La guayaquileña Mónica Gilbert Orús es la primera mujer ecuatoriana en haber realizado un trasplante de corazón en el país. Lo hizo llevada por la mística que aprendió de su padre y que es una suerte de herencia que lleva ya cinco generaciones.
¿Qué clase de alquimista o coloso (o demente) juega a ser Dios y se atreve a retar al infortunio para salvar la vida de otro? Y, sobre todo, ¿por qué? La cirujana cardiovascular Mónica Gilbert Orús no busca argumentos dramáticos ni grandilocuentes, sino que apela a la mística que ha marcado su apellido durante cinco generaciones dedicadas a la medicina. “Siempre les digo a todos los que trabajan conmigo: ¿Y si fuera nuestro familiar el que está ahí acostado esperando recuperar su salud? ¿Y si ese fuera su esposo, su novia, su madre, su hermano? Y me pregunto: ¿Si fuera yo?”.
Los hospitales son lugares que preferimos evitar. Sin embargo, desde que era una niña, la doctora Gilbert visitaba la clínica Guayaquil que levantó en 1941 su bisabuelo Abel Gilbert Pontón y para ella, hoy de 37 años, era ir al lugar donde estaba la gente que amaba. Su padre, el también cardiocirujano Roberto Gilbert Febres Cordero, ya ejercía ahí, siguiendo el legado familiar. “Mi abuelita paterna y mi mamá también trabajaban ahí. Una tía se encargaba de la farmacia, otra de la cafetería. En mis vacaciones me traían acá a hacer inventario”. Eso explicaría por qué el olor característico de los hospitales, que podría asociarse con momentos de dolor o pérdida, para ella evoca la sensación de estar en un espacio conocido y seguro.
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