
Tanta suerte, que Vesna Vulović consta en el Libro Guinness de los Récords Mundiales.
Todos sabían que era una persona privilegiada, a quien la diosa Fortuna había elegido como tal vez nunca lo había hecho con nadie. Por eso querían acercarse a ella, tocarla, sentirla, pensando que, quizá, la proximidad pudiera trasladarles algo de la buena ventura. Pero ella, Vesna Vulović sabía que todos estaban equivocados, que ella no era dichosa, que sufría, que vivía asediada por lo que los sicólogos le habían descrito como la “culpa del sobreviviente”. Y se atormentaba. Y caía en depresiones hondas y duraderas. No era feliz.
Sus últimos años, hasta que murió en 2016, diez días antes de cumplir 67, los había vivido pobremente, con demasiadas estrecheces, limitada por unos ahorros escasos y una pensión estatal modesta, de trescientos euros mensuales. Y estaban también sus dolencias físicas, que eran muchas y agobiantes, porque el percance que había sufrido cuando era joven, de 22 años, le había causado unas lesiones que sólo las sintió con la llegada de la vejez. Sí, a pesar de su suerte asombrosa -que ella no negaba-, la tristeza se había vuelto su compañera habitual, la que nunca la abandonaba.
Todos, sin embargo, se admiraban de su suerte, una suerte tan enorme que en 1985 (hace exactamente cuarenta años) hizo que fuera incluida, con todos los honores, en el Libro Guinness de los Récords Mundiales. Todo había empezado, en efecto, a sus 22 años, cuando, en busca de una actividad que le financiara la vida y le abriera un porvenir, entró a trabajar en JAT, la línea aérea yugoslava, que volaba por toda Europa, Norteamérica, gran parte de Asia e incluso Australia. Y ser azafata le permitía recorrer y conocer el mundo.
Admiraba a los Beatles, en especial a Paul McCartney, y eso hacía que le encantara viajar a Londres, donde iba con frecuencia. Pero ese día, el 26 de enero de 1972, su vuelo era de Estocolmo a Belgrado, con escala en Copenhague, un trayecto habitual en las rutas de la aerolínea. Pero en el segundo tramo, cuando el DC-9 volaba sobre Checoslovaquia a 10.160 metros de altura, algo explotó con estruendo inmenso en el compartimento de equipaje y, en el acto, el avión se partió en dos. Todos los ocupantes de la nave murieron. Todos, excepto Vesna.
La joven azafata, que pocos días antes había cumplido 22 años, estaba abriendo un carrito de alimentos en la parte posterior del avión cuando ocurrió la explosión. Por la fuerza de la detonación, ella quedó atrapada en la cola de la nave, aprisionada por el carrito. Con el avión partido en dos, Vesna y la cola del avión cayeron desde los 10.160 metros de altura a los que volaba el DC-9 de JAT. Unos minutos después, un leñador de la comarca que había visto la caída del avión encontró a Vesna entre trozos de metal fundido y retorcido. ¡Estaba viva!
Estaba viva, sí, pero inconsciente y sangrando. El leñador, que había sido soldado en la Segunda Guerra Mundial y tenía conocimientos básicos de atención a los heridos, logró evitar que muriera, atendiéndola hasta que llegaron los servicios médicos. Tenía el cráneo fracturado y rotas la pelvis, ambas piernas, varias costillas y un par de vértebras, además de que estaba paralizada de la cintura para abajo. Estuvo diez días en coma, pasó por varias cirugías y por un proceso de recuperación prolongado y complicado. Pero no se murió. Y su recuperación fue prácticamente total.
Tan asombrosa fue su recuperación como había sido su resistencia a la caída. Los investigadores del accidente, que estaban pasmados por lo sucedido, llegaron a la conclusión de que las ramas de los árboles y la capa espesa de nieve que las recubría amortiguaron el impacto de la caída, a lo que se sumó la presión arterial inusualmente baja que siempre tuvo Vesna y que presumiblemente evitó que sufriera un ataque cardíaco durante la explosión y el descenso vertiginoso desde más de diez kilómetros de altura. Y, por cierto, la suerte algo habrá tenido que ver.
Recuperada -y admirada por todos por su sobrevivencia prodigiosa-, Vesna se reincorporó a su trabajo. Quiso volver a ser azafata (porque no recordaba nada de la explosión y la caída y, por lo tanto, no le acosaban los fantasmas de un recuerdo atroz), pero las autoridades de la aerolínea se opusieron: temían que, sabiendo del accidente de aviación que había sufrido, muchos pasajeros se atemorizaran y no quisieran subirse en el mismo avión que ella. Pero le dieron un trabajo de oficina. Y en él permaneció veintitantos años más.
Para entonces, Vesna Vulović ya era una celebridad internacional y un personaje muy querido en Yugoslavia. Su celebridad como persona resuelta e indoblegable, que resistió hasta una caída abismal y después reanudó su vida como si nada le hubiera ocurrido, se tradujo en una admiración amplia y efusiva. Fue por eso que el Libro Guinness de los Récords Mundiales la incluyó en sus páginas. Y lo hizo en una ceremonia abierta y luminosa, en Londres, en la que el invitado de honor, para complacer a la homenajeada, fue Paul McCartney. Nadie menos que Paul McCartney.
Pero Vesna no era feliz. “Cada vez que pienso en el accidente -decía por aquellos años- tengo un sentimiento de culpa, y lloro porque creo que yo debí haber muerto como todos los demás”. Pero también se daba ánimos: “si sobreviví a esa caída, puedo soportar cualquier cosa”. Se sentía vacía, sin embargo, por lo que, al comenzar los años noventa, se involucró en causas políticas. Se volvió una crítica tenaz del presidente Slobodan Milošević (quien poco tiempo después sería juzgado y condenado por genocidio y crímenes contra la humanidad), por lo que fue despedida de su trabajo.
Sus últimos años fueron de escasez, soledad y quebrantos de salud. La caída, con su rosario de fracturas, le causó en su madurez dolores e impedimentos, que los afrontó con valor. “Nosotros, los serbios -aseguraba-, somos sobrevivientes: sobrevivimos al socialismo, a Tito, a la pobreza, a la Guerra de los Balcanes, a los bombardeos, a las sanciones, a la disolución de Yugoslavia, a Milošević …Sobrevivimos a todo”. No obstante, la víspera de la Nochebuena de 2016 fue encontrada muerta en su departamento en Belgrado. Su corazón finalmente se había detenido.

