
Johnny Abbes fue el hombre de la represión en la era Trujillo. Era un experto en torturas. Y murió en su ley.
-¿Qué lee usted, joven?
Al austero presidente, un hombre reservado y tímido que siempre pareció tener más vena de poeta que de político, le llamó la atención la introspección con la que un miembro del servicio de seguridad estatal -un cuerpo con fama merecida de furibundo y cruel- leía un libro en un pasillo del palacio de gobierno. Evidentemente disfrutaba de la lectura, algo inusual en esa gente primitiva y ruda. La respuesta del oficial le asustó: era un libro sobre torturas, desde la China de los mandarines hasta la Alemania nazi y la Rusia estalinista, con fotos de personas desangradas, laceradas y despellejadas.
Se llamaba Johnny Abbes García y era, por vocación y por afición, un pistolero, un tipo despiadado y feroz que, precisamente por su inclinación al gatillo fácil, se hizo notar con rapidez: era la persona perfecta para los trabajos sucios, aquellos que requerían de poca conciencia y mucha discreción. Contaban que, años antes, sus primeras monedas se las ganó vendiendo a los estudiantes de medicina los cadáveres que se robaba en el cementerio mayor. Y que se las arregló para ingresar en la policía y, después, para ser asignado al palacio de gobierno. Y allí logró atraer la atención del líder.
El líder no era, por cierto, el tímido y austero presidente. Él era nada más que una de las tantas personas con las que el régimen intentaba adecentar su imagen y disimular su condición de autocracia perpetua. El líder (que era “el Jefe”, “el Generalísimo”, “el Benefactor”, “el Padre de la Patria Nueva”) era Rafael Leonidas Trujillo, quien desde que asumió el poder el 16 de agosto de 1930 hasta que lo mataron el 30 de mayo de 1961 fue el más poderoso de los dictadores caribeños, un tirano que modernizó la República Dominicana y la pacificó, para después implantar en ella un régimen de silencio y terror.
Y Johnny Abbes (quien no leía el libro de torturas como un anecdotario para una distracción circunstancial, sino que lo tenía como fuente de ideas e inspiraciones) llegó a ser el hombre de mayor confianza del Benefactor, su confidente, su operador político personal. Trujillo hubiera querido que todo eso lo fuera su hijo mayor, Ramfis, a quien incluso le había dado el grado de general del ejército. Pero él era un haragán, sólo bueno para la parranda, dedicado -con su amigo Porfirio Rubirosa- a conquistar actrices de Hollywood y a jugar polo en París. Un inservible.
Abbes era otra cosa: cualquier misión que se le encargara, por difícil o peligrosa que fuera, la cumplía limpiamente y con precisión. Un tipo infalible. Decían de él que era un ser helado en un país hirviente. Por eso Trujillo le encomendó las tareas más urgentes y secretas. Como hacer desaparecer a cientos de opositores y críticos. U organizar un atentado contra el presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt. O averiguar todo de todos, para que nadie pudiera salirse de su control. La habilidad de sus matones se hizo sentir en Nueva York, México, La Habana, San José, Guatemala y Caracas.
El Generalísimo siempre lamentó no haberlo conocido antes. “Con él todo hubiera sido distinto”, dicen que comentaba. Lo conoció recién en 1958, en el vigésimo octavo año de gobierno, cuando ya los Estados Unidos y la Iglesia Católica -que en las primeras décadas apoyaron a Trujillo y lo favorecieron- le habían vuelto las espaldas y conspiraban. “Los curas y los yanquis quieren tumbarme”, se angustiaba el Benefactor. Y recurría a Abbes, con su eficacia moviendo policías, jueces y panfletistas contra los adversarios del gobierno, para desbaratar intrigas, demoler honras y sembrar terrores.
Contra la única conjura que Abbes no pudo fue contra la que terminó matando a Trujillo. Fue la noche del 30 de mayo de 1961, cuando el Chevrolet Bel Air en el que viajaba el caudillo fue interceptado a balazos por un grupo de conjurados. Ni Abbes ni nadie se enteró del plan. La ‘Era de Trujillo’ terminó con un cadáver ensangrentado tirado en una carretera. Joaquín Balaguer, el austero presidente a quien el Benefactor había puesto como mascarón de proa para disimular su control absoluto del país, comenzó esa misma noche a ocupar con sigilo y con paciencia el poder que había quedado vacante.
Una de las primeras decisiones de Balaguer fue deshacerse de Abbes: su presencia, con su fama imborrable de asesino implacable y apaleador incansable, no era compatible con la nueva democracia dominicana. Lo designó cónsul en el Japón, con la orden de que se fuera sin demora. Abbes se fue, pero no a Tokio. Anduvo por Canadá, Suiza y Francia, sin que se supiera muy bien qué hacía. Después, un día, apareció en Puerto Príncipe, como asesor de seguridad de Francois Duvalier, ‘Papa Doc’, el presidente vitalicio de Haití. Pero su carácter ya estaba fuera de control.
Aliado con un yerno del dictador haitiano, Abbes se dedicó a la conspiración. Él, que había sido un as desbaratando conjuras, fue un fracaso organizando una: el golpe que trató de dar contra Duvalier fue descubierto por los ‘tontons-macoutes’, el cuerpo de garroteros del gobierno, que liquidaron la conjura en diez minutos: mataron a Abbes, su mujer, sus dos hijos, sus dos sirvientas, sus dos perros y todos sus conejos, y quemaron la casa. Asunto resuelto. En las ruinas humeantes fue encontrado, a medio quemar, el libro de las torturas.

