En la España en la que nunca se ponía el sol, la literatura y las artes tuvieron también su grandeza y máximo esplendor; pero nunca fueron tan violentas las polémicas entre sus escritores como las que protagonizaron Luis de Góngora y Francisco de Quevedo, atacándose con versos insultantes.
Góngora contaba ya con bien ganada fama, pero a la aguda inteligencia del joven Quevedo no se le escaparon las debilidades del poeta cordobés, cuya vida clerical era más inclinada a los versos profanos y los juegos de azar que a las prácticas devotas. Pronto halló otros blancos de burla, como la prominente nariz, rasgo para atribuirle ascendencia judía, y, en el campo de la poesía, los laberintos culteranos.
Góngora respondió con el insulto ingenioso y apuntó para el ataque al precario conocimiento de la lengua griega de Quevedo, a su cojera, los ojos estrábicos y la afición por empinar el codo, por lo cual alteró su apellido por Quebebo.
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