres millones de vidas cada año. Y quienes siguen negando el cambio climático, como el insólito presidente Donald Trump, que lo considera un empeño anticapitalista, lo que consiguen es precipitar un deterioro ambiental cuyas consecuencias muy pronto serán trágicas.

Una epidemia global como la actual, con su carga aplastante de incertidumbres y temores, es una ocasión perfecta para que millones de seres humanos se enreden en creencias absurdas y conjeturas desquiciadas. Mucha gente siente, en efecto, que no sólo los gobiernos le han fallado al no lograr prevenir o detener la pandemia, sino también la ciencia, la tecnología, la modernidad y la sociedad posindustrial, que están siendo humilladas por un virus insignificante, una simple mutación de la gripe, que está matando a legiones de seres humanos y que ha liquidado la economía, la forma de vida moderna y hasta la tranquilidad de familias y sociedades. Si ya no puedo creer en instituciones y en valores que parecían superiores e inamovibles, ¿por qué no puedo deducir que detrás de todo esto hay fuerzas ocultas y muy turbios intereses?

Así, encerrados en sus hogares, sin poder ver y abrazar a sus seres más queridos, lejos de colegas, compañeros y amigos, con el miedo instalado en el alma, cientos de millones de personas no tienen otra ventana al mundo que la pantalla de su computadora o su teléfono, por donde circula un caudal casi infinito de relatos afiebrados, opiniones torcidas, versiones enloquecidas, interpretaciones rudas y presagios alucinantes, que llegan sin ningún filtro ni verificación, con contrastación nula y sin que nadie confiable asuma autorías y responsabilidades. La tormenta perfecta de fake news. Y, así, un meme estridente y efectista impacta mucho más que un informe pulcro, cuidadoso, minucioso y respaldado de una sociedad científica o de un pensador reconocido.

En consecuencia, miles de personas, sobre todo jóvenes impetuosos e idealistas, se lanzan cada vez más a las calles de Londres, Tokio y Yakarta, o de Nueva York, Berlín y Río de Janeiro, o de París, Hong Kong y Sídney para exigir que sean detenidos los planes de despliegue de la tecnología 5G que, según la más reciente y demencial teoría de la conspiración, ha impulsado la propagación del covid-19 y, al hacerlo, ha abierto el camino para que los 7.700 millones de seres humanos sean receptivos a una vacuna que pronto estará lista, con la cual serán inoculados microchips que consolidarán el proyecto secreto de dominación planetaria. Es decir el plan monstruoso de alguna mente siniestra frente a la cual hasta el Gran Hermano de George Orwell, que en 1984 tenía todo armado para controlar el mundo, se queda como un aprendiz candoroso y nada aventajado.

“Es preocupante que haya tanta locura. Cuando desarrollemos la vacuna, querremos que el 80% de la población se la ponga, pero si han escuchado que es una conspiración y no hay personas dispuestas a ponérsela, la enfermedad seguirá matando gente”. “Estoy un poco sorprendido de que [las teorías] se centren en mí. Solo estamos dando dinero, firmamos el cheque… y sí, pensamos en proteger a los niños contra las enfermedades, pero no tiene nada que ver con chips y ese tipo de cosas. Casi te tienes que reír a veces ”, señaló Bill Gates. Fuente: ww.bbc.com

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