Edición 445
Aunque es indiscutible que el centro de inspiración del arte quiteño colonial fue la religiosidad barroca, lo cierto es que no todo fue pintar Cristos torturados, vírgenes llorosas, santos adoloridos, angelitos y serafines regordetes. En realidad hacia la segunda mitad del siglo XVIII y por influencia del movimiento ilustrado, ya empezó a operar una tendencia que procuró liberarse de las limitaciones ilustrativas del barroco.
Como bien decía un estudioso, la pintura quiteña salió “de dos siglos de rigidez y austeridad hacia expresiones más gratas y menos profundas”. Buen ejemplo de ello son todos esos cuadros en los que personajes relevantes de la época aparecen retratados. Incluso se aprecia una “revolución” artística desde el momento en que el paisaje y las autenticidades del país fueron plasmados en los lienzos.
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