Durante la Primera Guerra Mundial, perder una pierna en combate convertía a un soldado en héroe; perder la cara lo hacía un monstruo. El visionario neozelandés Harold Gillies fundó en Inglaterra uno de los primeros hospitales de mundo dedicados en exclusiva a la reconstrucción facial.
La tecnología bélica estrenada en la Primera Guerra Mundial facilitó, como ningún otro conflicto del pasado, el exterminio de seres humanos a escala industrial. No solo acabó con la vida de más de veinte millones de personas, sino que produjo una cantidad ingente de lisiados. Cientos de miles sufrieron algún tipo de traumatismo facial; a algunos incluso se les borró la cara de un plumazo.
Y si los dilemas que tenían que enfrentar los cirujanos de guerra ante la variedad y cantidad de lesiones eran enormes, las complicaciones se volvían inabarcables. Recordemos que se trataba de una época en que las técnicas quirúrgicas, anestésicas y antibióticas eran bastante rudimentarias. “Un cirujano dispuesto a asumir la monumental tarea de reconstruir la cara de un soldado —escribe la historiadora médica Lindsey Fitzharris en su ensayo The Facemaker— no solo tenía que ocuparse de la pérdida de funciones como la capacidad de comer, sino también considerar cuestiones estéticas para que el resultado se acercara a lo que la sociedad consideraba aceptable”.
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