Peter Mussfeldt entre el arte y la publicidad
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Peter Mussfeldt entre el arte y la publicidad

Peter Mussfeldt. Foto: Sunset.

En la edición de julio de 2001, Mundo Diners daba a conocer el talento de ese gran diseñador alemán Peter Mussfeldt, nacido en Alemania y que llegó al Ecuador para quedarse para siempre, sembrar sus conocimientos y desarrollar lo que se podría considerar como una escuela del diseño gráfico.

Parte de su infancia la pasó viendo y escuchando los bombardeos aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Llegar a Quito fue para él una emoción tan fuerte que optó por quedarse para siempre; ser ecuatoriano fue una decisión importante para compartir su arte con las generaciones que le seguían.

Su vocación de publicista la inició en una agencia en Guayaquil, donde alcanzaría fama y renombre internacional por la campaña del Banco del Pacífico, cuyo logo sigue tan vigente como fue en los años setenta y en los ochenta.

El sol y el trópico marcaron la obra de Mussfeldt. Sus murales siguen impregnados de colores vivos y fuertes y hasta hoy se ven estampados en la céntrica calle Panamá, en la que Mussfeldt alcanzó a ver cómo se secaba y olía el cacao.

En la entrevista de Pablo Cuvi habla de cómo se formó profesionalmente o cuándo huyó de la ex Alemania Democrática para conseguir la libertad. El periodista le preguntaba al artista hace 20 años ¿dónde pensaba morir? Peter murió el 20 de noviembre de 2021 en Guayaquil.

Sorpréndase con esta entrevista de Pablo Cuvi:

Esta historia empieza cuando tres estudiantes se hacen amigos en los patios de la Academia de Arte  de Dusseldorf. Uno es ecuatoriano, se llama Mario y es hijo de Kurt Müller, el dueño de la tintorería La Química; el segundo es Peter, nuestro entrevistado; la tercera, la más sui generis, es de origen húngaro, se ha dedicado a investigar el folklore ecuatoriano durante muchos años, pero a la edad de sesenta y pico decidió que necesitaba aire europeo, un baño académico, digamos, y se vino por un año a Alemania: se llama Olga Fisch.

Las historias de ese lugar exótico, allá, al otro lado y en la mitad del mundo, encienden la imaginación de ese joven nacido en Berlín en 1938, que pasó la infancia bajo los bombardeos aliados. Fiel a una antigua tradición de los románticos alemanes, se lanza a la aventura con su amigo Mario, sin saber que ha tomado la decisión de su vida.

–Me fascinó Quito al instante y me quedé. Era gente cariñosa, sencilla, todo era precioso; en las calles no había iluminación, la avenida que va al Hotel Quito era de tierra. Había un bar donde nos encontrábamos los artistas para tomar unos traguitos, se llamaba El Círculo. Una anécdota: el dueño era un argentino, que era homosexual y Kurt Müller –un hombre muy ocurrido, con chistes, con cosas– bautizó al sitio como Sir Culo (risas) Ahí pasamos muchas noches, con Oswaldo Viteri y otros artistas de la época.

–¿Cómo empezaste en la publicidad?

–Empecé con Presley Norton, en el año 63. Él abrió la agencia Norlop en Guayaquil y yo fui como director de arte. Ya sabía publicidad, trabajaba free lance en Alemania para varias agencias, pero no sabía qué era un director de arte; pero aprendí caminando, durísimo, ni sabía bien el español, ni hoy mucho mejor, jé-jé, pero me hago entender mis cosas. Así que me instalé en Guayaquil, sufrí con el calor, sufrí con los bichos.

–¿Llegaste en el invierno?

–Llegué en el mes de noviembre, yo en mi vida sabía qué es calor, dos años necesité, hasta que me convertí en guayaquileño.

–¿Cómo era el ambiente en Guayaquil? 

–Era una ciudad orgullosa, alegre, de gente abierta, limpia, en el sentido que no había este afán de comercio como se ve hoy. Tú pasabas por la calle Panamá y olías a cacao, la mitad de la calle era de cacao, donde pasaban las personas con los pies desnudos y caminaban, golpeaban el cacao. Era precioso por toda la ciudad. El Malecón era bonito, con carritos donde podías comer o tomar cosas, no había peligro…

–¿Era el sueño exótico del alemán, lo contrario de Alemania?

–Era totalmente tropical, los olores, las plantas, el clima, el sol. Ahí viene mi primera conceptualización del trópico, empecé lo de los soles, que hasta hoy me persiguen en mi obra, los soles.

–¿Hubo un conflicto entre el mundo comercial de la publicidad con el artista que llevabas dentro?

–Yo nunca me enfrenté ni sicológicamente, ni con las personas: una cosa era mi arte y otra cosa era que vivía de temas publicitarios, las separé siempre claramente. Y me dije: lo que yo quiero como arte, mis trabajos artísticos, nunca los voy a hacer para gustar al público, como muchos artistas se veían obligados, porque no sabían sino pintar o hacer cosas y finalmente trabajaban para el público: si querían caras, pintaban caras… Casi pocos se escapaban de esto, la mayoría se entregó, pero por la situación económica, Ecuador era realmente pobre, era un país olvidado. 


Mussfeldt como director de arte de Noriop en Guayaquil, 1965.

–¿Le iba bien a Norlop?

–No, más bien le fue bastante mal, por circunstancias ajenas al comercio, que era excelente; Norlop pasó por una época de transición en donde Presley, con su visión de empresario, acertó siempre en sus ideas, no así después en la realización, le fue mal, porque puso gente equivocada en los puestos, y ellos después destruyeron su visión, esa fue la gran tragedia en su vida, donde perdió toda su fortuna. Vino la era de la televisión y se involucró totalmente, la agencia casi se estrelló. Y vino Paco Solá, que es todavía el actual presidente de Norlop, y yo; le propusimos sanear la agencia, pero que nos entregue la gerencia. Aceptó nuestra oferta, y finalmente compramos todas las acciones.

Hablando de los alemanes, supuestamente son cuadrados, aunque yo creo…

–Hasta tienen almohadas cuadradas… (risas)

que mucho más cuadrados son los franceses, o los ingleses. A los alemanes les veo más irracionales, más emotivos, un poco más dispuestos a estallar, creo que por eso se conectan más con los ecuatorianos. 

–No solo por eso: el alemán que venía al Ecuador buscaba efectivamente un país donde exista más libertad de expresión, de extensión de las habilidades que tiene; por ejemplo: yo no había tenido educación en el sentido de arte, pero descubrí posteriormente cuál sería mi tarea más interesante, hasta me involucré en diseños artesanales, alfombras, tapices.

Pero en todo este tiempo escuché muchísimo –y de muchos alemanes y de muchas otras personas, y también cuando estuve de viaje en Europa– que este es un país subdesarrollado. Yo siempre les he dicho: ustedes están muy equivocados. Si hablamos de tecnología, de lo que es banca, etc, sí estamos en una época difícil, pero si hablamos del elemento humano de una persona, ustedes son subdesarrollados al lado de lo que es el ecuatoriano. El ecuatoriano tiene una apertura hacia el mundo, hacia sí mismo, las familias, el amor de los padres hacia los niños, el amor de los niños hacia los padres, yo no vi esto en Europa, no vi esto en Alemania. Ustedes hacen campañas publicitarias diciendo: “Quieran a los niños”. En Ecuador existe una unión familiar impresionante que nunca vi antes en mi vida.

–De niño te tocó la guerra, ¿no?

–Efectivamente, salimos de Berlín cuando empezaron los bombardeos; todas las noches, todos los días caían bombas. Fuimos a Turingia, una parte muy preciosa en Alemania, montañas, bosques, pero ahí también pasó lo mismo. El último medio año de la guerra vivimos en el sótano, en una casa de otra familia, subíamos solo cuando podíamos, porque continuamente día y noche había bombardeos. Se escuchaba cómo temblaba la tierra, el olor de casas quemadas, nunca en la vida me voy a olvidar.

–¿Todavía sueñas esto?

–Nunca me afectó eso, pero en el sentido del olor sí. Después de los bombardeos, yo subí y vi la casa del frente: estaba totalmente destruida, más allá quemadas otras casas. Todo eso se convirtió después en sitios de juegos. No había dos años escuela. Tenía yo 7 años cuando terminó la guerra, pasé jugando todo el día en las ruinas; te imaginas lo que es para niños una ciudad en ruinas, me entiendes, es como que no existe el mundo, ¡qué triste, no! Era impresionante todo lo que encontrábamos, lo que descubrimos, una aventura unida a hambre, a frío, a todo.

(En el reparto de la Alemania vencida, a Peter le tocó crecer en la parte rusa, o sea en la Alemania Oriental, donde incluso comenzó la universidad, hasta que no aguantó más y escapó a Occidente. De pronto se le abrió el mundo y llegó a toparse con Picasso y Cocteau, ni más ni menos. “Eso fue muy lindo, tenía 22 años…” dice este alemán nacionalizado ecuatoriano, que ahora tiene 63 y charla conmigo en su oficina de Versus, la agencia de diseño que dirige en Guayaquil.

Para decirlo con un cliché, sorbe un poco de café y se embarca feliz en el recuerdo juvenil. Cuenta que con unos compañeros montaron la única obra de teatro que escribió Picasso, y fue un éxito. Peter había diseñado el afiche con una interpretación libre de un dibujo del maestro. Después viajaron los amigos al sur de Francia, y encontraron a Lucien Clerque, un fotógrafo que había mandado sus fotos a Pablo Picasso. Como éste no le contestó, decidió ir a verlo en su bicicleta. Timbró y abrió la puerta Jacqueline: “¿Usted quién es?” Dice: “Yo mandé unas fotos”. Como Picasso era muy curioso, estaba escuchando arriba; bajó, le jaló adentro: la casa estaba cubierta con las fotos. Desde ese día fueron amigos. Picasso le presentó a Cocteau, que le hizo tomar las fotos para sus películas, y después Lucien les presentó a Picasso y Cocteau. Y resultó que el maestro conocía el afiche).

–Picasso estaba tan emocionado por la cuestión del afiche, que me hizo una dedicatoria en un libro de sus 100 grabados. Picasso era bajo de estatura, tenía la piel amarillenta, pero era muy macizo, los ojos como nunca en mi vida he visto unos ojos así, eran como dos cerezas, que estaban ahí, de una ternura, de una intensidad, casi no podías aguantarte cómo te miraba y cómo te desnudaba, increíble.

De derecha a izquierda: Peter, Enrique Zavala, Eleonora Pérez de Norton, Kurt Muller y el arquitecto Quevedo.

–Años después, unos grabados tuyos se exponen en el Moma…

–Sí, cuando yo trabajé mis grabados acá, no sé si sería Müller o cómo llegaron al Museo de Arte Moderno. Un día recibí una carta y un cheque por el valor de dos grabados que eran míos, yo no tenía idea.

(El Moma expuso los grabados de Peter al lado de las más grandes figuras del arte de América Latina, que hicieron gráfica también. Y en la muestra “Etching around the world”, nuevamente estaba incluido Mussfeldt). 

–¿Tú habías estudiado grabado con Müller?

–No, más bien yo fui profesor de Kurt Müller…

–¡Ah, era al revés! ¿Cómo fue la historia?

–Cuando Kurt se retiró de La Química, el día después empezó a pintar, influido por su hijo Mario; pero tenía una autocrítica bastante fuerte y le dije que tenía que descubrirse a sí mismo en otro material, y a Kurt le gustó la idea. Cuando le llegó la prensa, fui a Quito y en un día y una noche aprendió las cosas básicas, nunca más tuve que enseñarle nada, hizo cosas maravillosas. Kurt Müller era un autodidacta total, todo lo aprendió por sí mismo, hasta que se convirtió en profesor para muchos grabadores quiteños…

–Tú, además de los soles, hacías pájaros también…

–Fue la segunda fase, pero muy poco, más bien hice serigrafías con pájaros muy abstractos y después los involucré en tapices, donde empezaban a vivir, con volúmenes muy grandes con protuberancias que sobresalían 30, 40 centímetros fuera.

–¿De ahí pasaste a las camisetas?

–Por buscar nuevos medios de comunicación. Excepto las cosas folclóricas de los que hacen las artesanías, no había nada más nuevo en Ecuador, todo era tradicional, pero la gente que venía de afuera traía camisetas de marcas, de los grandes diseñadores. Dije un día: por qué no hago algo que muestre algo más; así imprimí una primera serie de Galápagos, que fue muy rápidamente conocida a nivel casi mundial, cuando vino Juan Carlos de España, que se puso la camiseta y todos preguntaban… Me hice muy conocido pero no como artista: esa es la tragedia de la vida, uno nunca sabe por dónde va la pelota. Después me involucré en tapices planos a nivel de artesanía, aquí en Guayaquil, con tejedores de Guano… Empecé a descubrir a Ecuador, lo que podía hacer con mi talento, y con ese talento de ellos, me uní con obreros que hace una hora todavía eran obreros calificados para hacer cosas rutinarias, pero después de un mes conmigo hicieron obras de arte.

–¿Cómo hacías las alfombras?

–Tenía un taller, alfombreros de Guano, ellos aprendieron cosas que ni siquiera se imaginaron que se puede hacer en el sentido de colorido, de diseño, crearon cosas que antes no eran posibles. Lo fascinante es que me involucré tanto que me olvidé del mundo. 

–¿Luego de tanto años en publicidad, no te sientes un poco culpable de haber colaborado a la sociedad de consumo, a que se pierda ese mundo lírico y campesino?

–Sabes, Pablo, yo nunca me sentí culpable, nunca tomé una posición de crítica frente a eso. Es una corriente que pasa por un mundo anticampañas, contra marcas, contra las agencias que promueven el producto. Esas corrientes no existían. Yo me sentí por muchos años muy orgulloso de mi labor que hice como publicista, como diseñador y me siento hoy todavía muy orgulloso de lo que estoy haciendo, aunque no me involucro en campañas sino en diseño, imagen corporativa, comunicación visual…

–¿Cuáles han sido tus mejores logros?

Yo estaba orgulloso siempre de lo que hicimos para el Banco del Pacífico. Y también por el logo del Banco Popular, que me fue encargado en los años ochentas… Yo nunca me sentí comprometido con el producto, más bien me tocó la parte visual y recién empieza la conciencia hoy de que todo lo que se hizo no fue correcto; lo mismo que pasa con la contaminación, todo lo que es cuidar la Naturaleza es más y más presente, pero hace veinte o treinta años nadie hablaba de eso, ni entraba a la conciencia. 

–¿Cómo fue para ti el paso a la época digital?

–Mi oficina está hoy totalmente computarizada, pero yo jamás toco el mouse, ni sé qué hacer con eso. Yo no entré a eso, pero mi gente sí. Me siento con el diseñador y doy mis indicaciones. La gente cree que el computador piensa, pero si no está el que ve atrás, no pasa nada. Ese es mi trabajo: yo pongo la idea y el que tiene el talento tecnológico lo realiza.

–Tampoco manejas carro…

–No. Yo manejaba un medio año en el Ecuador, en el año 63, pero un día me atrapé con un descuido que podía ser fatal. Regresé a la casa, dejé el carro y le dije a mi esposa: de hoy en adelante manejas tú. Yo nunca más manejé, casi 40 años.

–La pregunta no es muy cortés, pero ¿dónde piensas morir?

–Sabes que…, nunca pensé en esto, nunca alguien me hace una pregunta así. (Reflexiona). Acá, me imagino, acá es mi vida. En parte yo nací en Ecuador, como artista, como creativo, aunque estudié afuera, pero caminar año por año dentro de una idiosincrasia que no es la tuya te forma lentamente y es mucho más versátil. Cuando hice mi primera exposición en Alemania dijeron: “ya no tiene nada con Alemania, es una obra totalmente diferente a la nuestra”. Yo me quedo sorprendido. Y en cuanto hice la exposición en Ecuador, de la misma colección de soles, recibí exactamente la misma opinión: “es una idiosincrasia que no tiene nada que ver con la nuestra”. 

(No era la primera vez que vivía ese desconcierto. Habiéndose criado bajo el régimen comunista, conocía por dentro el asunto. Pero al llegar a Quito en los 60, se topó con que la mayoría de artistas e intelectuales eran de esa tendencia. Y trató de explicarles, pero…)

–Cuando yo hablaba, casi me insultaban. Cómo yo me atrevo a atacar al comunismo, cómo yo me pude enfrentar con esta maravilla. Yo les decía que escapé de Alemania Oriental porque no me gusta que me opriman, que me digan lo que tengo que hacer. Ahí están matando gente. Eso es una gran cárcel, hasta Rusia, qué saben ustedes de esto, les decía. Guayasamín no me habló más y otros artistas me cortaban el saludo; pero yo mantuve mi visión. 

Cuando se cayó el muro y salieron todas las porquerías detrás de la Cortina de Hierro, todo el mundo de izquierda quedó callado, nadie dijo nada. Todo lo que dije antes y nadie quiso creer, todo era exactamente lo que yo conté…

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