No cabe la menor duda de que Dalí es una de las principales y más universales figuras del genio ibérico. Sus extravagancias y sus salidas de tono han hecho de él un genuino representante del surrealismo cuyo manifiesto está próximo a cumplir un año más.
Con sus arriesgadas performances, Dalí rompió moldes y logró eso que en el fondo tanto quería: escandalizar a medio mundo. Difícilmente se puede encontrar una figura tan monstruosamente narcisista como él y que para colmo hacía gala de ello. ¡Cuántas veces no se refirió a sí mismo en términos de un genio! Si hay que calificar su vida, lo mejor es hablar de un striptease personal.
Infancia y tormentas familiares
Los surrealismos de Dalí empezaron a rondar su vida desde sus primeros años. Si algo lo perturbó durante su infancia, fue todo lo ocurrido tras la muerte de un hermano suyo que había nacido pocos años antes que él. El asunto fue que a Salvador le pusieron el mismo nombre que el de su difunto hermano, lo que al parecer le provocó un grave trastorno de personalidad, algo parecido a sentir que tenía un doble o una réplica. Incluso llegó a pensar que era un error de Dios haber puesto en el mundo una persona que ya había nacido anteriormente. De las cosas que más lo inquietaban eran las visitas al cementerio para rendirle culto. Cuando rezaba sobre su tumba se figuraba estar rezando a su propio cadáver. Según Manuel de Prada las impresiones que le provocaron estas escenas serían las que lo indujeron a afianzar su personalidad a fuerza de no querer parecerse a nadie y de procurar distinguirse lo máximo posible del resto.
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