La “socialista lunática”, como la llama Trump, ha logrado recaudar en un mes más fondos que él y, de paso, revivió la candidatura demócrata en las encuestas. Todo un milagro que, sin embargo, no fue un accidente. La trayectoria de Kamala Harris —llena de giros y azares—explica, en buena medida, el porqué de su ascenso y su encanto.
Cuando Kamala Harris ríe, lo hace con todo. No sonríe ni posa, ríe a carcajadas. Abre los ojos, mueve las manos, los hombros, se echa para atrás, vuelve a enderezarse. Su cuerpo —1,64 de estatura y, por lo general, traje formal— se sacude del gusto, sin importar si está en un acto oficial, en una reunión de amigos o frente a las cámaras.
Su risa es ruidosa, prolongada, contagiosa. Se la ve y se la escucha. Es imposible ignorarla. Especialmente, para Donald Trump, quien apenas sonríe. No la soporta. En 2020, cuando el magnate quería la reelección y la senadora Harris se había decidido a probar suerte en las primarias del Partido Demócrata, se quejó amargamente en un mitin republicano. “¿La vieron anoche en televisión riéndose?, ¿algo anda mal con ella?”, dijo. La multitud le siguió el juego y la abucheó.
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