
Mito viviente del cine, Jodie Foster reflexiona sobre la madurez, el acoso mediático, la supervivencia en Hollywood, el narcisismo contemporáneo y la relación de los jóvenes con la tecnología. Ahora estrena Vida privada, su primer gran papel en francés.
Es un cuerpo pequeño que domina la escena sin levantar la voz, una autoridad silenciosa. En un discreto hotel de cinco estrellas escondido en un lateral de los Campos Elíseos, Jodie Foster aparece envuelta en la luz oblicua que se filtra por las persianas e ilumina una habitación pintada en colores terracota y antracita, los tonos convertidos en el nuevo estándar del lujo internacional.
Foster está en París para presentar su nueva película, Vida privada, de la directora Rebecca Zlotowski, que se estrena el viernes que viene en las salas españolas. Interpreta a una psicoanalista estadounidense instalada en la capital francesa que atraviesa una crisis profesional y personal. Tras la sospechosa muerte de una de sus pacientes, emprende una investigación que la obligará a observar su vida con la misma lucidez con la que analiza a los demás.

¿Por qué hay tantas mujeres solitarias en su filmografía?
Es curioso, porque eso no se les pregunta a los hombres… —responde, amable pero siempre en guardia—. Por tradición, las mujeres han sido la hermana de, la madre de, la esposa de. Yo no he querido interpretar esos papeles: quería estar en el centro. Durante mucho tiempo quise encarnar el viaje del héroe en solitario, que todo girara en torno a mí. A medida que he envejecido, me interesa más estar en relación con otros en pantalla e interpretar personajes que no lleven el peso de la película. Muchas veces, muy alejados de mí…
A diferencia de otras actrices de la época, se hizo respetar y no dejó que la utilizaran. ¿Cómo lo consiguió?
En realidad, soy una niña buena —sonríe—. Fui a la universidad, saqué sobresalientes y seguí las reglas. No soy una revolucionaria. Pero es verdad que quería que me respetaran. Y mi madre también. He querido que se fijaran en mí por mi cerebro, no por mi aspecto. Ese es el mayor problema de las mujeres: el doble mensaje de “te daremos poder, pero solo si luces de una manera determinada”. Yo no seguí ese camino. Fue más difícil, claro, porque te encuentras más sola. Pero es mejor cuando envejeces: no te has definido como un objeto con el que luego tengas que competir.
¿Cree que ha abierto camino para otras?
Puede ser. ¿Conoce la teoría de las 10.000 horas de Malcolm Gladwell? Dice que hacen falta miles de horas de práctica intensa para dominar un oficio. Al empezar a los tres años, cuando tenía 15 ya tenía unas 20.000 horas más de experiencia que los demás. Las chicas podíamos ser como Peppermint Patty, la amiga de Charlie Brown, que jugaba al béisbol con los chicos y calzaba sandalias. Llegué en el momento adecuado. Tuve suerte.
Yo le iba a decir lo contrario: que usted llegó demasiado pronto…
Tal vez. Fui pionera de algo que hoy es bastante más común. Pero lo que vino después tampoco sé si habría sido para mí… Llegó la generación del selfi. No sé cómo lo hacen ahora, cuando todo el mundo lleva una cámara encima. ¿Cómo sigues siendo tú misma sin verte afectada por eso? ¿Cómo puedes no volverte dura y cruel? No sé si, en las circunstancias actuales, habría elegido ser actriz.
Aunque, para una persona como yo, tener que dejar el intelecto a un lado y abrazar lo emocional ha sido una salvación. Me ha permitido reconciliar la cabeza y el corazón. De eso hablaba mi primera película como directora, El pequeño Tate, de la maldición de ser diferente, del problema de tener un don, de tener que escoger entre la vida intelectual y el amor. Esa ha sido la historia de mi vida. Sanar esas dos fuerzas ha sido hermoso y doloroso.
Su postura en Hollywood ha sido peculiar: nunca se ha escondido, pero ha preservado lo que es suyo.
Todo depende de las decisiones que tomas. La gente ve las películas que hice, pero no las que rechacé, incluidas las más exitosas: formar parte de las películas del Brat Pack o interpretar a la novia de Tom Cruise. Dije que no porque tenía claro quién era y cómo quería vivir. Esa idea no incluía ese caos. Fue una elección consciente.

Meses antes de esta mañana parisiense, la conversación había empezado en otro escenario: el Festival de Cannes, a finales de mayo pasado. Entonces Foster no llevaba esmoquin ni corbata, sino ropa de calle, como si se hubiera camuflado en mitad de ese ostentoso decorado.
La entrevista tuvo lugar en una de esas carpas provisionales sacudidas por el viento, a pocos metros de un mar que brillaba como en los folletos turísticos. En ese entorno un tanto histérico —con los gritos de los fotógrafos en la Croisette, los altavoces de la alfombra roja, los equipos al borde del ataque de nervios—, Foster atendía a los periodistas con una calma obstinada, ajena al circo que la rodeaba, con esa mezcla de cortesía y distancia que suele funcionarle muy bien como escudo frente a las preguntas incómodas.
Admitía que no le disgustan los honores, pero que su parte favorita es cuando llega la hora de volver a casa, el último día del festival. “Meto toda la ropa en una maleta y se la doy a alguien para que la manden de vuelta a Estados Unidos. Y me quedo tranquila, con mi mochila y mis deportivas. Ahí es cuando soy yo de verdad”.
Durante sus 50, Foster atravesó una crisis silenciosa que redefinió su relación con el trabajo y consigo misma. Aquella década fue, dice, “la más difícil y la menos feliz”. Un tiempo de dudas y parálisis, sin papeles que se ajustaran a lo que sabía hacer. “En realidad, no sabía si había hecho algo significativo con mi vida”, reconoce.
En los Globos de Oro de 2013, mientras recogía el Premio Cecil B. DeMille, pareció despedirse del público, insinuando que dejaría la interpretación, a la vez que protagonizaba una salida del armario poco convencional, que sonó más bien como una defensa acérrima del derecho a la intimidad. “Ya salí del armario en la Edad de Piedra”, dijo con ironía, sin pronunciar nunca la palabra lesbiana.
En lugar de hacer un gran alegato público, como se esperaba de ella, cuestionó la exigencia de transparencia total en una sociedad que confunde sobreexposición con autenticidad. Su postura dividió opiniones. Algunos la vieron como una muestra de prudencia y dignidad. Otros, como un nuevo ejemplo de la timidez de alguien que había sobrevivido en la industria ocultando partes de sí misma, consciente de que muchos hombres nunca contratarían a una mujer que no quisiera acostarse con ellos.

En una vieja entrevista de los setenta, siendo todavía adolescente, se la escucha decir: “Yo quiero ser James Dean”. Es decir, no la chica del héroe, sino el héroe mismo. Desde entonces, su carrera ha ido desdibujando las fronteras del género. Lo dice ella misma: muchos de sus personajes pudieron interpretarlos hombres. En Plan de vuelo: desaparecida, su personaje se llama Kyle, nombre de pila masculino. En otros proyectos fue directamente sustituida por varones, como en el papel que acabó haciendo Sean Penn en The Game.
Y en unos cuantos más encarnó infinitas variaciones del héroe clásico. El cine mainstream tendía a domesticar a las chicas raras: en el tercer acto, cuando llegaba la pubertad, les ponía un vestido, las maquillaba y les buscaba un buen novio. Foster se resistió a ese proceso y encarnó una idea de la autoridad poco habitual en las actrices de su generación. También en su vida. “Mis dos hijos han crecido con mujeres. Para ellos, mujer significa ‘una persona que manda’, bromea.
“Cuando eres madre y tienes un hijo varón, lo llevas en tu cuerpo y luego tienes que soltarlo y verlo convertirse en un hombre. Eso puede ser muy difícil, pero necesitan alejarse de ti para cometer errores”. Entre madres e hijas, añade, es otra cosa: “Hay algo más feroz, casi una guerra. De jóvenes nos odiamos, intentamos herirnos. Y esas heridas, a veces, nunca se reparan”.

Meses después, de vuelta a París, Foster confiesa que le preocupa el rumbo del mundo y la fragilidad de la generación de sus hijos. “Me dan pena”, dice. “No tienen ni idea de lo hermosa que era la vida antes de todo esto. Viven atrapados en una especie de espejo infinito, convencidos de que existir es verse reflejados en él”. Cree que la tecnología ha empobrecido nuestra experiencia en la vida y que el ruido ha sustituido al pensamiento.
Aprovechamos que esta mujer inexplicablemente cercana y distante ha bajado la guardia: ¿cómo ve la situación en Estados Unidos, la erosión democrática, las guerras en el mundo? “Nunca he sido una persona política”, esquiva. “Lo único que puedo hacer son películas que inviten a la gente a pensar más profundo, a sentir más profundo. Ese es mi activismo. Solo intento vivir con integridad. Y si eso me lleva a la ruina o al exilio, que así sea”, se carcajea.
“Veo que se empiezan a repetir los sufrimientos del pasado. Ese es el mundo que les tocará vivir a las nuevas generaciones”. Y, pese a todo, se niega a verlo con derrotismo: “Sigo creyendo que avanzamos hacia la justicia. Puede que yo no lo vea, pero llegará”. Si lo dice Jodie Foster, quizá convenga creerla.
*Contenido publicado el 13 de diciembre de 2025 en El País. Se reproduce este contenido con exclusividad para Ecuador por acuerdo editorial con PRISA MEDIA.

