En Ginebra sucedieron los años juveniles de Borges. Su anhelo de morir aquí tiene una historia que siempre podrá ser, como su obra, muchas historias a la vez.
Es una tarde de inicios de 1986. Jorge Luis Borges recorre del brazo de María Kodama, su esposa, la ciudad vieja en Ginebra. Ciego hace poco más de treinta años, a su mirar le queda una nebulosidad brillante y algo del color amarillo, el último que perdió. Nada de eso le impide guiar el paso, conoce de memoria las calles empedradas. Aquí fue joven y dijo haber sido feliz. Aquí volvió para morir.
Mientras la pareja camina, la gente reconoce al escritor, pero nadie se acerca. Son fieles a lo que Borges amaba de esta ciudad: su discreción. Algunas personas sueltan una media sonrisa o un saludo lejano, gestos que María interpreta para él. Su viaje hasta Ginebra empezó en Italia, en una gira donde tuvo que ser hospitalizado y le diagnosticaron cáncer. La certeza de la muerte, a la que Borges nunca fue ajeno, le había sido entregada. Decidió que no quería volver a Buenos Aires. Temía la indiscreción, el espectáculo de una larga y dolorosa enfermedad.
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