
‘El País Semanal’ conversó con Richard Gere sobre su carrera, su vida, su activismo social, Donald Trump y el mundo en el que vivimos en su nuevo hogar madrileño: “Creo en la bondad como algo revolucionario”.
En la casa de Richard Gere, un chalé de la exclusiva urbanización madrileña de La Moraleja, un cartel invita a dejar el calzado en el vestíbulo. Cuando se abre la puerta, lo primero que aparece es una especie de vestidor lleno de abrigos, botas y zapatillas. Ahí se quedan los zapatos… y también el miedo de tener una entrevista acartonada y demasiado formal con una estrella de Hollywood.
La cita ha sido tan difícil de cerrar que ha estado a punto de frustrarse varias veces. Pero una vez franqueada la puerta de ese hogar, el increíblemente bello actor de American Gigolo, el soldado atormentado de Oficial y Caballero, el hombre rico enamorado de una prostituta en Pretty Woman, el defensor incansable de causas sociales, ya no es una estrella de Hollywood. O, desde luego, no es solo eso.

Lleva usted décadas colaborando con múltiples causas sociales: los derechos del pueblo tibetano, el medioambiente, los derechos de refugiados y migrantes, de las personas sin hogar. ¿Por qué lo hace?
No creo que haya otra razón para estar vivo que ayudar a los demás. Para eso estamos aquí. Ayudarnos a nosotros mismos no nos aporta absolutamente nada a largo plazo. Yo ahora soy un hombre mayor. He visto muchas cosas tanto dentro de mí como en el mundo que me rodea y creo que lo único que realmente alimenta el alma es ayudar a alguien.
Por eso la gente que se dedica a ello tiene esa energía tan especial. Como el equipo de la ONG Hogar, Sí, por ejemplo. Me impresionan muchísimo. Los he visto trabajar muy duro en una oficina diminuta sin apenas medios. Y ahora que son más grandes y tienen más recursos siguen dejándose la piel para intentar que no haya gente sin hogar.
Dice usted que vivimos tiempos oscuros. Desde luego, en EE UU. ¿Por qué cree que sus compatriotas han elegido de nuevo a Donald Trump como presidente después de su primer mandato y de algo tan grave como, por ejemplo, alentar el asalto al Capitolio.
No creo que Trump fuera honesto con el pueblo americano. Algunas ideas suyas estaban sobre la mesa, pero no todas. Dijo algunas cosas que pensaba hacer, pero no dijo: “Voy a quitar la comida a los niños del mundo, voy a sacarlos de los albergues y quitarles las medicinas”. Su ataque a la agencia estadounidense para el desarrollo o al programa de salud global es increíble. Tampoco dijo que el hombre más rico del planeta iba a ser su copresidente. Y, en todo caso, no fue una victoria aplastante. Sacó menos del 50% del voto.
¿Qué cree que piensa ahora la gente que votó por él?
Tengo muchos amigos en la comunidad hispana, y algunos apoyaban abiertamente a Trump. Cuando les preguntábamos por qué votaban a alguien que hablaba tan mal de los hispanos y de los inmigrantes con y sin papeles, decían: “Ya, pero va a bajar el precio de los alimentos”. Cuando alguien no tiene qué llevarse a la boca, la ideología no es importante. En EE UU están los más ricos del mundo pero también los más pobres. Y a esta clase de poderosos les funciona el discurso de “yo te doy más comida, tú me das el poder y luego ya veré yo lo que hago con él”.
Es algo que está sucediendo en muchos otros puntos del planeta. Trump es una manifestación de un problema global.
Vivimos en cápsulas independientes, protegemos cada uno lo nuestro, actuamos de forma egoísta y generamos conflictos. Pero esta forma de vivir es absurda. Esas personas que habían vivido en la calle con las que hablé para el documental no son diferentes a nosotros. Malas circunstancias, quizá malas elecciones, pero podríamos ser cualquiera. Creo que en la esencia somos iguales. Necesitamos recuperar el sentido colectivo de la responsabilidad, el amor y la bondad.
¿De dónde le viene este empeño en reivindicar lo colectivo?
Mi padre y mi madre eran personas bastante extraordinarias. Sencillas. Los dos crecieron en un pueblo de granjas entre colinas y montañas. Mi padre ordeñaba vacas. Eran personas brillantes y los dos lograron estudiar en la prestigiosa Universidad de Pensilvania, pero nunca perdieron la conexión con la tierra, con la comunidad, con la necesidad de ayudar a los demás. El sentido de deber de servicio creo que me viene de ahí. Sobre todo de mi padre, Homer, un hombre siempre dispuesto a ayudar.
¿En algún momento ha tenido sentimiento de culpa por sus propios privilegios?
Me siento agradecido, pero no culpable. Agradezco no tener que preocuparme por pagar el alquiler o por alimentar a mis hijos, y poder elegir los proyectos en los que participo. Ese sentido de gratitud no me abandona nunca y sí me siento responsable de dar algo a cambio, una responsabilidad que trato de abordar con humildad. No pienso en mí como alguien mejor que los demás, pero creo que todos debemos ayudar como podamos. Y con bondad, que para mí es algo extremadamente transformador, revolucionario.
¿En qué sentido?
Si cada uno de nosotros fuéramos amables con el prójimo el mundo sería distinto y mejor. No todos respondemos ante la sabiduría, pero todos respondemos ante la bondad. Incluso en el caso de Trump, seguro que hay algo bondadoso en él. La gente dice que en privado es encantador. Sin embargo, el mundo que ha creado a su alrededor es violento, bruto e ignorante. Muchas de las cosas que está haciendo no las habíamos visto nunca. Mis padres eran republicanos, ese era su partido. Pero mi padre, por ejemplo, que combatió en la Segunda Guerra Mundial y que tenía un sentido muy claro del bien y el mal, estaría horrorizado de ver que el presidente del país más poderoso del mundo es un matón.
¿Le preocupa que el mandato de Trump pueda cambiar de forma irreversible los valores de la sociedad estadounidense?
Me preocupa, sí. ¿Queremos que nuestros hijos e hijas crezcan pensando que la manera correcta de comportarse es esa, que hay que hablar así a la gente, tratar así a los demás? El ser humano tiene un sentido natural de la empatía, es capaz de identificarse con las emociones ajenas, sean positivas o negativas. Desde que somos niños tenemos esta habilidad. Pero, de alguna manera, Trump ha cortado con todo esto.
¿Qué le gusta de contar historias?
Es lo que somos los seres humanos: historias. Cada uno de nosotros lo es. Y cada situación lo es. Tu entrevista es una historia. Has venido a esta casa, no habías estado antes, te sentaste en la cocina, llegué yo. Nos conocimos ayer. Y la historia puede evolucionar de muy distintas maneras: quizá estoy de mal humor y no quiero hacer esto y tú empieces a sentirlo y a pensar: ¿cómo voy a lidiar con esta persona? O puedo estar cómodo y entonces todo irá de manera distinta. La vida va de historias. Cada uno de nosotros escribimos las nuestras mientras las vivimos. Y la ficción, cuando es buena, cuando es verdad, nos habla de nuestras historias, de lo que somos y sentimos.
¿Por qué decidió ser actor?
No sé si lo decidí. A veces aún me pregunto qué voy a ser de mayor... ja, ja, ja, ja. No lo sé. Sabía que quería hacer algo creativo. En mi cabeza imaginaba un camino como filósofo, poeta, músico, actor… Quería dedicarme a algo que me permitiera expresarme, sentir, crear. Y a través de la actuación puedes hacer todas esas cosas. Puedes expresar todos los aspectos de la condición humana.
¿Qué es actuar para usted?
Explorar. Solo eso. Explorar y jugar. Cuando deja de tener ese algo de juego infantil, pierde su poder. Cuando empecé a actuar tenía 19 años. No pensé que a los 75 iba a seguir haciendo esto. Pero aún me maravillan los guiones que me llegan. Me interesan, me divierten. Leo algo y pienso: guau, sí, esto parece divertido. Así que sigo jugando.
¿Cómo fue su primer papel?
En segundo de primaria hice de Santa Claus. Mi madre me hizo el traje, me puso una barba de algodón. Yo tenía siete años y lo recuerdo como un éxito total, ja, ja, ja.

¿Y cómo recuerda el momento en el que pasó a ser una estrella, cuando tras estrenar American Gigolo de pronto se convirtió en un sex symbol mundial? ¿Cómo se sobrelleva psicológicamente algo así?
Las cosas cambiaron de pronto, pero tampoco es algo muy importante. Yo soy un trabajador. Igual que el resto de la gente. Igual que los albañiles que están ahí fuera haciendo la obra. Mi trabajo es hacer películas, decir unas palabras en la pantalla, pero sigo siendo un trabajador. Y lo de ser una estrella no me lo tomo en serio. Nunca lo hice. Mira, mi hijo mayor está empezando su carrera como actor. Creo que es muy bueno y está empezando a manejarse entre agentes, mánagers y demás. Yo le digo: “Olvídate de todo eso, lo único sólido es que sepas cómo actuar bien y trabajar con buenos equipos”. La vida va de eso. El resto es solo baile. Está bien, pero son fuegos artificiales.
¿Y cómo se logra no perder la cabeza en medio de esos fuegos artificiales?
Es un desafío, pero como tantos otros. Para mí la fama es algo vacío, no hay nada ahí dentro, nunca me interesó lo más mínimo. Recuerdo un momento de mis comienzos. Era finales de los años 70, había hecho varias películas seguidas pero aún no se habían estrenado: Buscando al señor Goodbar, Días del cielo y Yanks.
De pronto un día coincidieron las tres en el mismo cine de la Tercera Avenida, en Nueva York. Me vi por triplicado. Ese día fui consciente de que algo había cambiado, de que ya no era un actor-trabajador más, que era una especie de mercancía. Y sentí miedo. No pensé: hey, ¿habéis visto todos? Aquí estoy yo. Más bien a partir de ese momento me replegué en mí mismo y me hice más callado y retraído.
¿Nunca tuvo problemas con su ego?
Nunca pensé que fuera una persona particularmente especial.
Usted empezó a trabajar en Hollywood hace más de 50 años. ¿Qué ha cambiado en relación al papel de las mujeres? ¿Cómo ha vivido esta evolución?
Ahora hay más mujeres directoras, productoras, pero para mí siempre han sido mis iguales. Aunque es cierto que yo nunca he preguntado cuánto cobraban los demás que trabajaban conmigo, fueran hombres o mujeres, y podía haber desigualdades ahí.
¿Qué piensa del Me Too?
Siempre ha habido gente que abusa de su poder. Lo que no conocíamos era la magnitud de algunos comportamientos. Yo nunca vi abusos graves en mi entorno profesional, pero esto ha salido a la luz y es evidente que ha habido personas muy poderosas, cuyos nombres todos tenemos en mente, que han usado su poder para crear situaciones desigualitarias. Por eso es muy importante que existan movimientos como este que den voz a las víctimas y que ayuden a crear conciencia para cambiar las cosas. De eso se trata.
Muchas cosas han cambiado también en cuanto a cómo refleja Hollywood las relaciones románticas entre hombres y mujeres. Julia Roberts dijo, por ejemplo, que Pretty Woman no se podría hacer hoy en día tal cual. ¿Lo comparte?
Hace mucho que no la veo, pero creo que si lo hiciera podría aún ver su encanto. Es una película que se basaba mucho en la química entre el director, Julia y yo. No sé lo que pensaría ahora de las dinámicas de poder que muestra. Muchas cosas han cambiado en la sociedad y en Hollywood durante estas décadas. Quizá hay cosas del filme que no se harían exactamente igual. Las películas reflejan las sociedades de un determinado momento, y todo está en permanente cambio y revisión.
¿Cómo ha sido envejecer delante de la cámara?
Cuando voy a festivales y hacen compilaciones de mis películas de repente veo mi vida pasar por delante en cinco minutos. Desde que tenía 26 años hasta los 75. Ahí ves cómo ha cambiado tu cara, tu voz, todo. Frente a eso, puedes pensar: oh, esto es horrible, me estoy haciendo viejo. O puedes pensar: guau, qué espectáculo. Realmente, no hay nada sorprendente en el hecho de envejecer. Todo envejece. Creo que sobre todo tememos lo que otras personas piensan de nuestro cambio, de nuestro envejecimiento.
¿Tuvo miedo de que dejaran de llamarle?
No. Ahora interpreto papeles de hombre mayor y con experiencia, no de un chaval de 22 años.
Su amigo Antonio Banderas dijo de usted que es demasiado guapo y que eso hace más difícil ser considerado un actor serio.
¿Dijo eso? Ja, ja, ja. Yo estoy contento y agradecido con mi carrera. Y la verdad es que no pensaba que fuera guapo, creo que nadie lo hace. No conozco a ningún hombre o mujer que se sienta bello. He estado casado con mujeres muy hermosas pero ninguna lo pensaba de sí misma. Es siempre una apreciación externa.
Digamos que en su caso había un consenso absoluto sobre su belleza.
Cuando era joven no lo creía, pero es verdad que hace poco vi unas fotos de esa época y sí que pensé: ‘¡Dios mío!, ¡qué guapo era!’. Ja, ja, ja, ja. Pero en ese momento no lo sentía así. De todas formas, veo ahora mis fotos de entonces y no sé quién era esa persona. Ese chico ya no existe, se ha ido convirtiendo en otra cosa. Nada permanece, todo está en constante cambio.
Parte de su transformación personal tiene que ver con la práctica del budismo ¿Cómo fue su acercamiento a esta religión?
Yo era joven, estaba en la veintena, vivía en Nueva York y no era particularmente feliz. De hecho, me sentía bastante desgraciado. Debió ser a finales de los años 60 o comienzos de los 70. Había una librería en Sheridan Square, en Greenwich Village, que abría 24 horas. No tenía dinero, así que iba a esta librería y la usaba como biblioteca. Leía libros enteros toda la noche en vez de pagarlos.
La gente que trabajaba ahí era muy buena y me dejaba hacerlo. Los primeros libros sobre budismo que leí eran japoneses. Luego pasé a otros de cultura tibetana. Empecé a tener maestros que fueron muy importantes para mí, a profundizar en el budismo y a tener el impulso de viajar al Tíbet. Tenía un amigo que estaba escribiendo sobre el pueblo tibetano y me dijo que fuera a Dharamsala, en la India, donde está exiliado el Dalái Lama. Fui allí, lo conocí, y ese viaje clarificó muchas cosas en mi interior.
¿En qué sentido?
Creo que tuve la suerte de que todo eso llegó en un momento en el que estaba preparado para empezar a entregarme y darme a mí mismo, y para poner mi ego a un lado. Y durante los últimos 45 años he seguido estudiando y profundizando en ese camino. Cuando le preguntan al Dalái Lama qué es el budismo, cuál es su religión, él responde que la bondad. En eso creo yo, como te decía antes.

Acaba de estrenarse en España un documental producido por usted, Sabiduría y felicidad, en el que el líder religioso desgrana durante 90 minutos su visión del mundo. ¿Por qué decidió participar en él?
En un principio el documental era sobre todo una celebración de los 90 años del Dalái Lama en este 2025 y su visión revolucionaria de las emociones, la psicología humana y la mejor manera de vivir en comunidad. Cuando Trump llegó al poder cobró un nuevo sentido. El mundo está yendo en la dirección equivocada, pero el caos en el que vivimos puede ser transformado y el ser humano puede mejorar individual y socialmente.
¿A usted el budismo le cambió la vida?
Cada uno de nosotros creamos nuestro mundo. Las experiencias no vienen de afuera, sino de dentro. Y cada mundo en el que vivimos es una historia propia, una creación personal, una película que hemos escrito, dirigido y filmado nosotros y en la que luego nos hemos colocado como protagonistas.
En su película personal, ¿cuáles han sido sus mayores momentos de felicidad?
Mis hijos, seguro. No hay nada comparable a cuando nace un niño y lo coges y le miras a los ojos. Recuerdo cuando nació mi primer hijo. Yo fui lo primero que vio. De pronto vi en sus ojos todas las vidas que habíamos pasado juntos, vi la vastedad del universo en él, lo vi todo en ese instante. Qué felicidad. Qué sentimiento tan increíble. No puedes amar así a nadie más. En las relaciones adultas siempre esperamos algo a cambio de lo que damos. Con un hijo no tienes ninguna expectativa. Se trata solo de darle amor y cuidados.
Usted está viviendo ahora un amor adulto muy intenso.
La primera vez que vi a Alejandra estaba todo ahí, lo sentí. Nuestros caminos se estaban juntando en el momento adecuado. No fue así para ella, que tardó más en llegar a ese punto, pero sí para mí. Todo se juntó, todo encajaba, todo estaba bien, sin disonancias.
¿Cree que ha tenido una buena vida?
La vida no va de dinero ni poder sino de amor y afecto, y yo estoy muy agradecido de tenerlos alrededor. Soy consciente de que es un regalo. Somos criaturas sociales y necesitamos interacciones con los demás. Me levanto cada mañana muy optimista, me imagino que todo va a ir bien, que pueden suceder cosas maravillosas, y pienso en la suerte que tenemos de estar vivos.
¿Cuál querría que fuera su legado?
Me gustaría, sobre todo, que mis hijos estén orgullosos de mí. Que piensen: ‘Mi padre fue un buen tipo’.
*Contenido publicado el 24 de mayo de 2025 en El País Semanal. Se reproduce este contenido con exclusividad para Ecuador por acuerdo editorial con PRISA MEDIA.

