Dolores Veintimilla, la primera poeta de la época republicana del Ecuador, fue la voz pionera en agitar la discusión acerca del derecho a una muerte digna. Este artículo visita la memoria de esta adorada muerta y difumina la mitología en torno al final de su vida.
Si hay una manera de conversar con las escritoras muertas y, a la vez, honrarlas, es leyéndolas, pensándolas, avivando sus palabras como una plantita a la que alentamos a reverdecer pese a las tempestades. “Leer es conversar con los difuntos y escuchar con los ojos a los muertos”, decía Quevedo. Y Audre Lorde sostenía: “Escribo para aquellas que no hablan, para aquellas que no tienen voz, porque estaban aterrorizadas, porque nos enseñan a respetar el miedo más que a nosotras mismas”. Eso es. Leer a las mujeres que nos heredaron sus voces es tener presente que ni el silencio ni la desmemoria van a salvarnos.
En “Necrología”, Dolores Veintimilla de Galindo embistió contra ese silencio y cuestionó la pena capital vigente entonces. El texto se difundió en 1857 en forma de hoja suelta y esa fue la primera vez, en el país, que una mujer puso en discusión el tema de la dignidad en la muerte.
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